miércoles, 9 de septiembre de 2009

CAPÍTULO Nº 4



George Duroy durmió mal, tanto le aguijoneaba el deseo de ver impreso su
Artículo. Se levantó al romper el día y se echó a la calle mucho antes que los repartidores corriesen con los paquetes de periódicos de quiosco en quiosco.
Se encaminó hacia la estación de San Lázaro, pues bien sabía que La Vie Française llegaba allí antes que a su barrio. Como aún era muy temprano, dio unos paseos por la acera.
Vio a un vendedor de periódicos que abría su puesto, y en seguida llegó un hombre que llevaba en la cabeza un gran montón de pliegos de papel impreso. George se precipitó hacia ellos: eran Le Figaro, el Gil Blas, Le Gaulois y otros dos o tres diarios de la mañana; pero La Vie Française no estaba.

Un temor le asaltó: «Si hubiesen dejado para el día siguiente los Recuerdos de un suboficial de Cazadores en África, o si, por cualquier otra cosa, no le hubiesen gustado a última hora a papá Walter…»
Y volviendo al quiosco, advirtió que ya vendían el periódico, sin que él lo hubiese visto llegar. Se abalanzó sobre un número, lo desplegó, después de haber arrojado las tres perras chicas al vendedor, recorrió los títulos de la primera plana. Nada… El
corazón le latía fuertemente. Volvió la hoja y se emocionó mucho al leer en la última columna y en gruesos caracteres: «George Duroy.» ¡Allí estaba! ¡Qué alegría!
Echó a andar, sin pensar en nada, con el periódico en la mano y el sombrero ladeado. Le daban ganas de detener a los transeúntes para decirles: «¡Compre usted esto, compre usted esto! ¡Trae un artículo mío!» Hubiera querido poder gritar a todo pulmón, como algunos vendedores de los periódicos de la tarde en los bulevares: «¡Lea
usted La Vie Française, con el artículo de George Duroy “Recuerdos de un suboficial de Cazadores en África!”»

De pronto, le acometió el deseo de leer él mismo aquel artículo; de leerlo en un lugar público, en un café, a la vista de todos. Buscó un establecimiento en que ya hubiese gente y tuvo que andar bastante. Al fin, se sentó en un despacho de bebidas,
donde ya estaban instalados varios consumidores, y pidió: «¡Un ron!», como hubiese podido pedir un ajenjo, sin tener en cuenta la hora. Luego llamó:
–¡Mozo! Tráigame La Vie Française.
Acudió un hombre con delantal blanco.
–No lo tenemos, caballero –repuso–. Sólo recibimos Le Rappel, Le Siècle, La Lanterne, Le Petit Parisien.
Duroy, furioso e indignado, dijo:
–¡Pues sí que está esto bien! Vamos, vaya a comprarlo.
El mozo fue corriendo, en efecto, y se lo llevó. Duroy se puso a leer su artículo.
De cuando en cuando decía en voz alta: «¡Muy bien, muy bien!» para atraer la atención de sus vecinos e inspirarles el deseo de saber qué era aquello. Por fin, dejó el diario sobre la mesa, y se levantó.
El dueño, que observó esto, le llamó:
–¡Caballero, caballero! Se deja usted el periódico.
Duroy respondió:
–Se lo regalo. Ya lo he leído. Por cierto que hoy trae una cosa muy interesante. Le recomiendo que la lea.
No dijo cuál, pero al marcharse vio que uno de sus vecinos de mesa cogía el periódico de donde él lo había dejado.
«¿Qué haré ahora?», pensó. Y se determinó a ir a su oficina para cobrar la mensualidad y presentar su dimisión. Se estremecía de placer al pensar en la cara que pondrían su jefe y sus compañeros. La idea de la estupefacción del jefe le seducía sobre todo.

Andaba despacio, a fin de no llegar antes de las nueve y media, ya que la caja no se abría hasta las diez.
Su oficina estaba en una habitación grande y oscura, donde, en invierno, había que tener encendido el gas casi todo el día. Daba a un patio estrecho y tenía enfrente otros despachos. En el suyo eran diez empleados, más un subjefe, que trabajaba en un rincón, detrás de un biombo..

Duroy fue, ante todo, por sus ciento dieciocho francos con veinticinco céntimos, que encerrados en un sobre amarillo guardaba en el cajón de su mesa el funcionario habilitado. Después entró con aire triunfal en la vasta sala donde había pasado tantas jornadas.
Apenas le vio el subjefe, señor Potel, le llamó:
–¡Ah! ¿Es usted, señor Duroy? El jefe ha preguntado ya varias veces por usted: ya sabe que no tolera que se esté enfermo dos días seguidos sin certificado facultativo.
Duroy, que estaba en pie, en medio de la oficina, preparando el efecto que se proponía conseguir, dijo en voz alta.
–¡A mí eso me importa un comino!
Entre los empleados se produjo un movimiento de estupor, y la cabeza del señor Potel apareció, con expresión de terror, por encima del biombo que lo encerraba como un cajón. Se parapetaba allí por temor a las corrientes de aire, porque era reumático.

Había hecho, eso sí, dos agujeritos e el papel para vigilar a sus subordinados.
–¿Ha dicho usted…?
–He dicho que todo eso me importa un comino. No he venido más que para presentar mi dimisión. He entrado como redactor en La Vie Française, con quinientos francos mensuales de sueldo, más los artículos a tanto la línea. Hoy mismo he publicado el primero.
Se había prometido hacer más duradero su placer administrándolo poco a poco, pero no había podido resistir a la tentación de soltarlo todo de un golpe. Por lo demás, el efecto fue completo. Nadie dijo palabra.

Duroy anunció:
–Voy a decírselo al señor Perthuis, y después volveré a despedirme de ustedes.
Y salió en busca del jefe, que, al verle, exclamó:
–¡Ah, al fin aparece usted! Ya sabe que no quiero…
El empleado le atajó:
–No hay que gritar de ese modo.
El señor Perthuis, gordo y rojo como cresta de gallo, se quedó sin resuello; tal fue su sorpresa.
Duroy continuó:
–Ya estoy harto de su covachuela. Esta mañana he comenzado mi carrera periodística, donde se me ofrece una bonita posición. Tengo el gusto de despedirme de usted.
Y salió.
Estaba vengado.
Fue, en efecto, a estrechar las manos de sus antiguos compañeros, que apenas se atrevían a hablar, por miedo a comprometerse, pues, por haber quedado la puerta abierta habían oído la conversación de Duroy con el jefe.

El joven se encontró de nuevo en la calle con su sueldo en el bolsillo. Se pagó un suculento almuerzo en un restaurante económico que conocía. Compró otra vez, y la dejó también sobre la mesa, La Vie Française, y después recorrió varias tiendas para hacer algunas compras, sin más objeto que decir su nombre: George Duroy, y a añadir:
«Soy el redactor de La Vie Française». Indicaba la calle y el número, y tenía buen cuidado de advertir: «Déjenselo a la portera.»
Como aún tenía tiempo por delante, entró en una litografía, donde se hacían tarjetas «al minuto», delante del público, y encargó un centenar, en las que constaba, bajo su nombre, su nueva condición.
Luego fue al periódico.

Forestier le recibió un poco estirado, como se recibe a un inferior.
–¡Ah, ya estás aquí! –le dijo–. Muy bien. Precisamente tengo varias cosas para ti.
Aguarda diez minutos. Ante todo, voy a terminar mi tarea.
Y siguió escribiendo una carta que tenía empezada.
En el otro extremo de la mesa, un hombrecito muy pálido, abotargado, muy gordo, calvo, con el cráneo blanco y lustroso, escribía, metiendo la nariz en el papel, a causa de su exagerada miopía.
Forestier le preguntó:
–Oye, Saint–Potin: ¿a qué hora vas a hacer esas entrevistas?
–A las cuatro.
–Llevarás contigo al joven Duroy, aquí presente, y le revelarás los arcanos del oficio.
–De acuerdo.
Después, volviéndose hacia su amigo, Forestier le preguntó:
–¿Has traído la continuación de lo de Argelia? El principio publicado hoy ha gustado mucho.
Duroy, cortado, balbució:
–No. Creía que me quedaría tiempo esta tarde. He tenido un montón de cosas que hacer… y no he podido.
Forestier se encogió de hombros, con mal humor, y dijo:
–Si no cumples mejor que en esta ocasión, te juegas tu porvenir. Papá Walter contaba con tu trabajo para hoy. Voy a decirle que mañana será otro día. Si crees que te van a pagar por no hacer nada, te equivocas. Al cabo de un momento de silencio, añadió:
–Hay que batir el cobre, ¡qué diablo!
Saint–Potin se levantó.
–Estoy dispuesto –dijo.
Entonces Forestier, dirigiéndose a su sillón, tomó un aire casi solemne para dar sus instrucciones. Dirigiéndose a Duroy, continuó hablando gravemente:
–Escucha. Desde hace dos días están en París el general chino Li–Tang–Foo, que se hospeda en el hotel Continental, y el rajá Tapasahib Ramaderno, que está en el Bristol. Iréis a entrevistaros con ellos.

Y volviéndose hacia Saint-Potin, añadió:
–No olvides los principales puntos que te he indicado. Pregunta al general y al rajá su opinión sobre los manejos de Inglaterra en el Extremo Oriente, sus ideas acerca de los sistemas británicos de colonización y dominación, sus esperanzas relativas a la
intervención de Europa, de Francia sobre todo, en sus asuntos...
Calló, y después agregó, encarándose con los dos.
–Será sin duda muy interesante para nuestros lectores conocer al mismo tiempo lo que se piensa en China y en la India sobre estas cuestiones, que tanto apasionan la opinión en estos momentos.
Y volviéndose de nuevo a Duroy, le dijo:

–Observa cómo trabaja Saint-Potin. Es un excelente reportero. Fíjate en las trampas para obligar a un hombre a decir todo lo que sabe en cinco minutos.
Dicho esto, se puso a escribir gravemente, con el claro propósito de establecer las distancias y señalar su puesto a su antiguo camarada y nuevo colega.
Cuando hubieron franqueado la puerta, Saint-Potin se echó a reír y dijo a Duroy:
– ¡Buen fabricante de noticias! Las fabrica para nosotros mismos. Se diría que nos toma por sus lectores.
Bajaron por el bulevar, y el reportero preguntó:
–¿Quiere usted que bebamos algo?
–Con mucho gusto... Hace calor.
Entraron en un café y se hicieron servir dos refrescos. Saint-Potin tomó la palabra.
Habló de todo el mundo y del periódico con un lujo de detalles realmente asombroso.
–¿El propietario? Un verdadero judío. Y los judíos, ya lo sabe usted, no cambiarán jamás– y citó casos sorprendentes de avaricia, de esa avaricia peculiar de los hijos de Israel, que consiste en ahorrar diez céntimos, en sisas de cocineras, en regateos
vergonzosos, en toda una manera de ser usurero y prestamista–. Un tipo que no cree en nada y pasa por encima de todo el mundo; su periódico, que es oficioso, católico, liberal, republicano, tarta de crema, no ha sido fundado sino para servir de tapadera a jugadas de bolsa y a empresas de toda especie. Por eso es muy fuerte y gana millones por medio de Sociedades que no tienen cuatro francos de capital.

Saint-Potin llamaba siempre a Duroy «mi querido amigo».
–Ese granuja –continuó– tiene cosas dignas de un personaje de Balzac. Figúrese usted que la otra tarde estaba yo en su despacho, con esa estantigua de Norbert y ese Don Quijote de Rival, cuando entró Montelin, nuestro administrador, con su cartera de tafilete bajo el brazo, esa cartera que todo París conoce. Walter levantó la cabeza y le preguntó: «¿Qué hay de nuevo?» Montelín respondió ingenuamente: «Acabo de pagar los dieciséis mil francos de papel que debíamos.» El amo pegó un brinco, un brinco asombroso. «¿Qué dice usted?» «Que acabo de pagar al señor Privas.» «Pero ¿está usted
loco?» «¿Por qué?» «Porque... porque..., porque...» Walter se quitó los lentes, los limpio, sonrió luego, con esa sonrisa suya que va de oreja a oreja y anuncia que va a decir algo con mala intención o alguna atrocidad, y con acento burlón y convencido a un tiempo, continuó: «¿Por qué? Porque podíamos haber conseguido una rebaja de cuatro o cinco mil francos.» «Pero, señor, si todas las cuentas estaban en regla, comprobadas por mí y aprobadas por usted.» Entonces el amo se puso otra vez serio, y exclamó:

«Es
usted el hombre más ingenuo que he conocido. Ha de saber usted, señor Montelin, que hay que acumular deudas para llegar a una transacción.»
Y Saint-Potin añadió, moviendo la cabeza, con gesto de hombre experimentado:
–¿Qué?... ¿No es esto Balzac puro?
Duroy no había leído a Balzac, pero respondió muy convencido:
–Ya lo reo.
Habló luego el periodista de la señora de Walter, tonta de capirote; de Norbert de Varenne, un viejo fracasado; de Jacques Rival, Fervacques redivivo1. Al fin le llegó el turno a Forestier.
–En cuanto a éste –dijo–, ha tenido la suerte de casarse con su mujer. Esto es todo.
Duroy preguntó:
1 Guillaume de Hauttner, marqués de Fervacques y mariscal de Francia (1538-1613), fue un bravo capitán como gentil cortesano. A esta última circunstancia alude, sin duda, Saint-Potin al compararlo con el elegante cronista de La Vie Française.
–¿Qué es, en resumidas cuentas, su mujer?-¡Oh! Una taimadilla. Una mosquita muerta. Es la querida de ese camastrón de Vaudrec, el conde Vaudrec, que la ha dotado y casado.
Duroy tuvo una repentina sensación de frío, una especie de crispamiento nervioso, una necesidad de insultar y abofetear a aquel charlatán. Pero se contuvo rápidamente, y preguntó:
–Se llama usted Saint-Potin, ¿no es así?
El otro respondió sencillamente:
–No; me llamo Thomas, pero en el periódico me han puesto el mote de Saint- Potin2.
Duroy pagó lo que habían tomado, y continuó:
–Ya debe de ser hora de que vayamos a visitar a esos señores.
Saint-Potin se echó a reír.
–Es usted todavía un poco ingenuo –afirmó–. ¿De veras cree que voy a ir a preguntar nada a ese chino ni a ese indio de lo que piensan de Inglaterra? ¡Como si no supiera mejor que ellos lo que tienen que pensar para los lectores de La Vie Française!

Ya le he hecho quinientas interviews a otros tantos chinos, persas, indios, chilenos, japoneses, y otros tales. Todos dicen lo mismo. No tengo más que coger mi último artículo y copiarlo con puntos y comas. No hay más que cambiar la cara, el nombre, los títulos, la edad, el séquito. ¡Oh! En esto no hay que equivocarse, porque en seguida me lo echarían en cara Le Figaro o Le Gaulois. Pero sobre este punto, el conserje del hotel Bristol y del Continental me informará cinco minutos. Iremos a pie hacia allí, fumando un cigarro. Total: cinco francos de coche a cuenta del periódico. Así, mi querido amigo, es como se las arregla un hombre práctico.

–Así da gusto ser reportero –dijo Duroy.
El periodista respondió ingenuamente:
–Sí; pero nada produce tanto como los ecos, que a menudo son reclamos disfrazados.
Se habían levantado y seguían por el bulevar hacia la Madeleine. De pronto, Saint- Potin dijo a su compañero:
–Si usted tiene algo que hacer, puede marcharse. Por el momento no le necesito.
Duroy le estrechó la mano y se fue.
La consideración de que aquella tarde tenía que escribir un artículo lo abrumaba, y se puso a pensar en él. Recogió sus ideas, sus reflexiones, sus juicios, recordó anécdotas, todo eso sin dejar de andar, y así llegó hasta el final de la avenida de los Campos Eliseos, donde solo se veían escasos transeúntes. El calor dejaba a Paris desierto.

Luego que hubo cenado en una taberna del Arco de la Estrella, volvió lentamente a su casa por los bulevares exteriores y se sentó ante su mesa de trabajo.
Pero desde que tuvo ante sus ojos las blancas cuartillas, todo aquel material acumulado voló de su memoria, como si el cerebro se le hubiese evaporado. Intentó rehacer sus recuerdos, fijarlos. Pero no bien lograba asirlos, se le escapaban, o bien se precipitaban en confusa mezcla, y no sabía cómo presentarlos, cómo vertirlos ni por
donde empezar.
Al cabo de una hora de esfuerzo y de haber emborronado cinco cuartillas con frases iniciales, que luego no acertaba a continuar, se dijo: «Todavía no tengo bastante práctica del oficio. Es preciso que tome alguna lección más.» Y al momento la perspectiva de otra mañana de trabajo con la señora de Forestier, la esperanza de un
2 Potin, en francés, significa chismorreo, murmuración. El sobrenombre es, pues, muy a propósito para un reportero público.
largo coloquio intimo, cordial y tan dulce como el de la víspera, le hicieron estremecer de deseo.
Se acostó en seguida, casi con miedo de ponerse otra vez a la tarea y de que le
saliese bien.
Al día siguiente se levantó un poco tarde, como si quisiera aplazar y saborear por anticipado el placer de aquella visita.
Eran ya más de las diez cuando llamaba a la puerta de su amigo.
El criado le dijo:
–El señor está trabajando.
Duroy no había pensado que el marido pudiese estar en casa.
Sin embargo, insistió:
–Dígale que soy yo y que vengo para un asunto urgente.
Después de cinco minutos de espera, le hicieron entrar en el despacho donde el día anterior pasara tan feliz mañana.
En el mismo sitio que él había ocupado, Forestier, sentado, en bata y zapatillas y tocado con una gorrilla inglesa, escribía, en tanto que su mujer, envuelta en un peinador blanco y de codos en la chimenea, dictaba, con un cigarrillo en la boca.

Duroy se detuvo en el umbral y dijo:
–Les ruego a ustedes me perdonen. He venido a interrumpirlos...
Su amigo se volvió hacia él, furioso:
–¿Qué diablos quieres ahora? –gruñó–. Vamos, despacha, que estamos muy ocupados.
Duroy, cortado, balbució:
– No, no es nada... Perdón.
Forestier, levantándose, exclamó:
–Entonces, ¡vive Dios!, no pasemos el tiempo. Sin embargo, tú no has venido aquí y forzado esa puerta por el solo placer de darnos los buenos días.
Entonces Duroy, muy azorado, se decidió:
–No. Es que... todavía no he podido conseguir hacer mi... escribir mi artículo..., y tú has sido..., ustedes han sido... tan... amables la última vez.... que esperaba... y me atreví a venir...

Forestier le cortó la palabra:
–Lo que ocurre es que a tí te sale todo por una friolera. Pero no imagines que yo voy a hacer tus veces y que tú no tendrás más que pasarte por la caja a fin de mes. No.
¡Ya está bien!
La señora, por su parte, continuaba fumando, sin decir palabra, siempre sonriente, con una vaga sonrisa que parecía enmascarar amablemente sus irónicos pensamientos.

Duroy, rojo de vergüenza, tartamudeó:
–Ustedes dispensen. Yo creía... yo pensaba...
Y luego, con voz más clara, añadió:
–Le pido a usted mil perdones, señora, y le reitero mi profunda gratitud por la encantadora crónica de ayer.
Saludó, y dijo a Charles:
–A las tres estaré en el periódico – y se marchó.
Volvió a su casa a grandes zancadas y rezongando: «Bueno, lo haré yo, yo solito.
Ya verán.»
Apenas hubo entrado en su habitación, y excitado por la cólera, se puso a escribir.
Continuó la aventura comenzada por la señora de Forestier, acumulando aventuras de folletín, sorprendentes peripecias y descripciones ampulosas, con torpe estilo de colegial
y fórmulas de cuartel.
En una hora tuvo terminada su crónica, verdadero caos de insensateces, y la llevó, muy satisfecho, a La Vie Française.
La primera persona a quién encontró fue a Saint-Potin, que, apretándole la mano con efusión de cómplice, le preguntó:
–¿Ha leído usted mi conversación con el indio y el chino? ¿Le parece divertida?
Ha regocijado a todo París. Y la verdad es que a ninguno de los dos tales he visto el pelo.
Duroy, que no había leído nada, cogió el periódico y echó una ojeada a un largo artículo. «India y China», en tanto que el reportero le señalaba los pasajes más interesantes.
Llegó Forestier, jadeante, muy de prisa. Tenía mucho que hacer.
–¡Ah, bien! Me alegro de que estéis aquí. Os necesito a los dos.
Y les indicó una serie de informaciones políticas que era preciso procurarse aquella misma tarde.

Duroy le alargó su artículo.
–Aquí está la continuación de lo de Argelia.
–Muy bien, tráelo. Voy a llevárselo al director.
Eso fue todo.
Saint-Potin arrastró consigo a su nuevo compañero, y cuando estuvieron en el pasillo, le dijo:
–¿Ha pasado usted por la caja?
–No. ¿Para qué?
–¿Para qué? Pues para que le paguen a usted, hombre. Fíjese en lo que le digo: hay que tener siempre un mes adelantado. Nunca se sabe lo que puede ocurrir.
–Pero... no quiero abusar...
–Yo le presentaré al cajero, que no pondrá ninguna dificultad. Pagan bien aquí.
Duroy fue a cobrar sus doscientos francos, más los veintiocho de su artículo de la víspera, que, unidos a lo que le quedaba de su sueldo de la Compañía de ferrocarriles, hacían un total de trescientos cincuenta francos.

Nunca había tenido tanto dinero junto y se creyó rico por tiempo indefinido.
Después Saint-Potin lo llevó a las redacciones de cuatro o cinco periódicos rivales, con la esperanza de que las informaciones que le habían encargado las tuviesen ya otros, con lo que él no tendría más que hincharlas, para lo que le bastarían sus recursos de abundante y hábil conversación.
Ya de noche, Duroy, que no tenía nada que hacer, pensó en volver a Folies- Bergère, y, poniendo a contribución toda su audacia, se presentó al revisor de billetes:
–Me llamo George Duroy y soy redactor de La Vie Française. El otro día estuve aquí con el señor Forestier, que me prometió pedir unas entradas. No sé si habrá vuelto a acordarse de tal cosa.
Consultaron en registro. Su nombre no constaba allí. Sin embargo, el revisor, hombre muy afable, le dijo:

–Entre de todos modos, caballero, y diríjase usted mismo al director, que seguramente le atenderá.
Entró, y en seguida vio a Raquel, la mujer con quien había estado la primera noche.
Ella se le acercó.
–Buenas noches, rico. ¿Cómo estás?
–Muy bien, ¿y tú?
–No estoy mal. Desde la otra noche, ¿sabes?, he soñado dos veces contigo.
Duroy sonrió, halagado.
–¡Ah, ah! –dijo–. Y eso, ¿qué significa?
–Significa que me gustaste, tonto, y que volveremos a las andadas cuando quieras.
–Hoy mismo, si te parece.
–Sí, sí. Encantada.
–Bueno. Pero escucha – y Duroy vacilaba, confuso, por lo que iba a decir–: es que hoy no tengo un céntimo. Vengo del círculo y allí me lo he dejado todo.
Ella lo miró al fondo de los ojos, presumiendo la mentira, con su instinto y su práctica del oficio, y acostumbrada ya a las trapacerías y los regateos de los hombres. Al fin, dijo:
–¡Embustero! No está bien que hagas eso conmigo.

El sonrió, turbado.
–Si quieres diez francos... Es todo lo que me queda.
Raquel murmuró, con el desinterés de una cortesana que se paga un capricho.
–Como gustes, querido. Sólo tú me importas. Nada más que tú.
Y alzando los ojos, seducidos por la apostura del buen mozo, al bigote de éste, lo tomó de un brazo, se apoyó en él amorosamente y dijo:
–Vamos, primero, a beber una granadina. Luego daremos una vuelta juntos. Y después quisiera ir, también contigo, a la Opera, para enseñártela. Nos iremos pronto, ¿verdad?


Era ya de día cuando salió de casa de su amiga. Su primer pensamiento fue comprar La Vie Française. Abrió febrilmente el periódico y no vio su crónica.
Permaneció en pie, inmóvil en la acera, recorriendo ansiosamente con la mirada las columnas impresas, con la esperanza de encontrar todavía lo que buscaba.
De repente sintió su corazón oprimido, abrumado, porque, después de la fatiga de una noche de amor, esta contrariedad caía sobre él con la pesadumbre de un desastre.
Volvió a su casa, se echó vestido en la cama y se durmió.
Al entrar, horas después, en la Redacción, fue a ver al señor Walter.
–Me ha sorprendido mucho, caballero –le dijo–, no haber visto esta mañana en el periódico mi segundo artículo sobre Argelia.
El director levantó la cabeza y repuso secamente:
–Se lo di a su amigo Forestier, pues no lo he encontrado publicable. Será preciso rehacerlo.

Duroy, furioso, salió sin replicar palabra, y entrando bruscamente en el despacho de su camarada, le preguntó:
–¿Por qué no has publicado esta mañana mi crónica?
El periodista fumaba un cigarrillo, con la espalda apoyada en el respaldo del sillón, sujetando con los talones un artículo comenzado. Con voz enojada y lejana, como si habladse desde el fondo de un agujero, dijo:
–Al director le ha parecido malo y me lo ha dado para que te lo devuelva y lo hagas de nuevo. Ahí lo tienes: cógelo.
E indicaba con el dedo unas cuartillas que había bajo un pisapapeles.
Duroy, confundido, no encontró nada que decir y se guardó su artículo en el bolsillo. Forestier, al observarlo, continuó:
–Lo primero que hoy vas a hacer es darte una vuelta por la Prefectura.
Y le indicó una serie de diligencia y noticias que había que recoger. Duroy se fue, sin haber conseguido lanzar la frase mordaz que buscaba.
Al día siguiente volvió a llevar su artículo, que le fue nuevamente devuelto. Lo rehizo por tercera vez, y como también se lo rechazaron, comprendió que iba demasiado de prisa y que la mano de Forestier era la única que podía ayudarlo en su camino.
No volvió, pues, a hablar de los «Recuerdos de un suboficial de Cazadores en África» y se prometió ser acomodaticio y astuto, ya que así era preciso, y atender con celo, en espera de tiempos mejores, a su reporteril oficio.

Frecuentó los bastidores de los teatros y de la política, los pasillos de la Cámara de Diputados y las antesalas de los hombres de Estado. Conoció los graves rostros de los diplomáticos y los semblantes enfurruñados de los hujieres que dormitaban. Tuvo trato
asiduo con ministros, generales, porteros mayores, agentes de Policía, príncipes, vividores, cortesanas, embajadores, obispos, alcahuetas, rastacueros, hombres de mundo, fulleros, cocheros de punto, mozos de café y otras muchas gentes, a las que confundía en su estimación, medía por el mismo rasero y juzgaba de una misma mirada a fuerza de verlas todos los días, a todas horas, sin transición, y hablar con todas de los mismos asuntos, es decir, de lo que le importaba como periodista. Se comparaba a sí mismo con el hombre que catase, una tras otra, muestras de todos los vinos, y acababa por no distinguir el Château-Margaux del Argenteuil.

En poco tiempo llegó a ser un notable reportero, de información segura y rápido golpe de vista, avispado, sutil: un verdadero valor para el periódico, como decía el viejo Walter, que conocía bien a sus redactores.
Sin embargo, como no cobraba más que diez céntimos por línea, aparte los doscientos francos de sus sueldo, y como la vida del bulevar, la vida de café y de restaurante es cara, estaba siempre sin un céntimo, y su miseria lo desolaba.
«Aquí hay alguna artimaña oculta», pensaba al ver a ciertos compañeros con el portamonedas lleno de oro, sin comprender de que medios secretos podrían valerse para procurarse tal abundancia, y barruntaba con envidia procedimientos desconocidos y sospechosos, servicios prestados, todo un sistema de contrabando, aceptado y
consentido. ¡Oh! era preciso penetrar el misterio, entrar en aquella tácita asociación, imponerse a los compañeros que contaban con él para sus repartos.

Y muchas noches, cuando, asomado a su ventana, veía pasar los trenes, pensaba en los procedimientos que podría emplear.

domingo, 6 de septiembre de 2009

CAPÍTULO Nº 3





Cuando George Duroy se vio de nuevo en la calle, vaciló acerca de lo que haría.

Tenía ganas de correr, de soñar, de precederse a sí mismo, imaginando el porveniry respirando el aire suave de la noche. Pero el pensamiento de la serie de artículos solicitada por el viejo Walter le perseguía, y decidió volver a casa para ponerse a trabajar.


Regresó a buen paso, ganó el bulevar exterior, y lo siguió hasta la calle de Borusault, donde vivía. Su casa, de seis pisos, estaba poblada por veinte modestos hogares obreros y mesócratas, y al subir la escalera, alumbrándose con cerillas que iluminaban los sucios peldaños, donde se amontonaban papeles rotos, colillas y desperdicios de cocina, experimentó una descorazonada sensación de disgusto y ansiosa impaciencia por salir de allí y alojarse, como los ricos, en viviendas limpias. Un olor indefinible a guisotes, a comida, a humanidad, un olor de grasa estancada, a viejas paredes que ninguna corriente de aire podía traspasar, lo invadió de pies a cabeza.


La habitación del joven estaba en el quinto piso, y se asomaba, como sobre un insondable abismo, sobre la inmensa trinchera del ferrocarril del Oeste, justamente a la salida del túnel, cerca de la estación de Batignolles. Duroy abrió la ventana y se acodó en el alfeizar de latón enmohecido.


A sus pies, en el fondo del sombrío agujero, se veían tres señales rojas, que semejaban grandes ojos de extraños animales. Más lejos se veían otros, y otros más lejos todavía. Prolongados silbidos atravesaban, a cada instante, la noche: unos próximos, apenas perceptibles; otros y otros procedentes del lado de Assieres. Tenían modulaciones como si fuesen voces que llamasen. Uno de ellos se aproximaba, lanzando un grito lastimero, que crecía de segundo en segundo, y pronto apareció una enorme luz amarilla que corría entre gran estrépito. Y Duroy vio como el largo rosario de vagones se hundía en el túnel. Al fin se dijo: «¡Ea, a trabajar!» Puso la lámpara sobre la mesa; pero en el momento de ponerse a escribir, advirtió que no tenía más que algunos pliegos de papel de cartas. ¿Qué hacer? Los utilizaría abriéndolos en toda su extensión. Mojó la pluma en el tintero, y con su más bella letra escribió a la cabeza.


Recuerdos de un oficial de Cazadores en África

Después se puso a buscar la primera frase. Tenía la frente apoyada en la mano, los ojos fijos en el blanco rectángulo desplegado ante él.

¿Qué iba a decir? No recordaba nada de cuanto acababa de contar: ni una anécdota, ni un hecho. Nada absolutamente. De pronto pensó: «Debo comenzar por mi partida». Y escribió «Era el dieciocho de mayo de mil ochocientos setenta y cuatro.

Francia agotada, se reponía de las catástrofes del año terrible.»

Aquí se detuvo sin saber cómo contar lo que seguía: el embarque, el viaje, las primeras impresiones...

Después de un minuto de reflexión, se decidió a dejar para el día siguiente la cuartilla preliminar y hacer, de momento, una descripción de Argel.

Y trazó sobre el papel: «Argel es una ciudad completamente blanca», y no acertaba a decir otra cosa. En su recuerdo veía a la linda y clara ciudad despeñándose en el mar, como una cascada de casitas chatas, desde lo alto de la montaña; pero no encontraba una sola palabra con que expresar lo que había visto, lo que había sentido.

Tras un gran esfuerzo, añadió: «Está habitada, en parte, por árabes». Después arrojó la pluma sobre la mesa, y se levantó.

Sobre su angosta cama de hierro, donde se advertía la huella de su cuerpo, vio tiradas de cualquier modo sus ropas de diario, vacías, fatigadas, lacias, feas, como harapos de la Morgue. Y sobre un silla de paja, su sombrero de copa, su único sombrero, que parecía puesto allí para recibir las limosnas.

Las paredes, cubiertas de papel gris con ramos azules, tenían tantas manchas como flores; manchas antiguas, sospechosas, cuya naturaleza nadie hubiese podido definir, pues lo mismo podían ser de bichos aplastados como de aceite, huellas de dedos untados de pomadas o parchazos de agua y jabón que, al lavarse alguien, saltaran de la palangana.


Todo aquello olía a miseria, a la vergonzosa miseria de los pisos baratos de Paris. En su exasperación, se sublevaba contra la pobreza de aquella vida. Se dijo que era preciso salir de allí inmediatamente, que desde el día siguiente había que romper con aquella menesterosa existencia.


Presa de súbito y ardiente afán de trabajar, se sentó de nuevo a la mesa y se puso otra vez a buscar las frases más propicias para escribir la fisonomía extraña y encantadora de Argel, esa antesala del África de los árabes nómadas y de los negros desconocidos, el África inexplorada y tentadora, cuya fama inverosímil, y que parece creada para poblar cuentos de hadas, vemos a veces en los jardines públicos: avestruces que son como extravagantes y gigantescas gallinas, gacelas que semejan cabras divinas, sorprendentes y gigantescas jirafas, graves camellos, hipopótamos monstruosos, informes rinocerontes y gorilas, esos espantosos hermanos del hombre.



Sentía que le acudían vagos pensamientos. Tal vez los hubiera expuesto verbalmente, pero no podía formularlos por escrito. Su impotencia lo enfebrecía. Se levantó otra vez, con las manos húmedas de sudor y la sangre agolpada en las sienes.

Como sus ojos se fijasen en la cuenta de la lavandería, que la portera le había dejado allí aquella misma tarde, se apoderó de él un acceso de terrible desesperación.

Toda su alegría desapareció en un segundo, y con ella su confianza en sí mismo y en su porvenir. Aquello había acabado. Todo había terminado. Y se sintió vacío, incapaz, inútil...

Y volvió a acodarse en la ventana en el preciso momento en que un tren salía del túnel, con repentino y horrísono estruendo. Iba allá lejos, a través de los campos y de las llanuras, hacia el mar. Y el recuerdo de sus padres penetró el corazón de Duroy.


El convoy iba a pasar cerca de ellos, a unas leguas nada más de su casa, de aquella casita que el evocaba ahora, y que, desde lo alto de la costa, dominaba a Ruán y el inmenso valle del Sena, a la entrada de la aldea de Cantelén.

Los padres de Duroy tenían un caserío o ventorrillo, Bella Vista, adonde las familias comarcanas iban a comer los domingos. Quisieron hacer de su hijo un señorito, y con ese propósito lo enviaron al colegio. Terminados sus primeros estudios e interrumpidos los de Bachillerato, ingresó en el ejército, con el propósito de llegar a oficial, a coronel, a general. Pero disgustado de la vida militar mucho antes de cumplir los cinco años de servicio, había soñado con hacer fortuna en París.



Y a París había venido, una vez terminado su compromiso, a pesar de las súplicas de su padre y de su madre que, disipados ya sus sueños, sólo deseaban ahora tenerlo junto a sí. Él, por su parte, confiaba en el porvenir. Entreveía el triunfo, en virtud de acontecimientos, todavía confusos en su mente, pero que él sabría, a buen seguro, provocar y aprovechar.


En su regimiento había alcanzado algunos éxitos de guarnición, con pobres y fáciles mujeres, y aun cierto género de aventuras en un medio social más elevado.

Había, incluso, seducido a la hija de un preceptor, que quiso dejarlo todo por seguirlo, y a la mujer de un abogado, que intentó ahogarse, desesperada ante su abandono.

Sus camaradas decían de él: «Es un pillín y un vivo; es un fresco que siempre sabrá salir del paso». Y él, en efecto, se había propuesto ser un pillín, un vivo, un fresco.

Su primitiva conciencia de normando, embotada por las prácticas diarias de la vida cuartelaria, relajada por el ejemplo de los merodeos de África, de los negocios ilícitos, de combinaciones sospechosas; fustigada, además, por las ideas sobre el honor que circulan en el ejército, por las bravatas militares, los sentimientos patrióticos y las historias de grandezas que se cuentan entre suboficiales, así como por la gloria del oficio, se había convertido en una caja de triple fondo, donde se encontraba de todo.


Pero el deseo de llegar le animaba completamente.

Como todas las noches, y sin darse cuenta, soñaba despierto. Imaginaba una magnífica aventura de amor que, de una vez, lo llevaría a la realización de sus esperanzas. Se veía ya casado con la hija de un banquero o de un gran personaje, a la que avía conocido en la calle y conquistado con una sola mirada.

El silbido de una locomotora que salía del túnel, sola, como un gran conejo de su madriguera, y a todo vapor corría sobre los carriles en busca del depósito de máquinas, le hizo volver a la realidad.


Tranquilizado de nuevo por la confusa esperanza que seguía alentando en su pecho, lanzó, al azar, un beso a la noche, un beso de amor a la mujer esperada, un beso de deseo a la mujer apetecida. Después, cerró la ventana, murmurando:

–¡Bah! Mañana estaré en mejor disposición. Hoy no tengo la cabeza despejada y hasta me parece que estoy un poco bebido. En estas condiciones no hay quien pueda trabajar.


Se metió en la cama, apagó la luz y a los pocos momentos quedó dormido.

Se despertó temprano, como se despierta uno los días de viva esperanza o de preocupación, saltó de lecho y fue a abrir la ventana para beberse una buena taza de aire resco, como él decía.

Enfrente y al otro lado de la trinchera del ferrocarril, las casas de la calle de Roma resplandecían a la luz del sol naciente, y parecían pintadas con la blanca claridad. Allá lejos, a la derecha, se veían las cuestas de Argenteuil, las alturas de Signois y los molinos de Orgemont, envueltos en una bruma blanquecina y ligera, como un velo flotante y transparente que alguien hubiese echado sobre el horizonte.


Duroy permaneció algunos minutos contemplando la campiña lejana, y murmuró:

–¡Que bien se pasaría por ahí un día como el de hoy!

Pero luego pensó que había que ponerse a trabajar en seguida, así como enviar, mediante un franco de propina, al chico de la portera que avisase en la oficina que se hallaba enfermo.

Se sentó ante la mesa, mojó la pluma en el tintero, apoyó la frente en la mano y buscó ideas. Todo fue inútil. Ninguna le acudía.

No se desalentó, sin embargo.

«¡Bah! –pensó–. Es la falta de costumbre. Todo se reduce a aprender un oficio como otro cualquiera. Voy a buscar a Forestier, que en diez minutos me pondrá el artículo en marcha.»

Se vistió.

Cuando estuvo en la calle, juzgó que era demasiado temprano para ir a casa de su amigo, que debía de levantarse tarde. Dio pues un paseo, muy despacito, a la sombra de los árboles del bulevar exterior.

No eran todavía las nueve cuando entró en la calle de Monceau, recién regada. Se sentó en un banco y comenzó a soñar. Un joven muy elegante iba y venía delante de él.

Esperaba a una mujer, sin duda.

Apareció ella, al fin, envuelto el rostro en un velo y con paso rápido. Tras un breve apretón de manos cogió al hombre de un brazo y ambos se alejaron.

Un tumultuoso deseo de amor, una necesidad de amores distinguidos, perfumados, delicados, invadió el corazón de Duroy. Se levantó y reanudó su paseo, pensando en Forestier. ¡Ese si que tenía suerte!


Llegó al portal en el preciso momento en que su amigo salía.

–¡Tú, aquí! ¿Qué diablos quieres a estas horas?

Duroy, cortado al encontrarle cuando se marchaba, balbució.

–Es que..., es que... no consigo escribir el artículo, ¿sabes?, el artículo que el señor Walter me ha encargado sobre Argelia. Nada tiene de extraño, dado que nunca he escrito nada. Para esto, como para todo, hace falta práctica. Pronto la alcanzaré, seguro estoy de ello; más, para empezar, no sé cómo arreglármelas. Ideas no me faltan, tengo las necesarias; pero no acierto a expresarlas.

Se detuvo, un poco vacilante. Forestier sonreía con malicia.

–Ya sé yo lo que es eso –dijo.

Duroy prosiguió:

–Sí, esto debe de ocurrirle a todo el mundo, al empezar. Pues bien, y venía..., yo venía a pedirte que me tiendas una mano. En diez minutos me pondrás al corriente y me enseñarás el aire que hay que darle a esto. Me darás una buena lección de estilo. En cambio, sin tí, no podré salir del apuro.


Forestier seguía sonriendo alegremente. Dio a su antiguo camarada unos golpecitos en el brazo y le dijo:

–Vete a ver a mi mujer; ella te arreglará el asunto tan bien como yo. Yo mismo le he enseñado el oficio. Por mi parte, esta mañana no tengo tiempo de ayudarte; si no, lo haría con mucho gusto.

Duroy, cohibido de pronto, vacilaba, no se atrevía:

–Pero esta no es hora de visitar a una señora...

–Sí, ya está levantada. La encontrarás en mi despacho, poniendo en orden unas notas para mí. Anda, sube.

Duroy se resistía as subir.

–No... no estará visible –dijo.

Forestier le cogió por los hombros, le hizo girar sobre los talones y le empujó hacia la escalera.

–Anda, anda, pedazo de tonto. Haz lo que te digo, no creo que me vayas a hacer subir tres pisos para presentarte y explicar tu caso. Sube de una vez.

Al fin Duroy se decidió:

–Gracias, ya voy; le diré que tú me has obligado, lo que se dice obligado a venir a verla.

–¡Oh, no te comerá! Puedes estar tranquilo. Y, sobre todo, no olvides que a las tres...

–¡Oh! No tengas cuidado.

Forestier se marchó, con su aire apresurado de siempre, y Duroy comenzó a subir la escalera, lentamente, peldaño a peldaño, pensando qué diría y preocupado por la acogida que le dispensarían.

El criado fue a abrirle. Llevaba un delantal azul y tenía una escoba en la mano.

–El señor ha salido –dijo, si esperar a que le preguntase.

Duroy insistió:

–Pregunte a la señora si puede recibirme, y dígale que vengo de parte de su marido, con quien me he encontrado en la calle.

Y esperó. El hombre volvió, abrió una puerta a la derecha y dijo:

– La señora le espera.

Estaba sentada en un sillón de despacho, en una pieza pequeña, cuyas paredes desaparecían totalmente tras las bien ordenadas hileras de libros que ocupaban varias estanterías de madera negra. Las encuadernaciones, en todos los tonos: rojo, amarillo, verde, violeta y azul ponían una nota calida y alegre en aquel monótono alineamiento de libros.


La señora se volvió, siempre sonriente, a su visitante y le tendió la mano, dejando ver el brazo desnudo a través de la amplia abertura de la manga.

–¿Ya por aquí? –dijo; y en seguida añadió –: No es un reproche, sino una simple pregunta.

–¡Oh, señora! –balbució él–. Yo no quería subir, pero su marido, que me encontró al salir, me ha obligado. Estoy tan confuso que no me atrevo a decir lo que me trae.


Ella le indicó una silla y dijo:

–Siéntese y hable.

Tenía entre los dedos una pluma de ave, que volteaba ágilmente, y ante sí una gran hoja de papel, escrita hasta la mitad. La llegada del joven había interrumpido, sin duda, su tarea.

Sentada ante la mesa de trabajo, parecía hallarse tan a gusto como en su salón, dedicada a sus ordinarias ocupaciones. Un ligero perfume se escapaba del peinador, el fresco perfume del tocado reciente. Y Duroy trataba de adivinar, creyendo ver el cuerpo joven y traslúcido, lleno y cálido, dulcemente envuelto en la suave tela.


Como el joven no hablase, la dama continuó:

–Vamos, dígame: ¿de qué se trata?

Duroy murmuró, vacilante:

–Verá usted... Pero no me atrevo, verdaderamente... En fin, ello es que anoche, hasta muy tarde, y esta mañana, desde muy temprano, he estado trabajando en ese artículo sobre Argelia que me ha encargado el señor Walter... Mas no he conseguida

nada. He roto todos mis borradores... No estoy acostumbrado a este género de trabajo y venía a pedir a Forestier su ayuda por una sola vez...

Ella le interrumpió, riéndose con toda su alma, muy divertida, contenta y halagada.


–¿Forestier le ha dicho que venga a buscarme? Tiene gracia...

–Sí, señora. Me ha dicho que usted me sacaría del apuro mejor que él. Pero yo no me atrevía... no quería... ¿Comprende?

Ella se levantó.

–Va a ser, señor Duroy, una delicia colaborar así. Estoy encantada de su ocurrencia. Ea, siéntese ahí, en mi sitio, porque en el periódico conocen mi letra. Y ahora, vamos a hacer entre los dos un artículo; pero no así como se quiera; un artículo que llame la atención.

Duroy se sentó, cogió una pluma, puso ante sí una cuartilla y esperó.

La señora de Forestier contemplaba estos preparativos. Después, tomó un cigarrillo de la chimenea, y lo encendió.

–No puedo trabajar sin fumar –dijo–. Vamos a ver, ¿qué quiere usted contar?

George, asombrado, alzó hacia ella la cabeza.

–Pues no lo sé. Precisamente por eso he venido a verla.

Ella repuso:

–Beno, ya arreglaremos eso. Yo haré la salsa. Pero me hace falta antes la carne.

El seguía indeciso. Al fin dijo, dudando:

–Quisiera relatar mi viaje desde el principio.

Entonces ella se sentó frente a él, al otro lado de la mesa, y dijo, mirándole a los ojos:

–Bien; pues empiece por contármelo a mí, a mí solita, ¿sabe?, despacito, sin olvidar nada, y yo recogeré lo que pueda aprovecharse.

Mas como no supiese por dónde empezar, ella empezó a interrogarle, como pudiera hacerlo un confesor, haciéndole preguntas concretas, interpelándole sobre detalles olvidados, personajes con quienes se encontrara y rostros apenas vistos al paso.

Cuando le hubo hecho hablar durante un cuarto de hora, le interrumpió de pronto.

–Ahora –dijo– vamos a empezar. Por lo pronto supondremos que dirige usted sus impresiones a un amigo, lo que le permitirá expresarse con mayor desenfado, hacer observaciones de todo género, ser natural y ocurrente, si podemos. Escriba: «Mi querido Henri: ¿No querías saber cómo es Argelia? Pues vas a saberlo, en efecto. No teniendo nada que hacer en la casita de adobes que me sirve de albergue, voy a enviarte una especie de diario de mi vida, día por día, hora por hora. A veces, tendrá quizás colores demasiado vivos. Pero nadie te obliga a enseñárselo a las señoras de tu amistad...»

La de Forestier se interrumpió para encender de nuevo el cigarrillo, que se había apagado, y, en seguida, el leve rasgueo de la pluma de ave sobre el papel cesó también.

–Continuemos –dijo.

«Argelia es un gran país francés fronterizo, de esos grandes países desconocidos que se llaman el desierto, el Sahara, el África Central, etc.

» Argel es la puerta, la puerta blanca y encantadora de esa extraña región.

» Pero hay que ir allá, cosa que no es para todos. Soy, como sabes, un buen

desbravador de caballos y domo el del coronel. Pero no se puede ser excelente jinete y mal marino. Tal es mi caso. ¿Te cuerdas del mayor Simbretas, al que llamábamos el Doctor Iperacuana? Cuando nos creíamos en estado a propósito para poder pasar veinticuatro horas en la enfermería, ¡oh, bendito vasito!, íbamos a su consulta.

Solía estar sentado en su sillón, con los rollizos muslos ceñidos por el rojo pantalón y las manos en las rodillas, los brazos en arco y los codos en el aire. Revolvía los ojazos de loto, mordisqueando el blanco bigote. ¿Recuerdas sus partes facultativos?: «Este soldado padece trastornos gástricos. Adminístresele vomitivo número tres, según mi receta, y déjesele descansar doce horas. Con esto curará.»

» Aquel vomitivo era estupendo, estupendo e irresistible. Se lo tragaba uno, porque no había otro remedio. Luego, cuando había uno pasado por la receta del Doctor Ipercacuana, podía disfrutar de doce horas de bien ganado reposo.

» Pues bien, querido: para llegar a África, es preciso sufrir, durante cuarenta horas, otra especie de vomitivo irresistible, según la receta de la Compañía Trasatlántica.»

La señora Forestier se frotaba las manos, muy satisfecha de su ocurrencia.

Se levantó y se puso a pasear, después de haber encendido otro cigarrillo. Dictaba, arrojando leves columnas de humo que, al principio, salían rectas del redondo agujerito que formaban sus labios, después se alargaban, se desvanecían, dejando suspender en el espacio unas líneas grises, una especie de bruma transparente, un vapor parecido a los hilos que tejen las arañas. A veces, con una sacudida de la mano abierta, borraba estas huellas ligeras y persistentes. Otras, las cortaba con un movimiento tajante del dedo índice, y contemplaba, con grave atención, cómo las dos vedijas de imperceptible vapor desaparecían lentamente.


Y Duroy, con los ojos alzados hacia ella, seguía todos sus gestos, todas sus actitudes, todos los movimientos de su cuerpo y de su rostro, ocupados en ese vago pasatiempo que no ocupaba su pensamiento.

Imaginaba ahora la señora Forestier las peripecias del camino, trazaba retratos de unos compañeros de viaje que ella misma inventaba, y esbozaba una aventura de amor con la mujer de un capitán que iba a reunirse con su marido.

Después, sentada de nuevo, interrogó a Duroy sobre la topografía argelina, que ella ignoraba por completo, y en diez minutos supo tanto como él, y trazó un verdadero capítulo de geografía política y colonial para poner al lector al corriente y prepararlo para las graves cuestiones que se afrontarían en los artículos siguientes.


Después continuó con una excursión por la provincia de Orán, excursión en que predominaba la fantasía, y en que se trataba, especialmente, de las mujeres del país, así de las moras, como de las judías y las españolas.

–Esto es lo que interesa a la gente –dijo la dama.

Terminó con una excursión a Saida, al pie de altas mesetas, y el relato de una linda intriguilla de amor entre el suboficial George Duroy y una obrera española, de las manufacturas de Ain-el-Hadjar. Narraba las citas nocturnas en la montaña pedregosa y pelada, mientras los chacales, las hienas y los perros árabes gritaban, aullaban y ladraban en medio de las rocas.

–Se continuará mañana –dijo ella alegremente, y levantándose de nuevo–- Así es cómo se hace un artículo, querido señor. Firme, hágame el favor.


George vacilaba.

–Firme, le digo.

Entonces, él se echó a reír, y escribió al pie de la cuartilla:

«George Duroy»

Ella seguía fumando y paseando, y él continuaba mirándola, sin encontrar palabras con que manifestarle su agradecimiento, contento de hallarse cerca de ella, penetrado de gratitud y del bienestar sensual que esta naciente intimidad le procuraba. Le parecía que todo lo que le rodeaba formaba parte de ella, todo, hasta la muralla de libros. Las sillas, los muebles, el aire donde flotaba el olor del tabaco, tenían algo de particular, de bueno, de dulce, de encantador, que venía de ella.

De pronto la dama preguntó:

–¿Qué le parece mi amiga, la señora de Marelle?

La pregunta le cogió de sorpresa. Luego contestó, vacilando:

–Pues... me parece...,. me parece muy seductora.

–¿Verdad que sí?

–Sí, por cierto.

Le dieron ganas de añadir: «Aunque no tanto como usted». Pero no se atrevió.

Ella continuó:

–¡Y si supiese usted qué ingeniosa es, qué original, qué inteligente! Es una bohemia, lo que se dice una bohemia. Por eso no la quiere su marido. No ve más que los defectos, sin apreciar las cualidades.

Duroy quedó estupefacto al saber que la señora de Marelle estaba casada. Nada más natural, sin embargo.

–¿De modo –preguntó– que es casada? ¿Y a qué se dedica su marido?

La señora Forestier se encogió casi imperceptiblemente de hombros y contrajo las cejas, con un solo movimiento lleno de recóndita intención.

–Es inspector de los ferrocarriles del Norte. Sólo pasa un mes en París. Es lo que su mujer llama «el servicio obligatorio», o «la semana de guardia», o, todavía, «la semana santa». Cuando la conozca usted mejor verá que fina y graciosa es. Vaya a verla un día de éstos.


Duroy no pensaba en marcharse. Le parecía que se iba a quedar allí para siempre, que estaba en su casa.

Pero la puerta se abrió de pronto, y un caballero alto, a quién nadie había anunciado, entró.

Al ver allí un hombre se detuvo. La señora Forestier parecía un poco azorada. Pero fue cosa de un segundo. Luego, en tono natural, si bien el rosa de los hombros se le subió un poco al rostro, dijo:

–Pero entre usted, querido. Tengo el gusto de presentarle a un buen camarada de Charles, el señor George Duroy, futuro periodista.

Luego, con diferente acento, anunció:

–El mejor y el más íntimo de nuestros amigos, el conde de Vaudrec.

Los dos hombres se saludaron, mirándose al fondo de los ojos, e inmediatamente Duroy hizo ademán de retirarse.

Nadie lo retuvo. Balbució algunas palabras de gratitud, estrechó la mano que le tendía su joven amiga, se inclinó otra vez ante el recién llegado, cuyo rostro conservaba la expresión fría y seria que conviene aun hombre de mundo y salió en seguida, turbado como si hubiese cometido una tontería.


Al verse de nuevo en la calle, se sintió entristecido, molesto, obsesionado por la oscura sensación de un disgusto oculto. Se preguntaba el motivo de aquella súbita melancolía y no lo encontraba. Pero el severo rostro del conde de Vaudrec, ya un poco viejo, con los cabellos grises y el aspecto tranquilo e insolente de un particular muy rico y seguro de sí mismo, no se apartaba de su memoria.


Advirtió que la llegada de aquel desconocido, al romper el encanto del coloquio frente a frente a que su corazón ya se iba acostumbrando, le causó esa impresión de frialdad y desesperanza que una palabra oída al azar, una miseria entrevista, la menor cosa, en fin, basta a veces para producirnos, y le pareció también que aquel hombre, sin que él alcanzara a adivinar por qué, había quedado, a su vez, disgustado de su presencia allí.


Nada tenía que hacer hasta las tres, y aún no era mediodía. Le quedaban en el bolsillo seis francos y se fue a almorzar a Duval. Luego estuvo paseando por los bulevares, y al dar las tres subía la escalera-anuncio de La Vie Française.

Varios ordenanzas, sentados en un banco y cruzados de brazos, esperaban que se les llamase, en tanto que, tras una especie de pulpitillo o tribuna profesional, clasificaban la correspondencia que acababa de llegar. La mise en scene estaba perfectamente calculada para causar efecto en los visitantes. Todo el mundo tenía la traza, el aspecto, la dignidad y la elegancia que convienen en el vestíbulo de un periódico de gran circulación.


Duroy preguntó:

–¿El señor Walter, por favor?

–El señor director –repuso el conserje– está ahora en una conferencia. Si quiere, puede usted pasar y descansar –añadió indicándole la sala de visitas, que ya estaba llena de gente.

Se veían allí caballeros graves, importantes, condecorados, y hombres mal vestidos, con la camisa oculta por la levita abrochada hasta el cuello y llena de manchas, que recordaban los perfiles de los continentes sobre los mares en los mapas. Tres mujeres se mezclaban con aquella gente. Una de ellas era bonita, risueña, e iba muy peripuesta; tenía aire de cocota. Su vecina, de gesto trágico y arrugado semblante, vestía con cierta severidad presuntuosa y tenía ese no sé qué de ajado, de artificioso, que distingue, en general, a las actrices viejas: una especie de falsa juventud que se evapora, como un perfume marchito.


La tercera de aquellas mujeres, de luto, se agazapaba en un rincón. Parecía una viuda inconsolable. Duroy supuso que iría a pedir algún socorro.

Pasaron veinte minutos sin que llamasen a nadie.

Al fin, Duroy tomó una resolución súbita, y volviéndose hacia el conserje, le dijo:

–El señor Walter me tenía citado para las tres. En todo caso, ¿quiere usted ver si está mi amigo, el señor Forestier?

Le hicieron recorrer un largo pasillo, que lo condujo a una espaciosa sala, donde cuatro señores escribían, en torno a una mesa forrada de verde.

Forestier, en pie ante la chimenea, fumaba un cigarrillo y jugaba al bilboquet. Era muy diestro en este pasatiempo, y, vez tras vez, ensartaba el enorme boliche de boj amarillo en la varilla de madera. Contaba en voz alta: «Veintidós, veintitrés, veinticuatro, veinticinco...»

Duroy dijo: «Veintiséis», y su amigo alzó los ojos, sin interrumpir el acompasado ovimiento del brazo.

–¡Caramba, tú por aquí! –dijo–. Ayer hice ciento y siete tantos seguidos. Únicamente Saint-Potin me gana aquí. ¿Has visto al jefe? No no hay nada más divertido que ver a ese viejo papanatas de Norbert jugar al bilboquet. Abre una boca tamaña como si fuese a tragarse la bola.

Uno de los redactores se volvió hacia él:

–Oye, Forestier, yo sé quién vende un bilboquet soberbio, de madera de las islas.

Ha pertenecido, según dicen, a la reina de España, y piden por él sesenta francos. No me parece caro.

Forestier preguntó:

–¿Dónde está esa alhaja?

Y como le hubiese fallado el trigésimo séptimo tanto, abrió un armario, donde Duroy divisó una veintena de bilboquets soberbios, alineados y numerados como piezas de una colección. Después de haber colocado el suyo en el lugar que le correspondía, repitió:

–¿Dónde está esa alhaja?

–Lo tiene un revendedor de billetes del Vaudeville. Mañana te lo traeré, si quieres.

–Conformes. Si está verdaderamente bien, me quedaré con él. Nunca tiene uno demasiados bilboquets.

Volviéndose después hacia Duroy, le dijo:

–Ven conmigo. Voy a llevarte al despacho del director. De lo contrario, te estarás aquí de plantón hasta las siete.


Ambos atravesaron la sala de visitas, donde las mismas personas ocupaban los mismos lugares. En cuanto vieron a Forestier, la joven alegre y la vieja actriz se

levantaron vivamente y fueron hacia él.

El periodista las condujo, una tras otra, al hueco de la ventana. Aunque tuvieron la precaución de hablar en voz baja, Duroy pudo observar que su amigo tuteaba a las dos.

Después de empujar otras dos puertas acolchadas, llegaron al despacho del director. La conferencia que éste celebraba desde hacía una hora, sobre poco más o menos, consistía en una partida de ecarté con algunos de aquellos señores de sombrero de alta plana que allí mismo había visto Duroy la víspera.


El señor Walter llevaba el juego con atención concentrada, en tanto que su adversario echaba las leves cartulinas, coloreadas y las levantaba, las manejaba, en fin, con una ligereza, una destreza y una gracia de jugador avezado. Norbert de Varenne, sentado en el sillón del director escribía un artículo, Jacques Rival, tumbado cuan largo era en un diván, con los ojos cerrados, fumaba un cigarrillo.

Olía allí a habitación cerrada, a muebles de cuero, a tabaco y a imprenta. Era ese olor particular de las redacciones, que todos los periodistas conocen.

Sobre la mesa, de madera negra con incrustaciones de bronce, yacía un inverosímil montón de papeles, cartas, mapas, periódicos y revistas, facturas de proveedores, impresos de toda especie.


Forestier estrechó la mano da los mirones que estaban en pie, detrás de los jugadores, y , sin decir palabra, siguió con los ojos la partida. Por una vez que Walter la hubo ganado, le dijo:

–Aquí está el amigo Duroy.

Con brusco gesto, el director miró al joven por encima de las lentes. Luego, le preguntó:

–¿Me trae el artículo? Nos vendrá muy bien hoy, para publicarlo al mismo tiempo que la interpelación Morel.

Duroy sacó del bolsillo las cuartillas, en cuatro dobleces.

–Aquí lo tiene, señor.

El jefe, encantado, dijo sonriendo:

–Muy bien. Veo que tiene usted palabra. Tendrá que darle una ojeada a las cuartillas, Forestier.

Pero Forestier se apresuró a responder:

– No vale la pena. He hecho la crónica con él, para enseñarle el oficio. Está muy bien.


Y el director, que recogía en aquel momento los naipes que le alargaba un señor alto y flaco, diputado del centro izquierda, añadió con indiferencia:

– Perfectamente.

Pero Forestier no le dejó comenzar la nueva partida y le dijo al oído:

– Ya sabe usted que me había prometido contratar a Duroy para reemplazar a Marambot. ¿Quiere que se haga en las mismas condiciones?

– Sí, eso es.

Y el periodista, cogiendo del brazo a su amigo, se lo llevó, en tanto que Walter volvía a su juego.

Norbert de Varenne no había levantado la cabeza. Parecía no haber visto o reconocido a Duroy. Jacques Rival, en cambio, le había estrechado la mano con el vigor expresivo y deliberado de un buen camarada, con quien se puede contar en caso necesario.

Atravesaron de nuevo la sala de visitas, y todo el mundo alzó los ojos. Forestier, entonces, dirigiéndose a la más joven de las mujeres, dijo en voz suficientemente alta par que todos le oyesen:

– El director va a recibirlas en seguida. En estos momentos está conferenciando con dos miembros de la Comisión de Presupuestos.

Y salio muy de prisa, dándose importancia, como si fuera a redactar una noticia de la mayor gravedad.

En cuanto estuvieron de nuevo en la Redacción, Forestier volvió a coger el

bilboquet y poniéndose a jugar de nuevo, dijo a Duroy, sin dejar de contar los tantos:

– Escucha: vendrás todos los días a las tres, y yo te diré las diligencias y visitas que tienes que hacer, ya sea por la tarde, bien por la mañana, «uno». Por lo pronto, voy a darte una carta de presentación para el jefe del primer negociado de la Prefectura de Policía, «dos», que te pondrá en relación con uno de sus funcionarios, y tú te las arreglarás con él de modo que te dé todas las noticias importantes, «tres», de la Prefectura. Las noticias oficiales o semioficiales, se entiende. Para más detalles, te dirigirás a Saint-Potin, que es el que aquí lleva eso, «cuatro». Lo verás en seguida, o mañana. Será preciso, sobre todo que, te acostumbres a meter los dedos en la boca de las personas a quienes te envíe a ver, «cinco», y que entres en todas partes, a pesar de las puertas cerradas, «seis». Por todo esto cobrarás doscientos francos mensuales, más diez céntimos la línea por los ecos interesantes de tu cosecha, «siete», más otros diez céntimos la línea por los artículos que se te encarguen sobre diversos asuntos «ocho».

Calló para atender cínicamente a su juego. Continuó contando lentamente:

«Nueve, diez, once, doce, trece…» Marcó el decimocuarto tanto.

–¡Voto a…!–exclamó–. ¡Maldito trece! Siempre me trae desgracia. Moriré en trece.

Uno de los redactores, que había terminado su trabajo, cogió a su vez, un bilboquet del armario. Era un hombre muy bajito, de aspecto aniñado, a pesar de tener sus buenos treinta y cinco años.

Y habiendo entrado algunos periodistas más, fueron, uno tras otro, a buscar el juguete que les pertenecía. Pronto se reunieron seis, que, alineados, con la espalda apoyada en la pared, lanzaban a lo alto, con movimientos semejantes y regulares, las bolas rojas, amarillas o negras, según la naturaleza de la madera. Entablada la lucha, los dos redactores que todavía continuaban trabajando se levantaron para ejercer de jueces.

Forestier ganó por once puntos. Entonces el hombrecillo de aspecto aniñado, que había predido, llamó a un ordenanza, y gritó:

–Nueve cañas.

Y todos se pusieron a jugar de nuevo, mientras llegase el refresco.

Duroy bebió un vaso de cerveza con sus nuevos compañeros. Después preguntó a

su amigo:

–¿Qué quieres que haga?

El otro replicó:

–Hoy no tengo nada para ti. Puedes irte si quieres.

– Y… nuestro…, nuestro artículo, ¿saldrá en este número?

–Sí; pero no te preocupes. Yo corregiré las pruebas. Haz la continuación para mañana, y ven a las tres, como hoy.

Y Duroy, después de haber estrechado varias manos sin conocer siquiera los nombres de sus poseedores, bajó la escalera con el corazón gozoso y el ánimo ligero.