viernes, 9 de octubre de 2009

CAPÍTULO Nº 8




Aquel duelo había colocado a Duroy entre los cronistas de primera fila de La Vie
Française. Pero como tenía un miedo infinito a exponer ideas originales, prefirió
especializarse en el comentario sobre la decadencia de las costumbres, la relajación de
los caracteres, el debilitamiento del patriotismo y la anemia del honor francés. (Esto de
anemia era ocurrencia suya, de la que estaba muy orgulloso.)
Cuando la señora de Marelle, animada de ese espíritu burlón y escéptico que se
llama el «espíritu de París», se reía de las parrafadas de George, que resumía en un
epigrama, él respondía sonriendo:
–Esto le da a uno reputación a la larga.
Duroy vivía ya en la calle de Constantinopla, adonde había trasladado su maleta,
sus cepillos, sus navajas de afeitar y su jabón, lo que constituía para él una verdadera
mudanza. Dos o tres veces por semana, Clotilde iba a verle, antes que se levantase, se
desnudaba en un santiamén y se metía en la cama, tiritando todavía a causa del frío de la
calle.
Duroy, por su parte, comía todos los jueves en casa del matrimonio, y hacía la
corte al marido, hablándole de agricultura. Y como quiera que a él también le gustaran
las cosas del campo, ambos se interesaban de tal modo en la charla, que se olvidaban de
su común mujer, amodorrada en el sofá. También Laurine se adormilaba, ya sobre las
rodillas de su padre, ya sobre las de Bel Ami. Y cuando el periodista se marchaba, el
señor de Marelle decía siempre, con el tono doctoral que empleaba para las cosas más
insignificantes.
–Me gusta, me gusta ese muchacho. Tiene un espíritu muy cultivado.
Febrero tocaba a su fin. Por las mañana, los carritos de los vendedores de flores
esparcían ya olor a violetas. Ninguna nube ensombrecía el cielo de Duroy. Ahora bien,
una noche, al entrar en su casa, encontró una carta que habían echado por debajo de la
puerta. Miró el matasellos, que decía: Cannes. Rasgó el sobre y leyó:
«Cannes, Villa Julia.
Muy señor mío y querido amigo: ¿No es verdad que en cierta ocasión me dijo que
podía contar con usted en cualquier momento y para todo? Pues bien: tengo que
pedirle un favor, ¡y que favor!: que venga usted a asistirme, que no me deje sola en los
últimos momentos de Charles, que se muere. Aunque todavía se levanta, acaso no pase
de esta semana, según me ha prevenido el médico.
«No tengo fuerzas ni valor para presenciar sola, día y noche, esta agonía. Pienso
con terror en los últimos momentos, que ya se acercan. En estas circunstancias, sólo a
usted puedo acudir, porque mi marido no tiene familia. Usted ha sido su camarada, él
le abrió las puertas del periódico. Venga, se lo suplico. No tengo a nadie a quien
llamar.
«Es suya afectísima amiga,
Madeleine Forestier.»
Una singular sensación oreó, como una bocanada, el corazón de George: era una
sensación de libertad, como si un inmenso espacio se abriese ante él. «¡Claro que iré!–se
dijo–. ¡Ese pobre Charles!... Al fin y al cabo, todos seguiremos el mismo camino.»
El director, a quien enseñó la carta de la joven esposa, le dio, gruñendo, la licencia
que solicitaba.
–Pero vuelva pronto –le dijo–. Nos es usted indispensable.
George Duroy partió para Cannes el día siguiente, en el rápido de las siete,
después de haber avisado a los señores de Marelle por medio de un continental.
Llegó al otro día, a las cuatro de la tarde.
El mandadero le acompañó a Villa Julia, edificada en el bosque de abetos, poblado
de blancas casitas, que va desde Cannes hasta el golfo Juan.
La vivienda era pequeña, baja, de estilo italiano, y estaba al borde de la carretera
que sube en zigzag, entre árboles, y ofrece a cada revuelta admirables puntos de vista.
El criado abrió la puerta.
–¡Ah, caballero! –dijo–- La señora le espera a usted con mucha impaciencia.
Duroy preguntó:
–¿Cómo está el señor?
–¡Oh! nada bien, caballero. Tiene para poco tiempo.
La sala adonde hicieron pasar al joven estaba tapizada de zaraza rosa con dibujos
azules. Desde la ventana, ancha y alta, se veía parte de la ciudad y el mar.
Duroy se dijo: «¡Caramba! Esto está muy bien para una casa de campo. ¿De dónde
diablos sacará el dinero esta gente?»
Al oír rumor de faldas se volvió. La señora Forestier le tendía ambas manos:
–¡Qué amable ha sido usted al venir; qué amable!
Y de repente le abrazó. Ambos se miraron.
Ella estaba un poco pálida, un poco delgada y tal vez más bonita así, con ese
aspecto delicado.
–Es terrible esto –dijo–; sabe que no tiene remedio y me tiene hecha una esclava.
Pero, a todo esto, ¿dónde está su equipaje?
Duroy respondió:
–Lo he dejado en la consigna por no saber que hotel me recomendaría usted para
estar más cerca de su casa.
Al cabo de unos instantes de vacilación, dijo la señora:
–Usted se alojará aquí, en la villa. Su habitación está preparada. Charles puede
morir de un momento a otro, y si esto ocurriese por la noche, me encontraría sola. Voy a
mandar por su equipaje.
–Como usted guste –repuso él, inclinándose.
Y ella:
–Ahora, suba usted conmigo.
La siguió. Ya en el primer piso, la dama abrió una puerta. Tras una ventana,
sentado en un sillón y envuelto en mantas, lívido al rojo resplandor del sol poniente, una
especie de de cadáver miraba fijamente a Duroy. Este apenas pudo reconocerle.
Adivinó, más bien, que era su amigo.
En la alcoba olía a fiebre, a tisana, a éter, a brea. Se respiraba, en fin, esa
atmósfera indefinible y espesa de las habitaciones donde alienta un tuberculoso.
Forestier levantó una mano trabajosa y lentamente.
–Al fin llegaste –dijo–. Vienes a verme morir. Te lo agradezco.
Duroy, con forzada risa, replicó:
–¡A verte morir! No sería un espectáculo muy divertido que digamos, y desde
luego, no escogería semejante ocasión para visitar Cannes. Vengo a darte los buenos
días, y me voy a descansar un rato.
Forestier masculló:
–Siéntate.
Y bajó la cabeza como hundido en desesperados pensamientos.
Su respiración era rápida y entrecortada. A veces, lanzaba una especie de gemido,
como si quisiera recordar a los demás lo enfermo que estaba.
Viendo que no hablaba, su mujer se acercó a la venta, e indicando con la cabeza el
horizonte, dijo:
–Miren ustedes. ¡Qué hermosura! ¿Verdad?
Ante ellos, la costa, sembrada de villas, descendía hasta el pueblo, que se
recostaba en la ribera formando un semicírculo, con la cabeza en el muelle, dominado
por la antigua ciudadela y el viejo torreón que la coronaba, y los pies, a la izquierda, en
la punta de la Croissete, frente a alas islas de Lerins, que semejaban dos pinceladas
verdes en el intenso azul del agua. Se dijera que flotaban como dos inmensas hojas: tan
sin relieve parecían desde lo alto.
Más lejos, al otro lado del golfo y por encima del muelle y del torreón, una larga
cadena de azuladas montañas cerraba el horizonte y dibujaba sobre el fondo de ese cielo
espléndido el pintoresco y encantador perfil de sus cimas, ya redondeadas, ya crespas,
ya puntiagudas, y terminaba en un elevado monte, en forma de pirámide, que hundía sus
pies en el mar.
La señora Forestier dijo, señalándolo:
–Es el Esterel.
Detrás de las cimas, el cielo era rojo, de un rojo sangriento y dorado, que la miada
no podía resistir.
A pesar suyo, Duroy estaba impresionado por la majestad de aquel atardecer. No
hallando término más adecuado para expresar su admiración dijo:
–¡Oh, sí! Es maravilloso.
Forestier alzó la cabeza hacia su mujer y le pidió:
–Deja que entre un poco de aire.
–Ten cuidado –replicó ella–. Ya es tarde; el sol se pone; va a sentir frío. Y ya
sabes que eso no te conviene en tu actual estado.
Charles hizo con la mano un ademán febril y débil, que hubiese querido ser un
puñetazo, y con un gesto de cólera, un gesto de moribundo, que puso de relieve la
delgadez de sus labios, la demacración de sus mejillas y lo saliente de sus huesos,
gruñó:
–Te digo que me ahogo. ¿Qué importa que me muera un día antes o un día
después?
Abrió la ventana de par en par, y entró una bocanada de aire que a los tres les
pareció una caricia. Era una brisa blanda, tibia, apacible; una brisa de primavera,
cargada ya del enervante aroma de los arbustos y las flores que brotan en aquella costa.
Era, en fin, una brisa con fuerte gusto a resina y acre sabor a eucalipto.
Forestier la bebía con aliento entrecortado y febril. Clavó las uñas en los brazos
del sillón, y dijo en voz baja, silbante, rabioso:
–Cierra la ventana. Este aire me sienta mal. Preferiría reventar en una cueva.
Su mujer cerró la ventana lentamente. Luego, con la frente apoyada en el cristal,
miró la lejanía.
Duroy se encontraba violento. Hubiera querido hablar con el enfermo, calmarlo;
pero no se le ocurría nada a propósito para reanimarle. Al fin, balbució:
–¿No te sientes mejor desde que estás aquí?
Forestier se encogió de hombros, y, a un tiempo abrumado e impaciente, contestó:
–Ya lo ves –y bajó de nuevo la cabeza.
Duroy dijo:
–¡Cáspita! Aquí hace un tiempo magnífico, sobre todo si se compara con el que
tenemos en París. Allí todavía estamos en pleno invierno: nieva, hiela, llueve, y a las
tres de la tarde hay que en encender las luces.
–¿No hay novedad en el periódico? –preguntó Forestier.
–Ninguna. Para sustituirte han nombrado a Lacrin, ya sabes, ese muchacho que
estaba en el Voltaire. Pero aún no está madura. Ya va haciendo falta que vuelvas.
–¿Yo? –rezongó el enfermo– ¡Como no vaya a escribir crónicas a seis pies bajo
tierra!
La idea fija volvía a él, como un intermitente toque de campana, reaparecía a
propósito de cualquier cosa, en cada pensamiento, en cada frase...
Siguió un largo silencio, un silencio doloroso y profundo. Las encendidas tintas
del poniente se iban apagando poco a poco; las montañas se iban ennegreciendo sobre el
cielo rojo, que también oscurecía. Una sombra coloreada al principio de la noche, que
aún conservaba rescoldos de la lumbre que se extinguía, entró en la alcoba y parecía
extenderse por los muebles, las paredes, las cortinas y los rincones con tonos sombríos y
purpúreos. El espejo de la chimenea, donde se reflejaba el horizonte, parecía una placa
sangrienta.
La señora Forestier seguía en pie, inmóvil, de espaldas a la habitación y con el
rostro apoyado en la vidriera.
Forestier volvió a hablar, entre accesos y ahogos, con voz que, al oírla, desgarraba
el alma:
–¿Cuántas puestas de sol veré todavía? Ocho..., diez..., quince o veinte... todo lo
más.... Vosotros tenéis mucho tiempo por delante todavía...; pero yo... yo soy cosa
acabada... Y después, todo seguirá lo mismo, como si viviese aún... como si nada
hubiese ocurrido.
Guardó unos minutos de silencio, y luego continuó:
–Cuanto veo me dice que dentro de unos días no lo veré ya... Esto es horrible... No
veré nada, nada de lo que existe...; ni las cosas más usuales. Los vasos..., los platos...,
las camas en que tan bien se descansa..., los coches... ¡Qué agradable es pasear en coche
al atardecer! ¡Cuánto amaba yo todo esto!
Movía, nerviosa y rápidamente, los dedos de ambas manos, como si estuviese
tocando el piano, sobre los brazos del sillón. Sus pausas eran más dolorosas aún que sus
propias palabras, pues dejaban adivinar lo espantoso de sus pensamientos.
De pronto, recordó Duroy lo que Norbert de Varenne le dijera algunas semanas
antes: «Veo la muerte tan cercana, que a veces siento deseos de extender el brazo para
rechazarla. La veo en todas partes. La bestezuela aplastada en la carretera, las hojas que
caen, la cana que aparece en la barba de un amigo me destrozan el corazón y me dicen:
«¡Hela aquí!»
Entonces no había comprendido estas palabras; pero ahora, al ver a Forestier, las
comprendía. Y una angustia desconocida, atroz, se apoderaba de él, como si hubiera
sentido a pocos pasos, en aquel sillón donde su amigo jadeaba, a la odiosa muerte al
alcance de su mano. Le daban ganas de levantarse, de marcharse, de huir de allí y volver
a París inmediatamente. ¡Oh! De haber sabido esto no hubiera venido.
Entre tanto, la noche se había extendido por la estancia, como prematuro luto por
el moribundo. La ventana era lo único que se veía, y en la relativa claridad de su
rectángulo se dibujaba la silueta de la joven esposa.
Forestier preguntó con irritación:
–¡Que! ¿No se enciende hoy la lámpara? ¡Esto se llama cuidar a un enfermo!
La señora que se perfilaba sobre las vidrieras desapareció, y en el resonante
silencio de la casa se oyó vibrar un timbre eléctrico.
Acudió inmediatamente un criado, que puso una lámpara sobre la chimenea. La
señora Forestier preguntó a su marido:
–¿Quieres acostarte o prefieres bajar a cenar?
–Bajaré –repuso él.
Mientras tanto, los tres permanecieron inmóviles una hora más. De cuando en
cuando, alguno de ellos pronunciaba una palabra cualquiera, inútil, trivial, como si
hubiese algún peligro, un peligro misteriosos en prolongar demasiado el silencio, y el
aire fuera a helarse en aquella habitación donde rondaba la muerte.
Por fin, anunciaron la cena, que a Duroy se le hizo larga, interminable. Ninguno
de los tres hablaba. Comían en silencio, desmigajando el pan con las puntas de los
dedos. El criado que servía a la mesa iba y venía sin que se oyesen sus pasos, porque
como el crujir de las suelas excitaba a Charles, el fámulo iba calzado con zapatillas.
Únicamente el tictac de un reloj con caja de madera turbaba la quietud de aquellas
paredes con su movimiento regular y mecánico.
Cuando acabaron de cenar, Duroy, so pretexto de que estaba cansado, se retiró a
su alcoba. Acodado en la ventana, contemplaba la luna llena que, en medio del cielo,
parecía el globo de una lámpara enorme, y proyectaba sobre los blancos muros de las
villas su claridad seca y velada y sembraba en el mar escamas de luz suave y movediza.
George buscaba una razón para marcharse en seguida, e inventaba argucias, telegramas
y llamadas del señor Walter.
Pero cuando a la mañana siguiente despertó, sus propósitos de fuga le parecieron
más difíciles de realizar. La señora Forestier no se dejaría engañar, y él perdería por su
cobardía lo que su abnegación le había hecho ganar. «¡Bah –se dijo–. Esto es aburrido;
pero ¿qué le vamos a hacer! Hay trances desagradables en la vida. Además, esto no
durará mucho.»
El cielo estaba azul, con ese azul del Mediodía que llena el corazón de jubilo.
Duroy dio un paseo hasta el mar, juzgando que aún sería demasiado temprano para
hacer una visita a Forestier.
Cuando entró en el comedor para desayunar, el criado le dijo:
–El señor Forestier ha preguntado por usted dos o tres veces. Si quiere subir al
cuarto de señor...
Subió. Forestier, en el sillón, parecía dormir. Su mujer, echada en el sofá, leía.
El enfermo levantó la cabeza. Duroy le dijo:
–¿Qué tal? ¿Cómo estás? Esta mañana tienes un aspecto magnífico.
El otro respondió:
–Sí, parece que estoy mejor. He recobrado algunas fuerzas. Desayuna de prisa con
Madeleine, para que vayamos a dar una vuelta en coche.
Cuando la señora estuvo sola con Duroy, le dijo:
–Vea usted; hoy se cree fuera de peligro. Desde primera hora está haciendo
proyectos. Ahora vamos al golfo Juan, a comprar una porcelanas para nuestra casa de
París. Se ha empeñado en salir, pero yo tengo horribles temores de que le ocurra algún
accidente en el camino. No podrá resistir el traqueteo del coche.
Cuando el landó hubo llegado, Forestier bajó la escalera paso a paso, sostenido
por su criado. En cuanto vio el carruaje, quiso que bajasen la capota.
Su mujer se resistía:
– Vas a tener frío. Es una locura.
Pero él se obstinaba.
–No. Estoy mucho mejor; bien lo noto.
Tomaron uno de esos umbrosos caminos bordeados de jardines, que dan a Cannes
el aspecto de parque inglés, y salieron luego a la carretera de Antibes, a orillas del mar.
Forestier daba explicaciones acerca del país. Señaló la villa del conde de París y
nombró otras. Estaba alegre, con una alegría obligada, ficticia e inconsistente, de
condenado a muerte. Sin fuerzas para extender el brazo, levantaba solamente un dedo.
–Ahí tienes la isla de Santa Margarita y el castillo de donde se evadió Bazaine.
¡Buena guerra nos dio este asunto!
Evocó luego recuerdos de su vida militar y nombró a algunos oficiales que a
ambos les traían a la memoria sabrosas historietas.
De pronto, en una revuelta del camino, divisaron el golfo Juan, con el blanco
pueblecito al fondo y la punta de Antibes al otro extremo. Forestier, acometido de un a
modo de júbilo infantil, exclamó:
–¡Ah, la escuadra! ¡Vamos a ver la escuadra!
En el centro de la vasta bahía se veían, efectivamente, hasta media docena de
navíos de gran porte, que parecían rocas cubiertas de ramaje. Tenían formas extrañas, y
eran de formas enormes, con sus excrecencias de torres y espolones, que se hundían en
el agua como si quieran echar raíces en el mar.
No se comprendía que aquellas moles pudieran moverse, agitarse. Tan pesadas
parecían y tan ahincadas en el fondo. Una batería flotante, circular, alta, en forma de
observatorio, se asemejaba a esos faros que se construyen sobre escollos.
Un buque de tres mástiles pasó cerca de ellos, mar adentro, con sus blancas velas
alegremente desplegadas. Resultaba lindo y gracioso, al lado de aquellos monstruos de
guerra, de aquellos monstruos de hierro, de aquellos feos monstruos asentados sobre el
Océano.
Forestier se esforzaba por reconocerlos.
–El Colbert –decía–, el Souffren, el Almiral Duperré, el Rédoutable, el
Dévastation.
Pero luego confesaba:
–No, me he equivocado; el Dévastation es aquel otro.
Llegaron a un gran pabellón sobre cuya punta se leía «Porcelanas artísticas del
golfo Juan». El carruaje dio la vuelta alrededor de una alfombra de césped.
Forestier quería comprar dos jarrones para su biblioteca. Como apenas tenía
furerzas para bajar del coche, le llevaron allí, uno tras otro, varios modelos. Estuvo
largo rato examinándolos, antes de elegir, y consultar a su mujer y a Duroy:
–Este, ¿sabes?, es para el mueble que está en el fondo del despacho. Desde mi
sillón, lo tendré siempre ante los ojos. Quiero una cosa de forma antigua, de forma
griega.
Contemplaba atentamente las muestras, les daba mil vueltas y se hacía llevar otras,
para coger nuevamente las primeras. Por fin, se decidió. Y luego que hubo pagado su
compra, exigió que se las enviaran en seguida.
–Regreso a París dentro de unos días –dijo.
Cuando volvían rodeando el golfo, una corriente de aire frío envolvió el coche, y
el enfermo empezó a toser.
Al principio no fue nada: un pequeño acceso. Pero luego fue aumentando hasta
convertirse en un ataque ininterrumpido. Y luego, una especie de hipo, un estertor.
Forestier se ahogaba, y cada vez que intentaba respirar, la tos que le salía desde el
fondo del pecho le desgarraba la garganta. Nada podía calmarlo, nada podía
apaciguarlo. Hubo que llevarlo desde el landó hasta su alcoba, y Duroy, que le sostenía
las piernas, sentía las sacudidas de los pies a cada convulsión de los pulmones.
El calor del lecho no contuvo el acceso que duró hasta medianoche. Al fin,
algunos calmantes amortiguaron los mortales espasmos de la tos. Y el enfermo
permaneció, hasta que apuntó el día, sentado en la cama y con los ojos abiertos.
Las primeras palabras que pronunció fueron para pedir que avisaran al barbero,
pues estaba acostumbrado a afeitarse a diario. Se levantó para esta operación de aseo,
pero fue preciso volverlo a acostar, inmediatamente. Sus respiración se hizo tan
fatigosa, dificultosa y penosa, que su mujer, aterrada, ordenó que se despertase a Duroy,
que acababa de acostarse, para que fuera en busca del médico.
George volvió en seguida con el doctor Gayaut, quien recetó un brebaje e hizo
algunas indicaciones. Como el periodista lo acompañase hasta la puerta para pedirle su
parecer, dijo:
–Esto es la agonía. Mañana pro la mañana habrá muerto. Prepare usted a esa pobre
mujer y avisen a un sacerdote. Yo nada tengo ya que hacer. Sin embargo, estoy a la
disposición de ustedes.
Duroy hizo que llamasen a la señora de Forestier, y le dijo:
–Su marido va a morir. El doctor aconseja que se avise a un sacerdote. ¿Qué
quiere hacer usted?
Ella vaciló un breve rato y, al fin, dijo lentamente y como quien todo lo tiene ya
calculado:
–Sí. Será lo mejor... por muchas razones... Voy a prepararlo. Le diré que el cura
desea verle... no sé qué, en fin... Sería usted tan amable si quisiera ir a buscar un cura y
escogerlo. Procure usted traer uno que no nos venga con demasiadas gazmoñerías, que
se contente con la confesión y deje lo demás de nuestra cuenta.
El joven llevó a un eclesiástico anciano y complaciente, que se hizo cargo de la
situación. Cuando entró en la alcoba del agonizante, la esposa de éste salió y se sentó
con Duroy en la habitación contigua.
–Esto le agitará mucho –dijo–- Cuando le he hablado de un sacerdote, su rostro ha
tomado una expresión espantosa, como... como si hubiese sentido... sentido... un soplo,
¿sabe usted? Ha comprendido que todo ha terminado, que tiene las horas contadas, en
fin.
Estaba muy pálida.
–Jamás –continuó–, jamás podré olvidar esa expresión. Estoy segura de que en ese
momento ha visto a la muerte. Sí, la ha visto.
Desde allí oían al padre, que, por ser algo sordo, hablaba un poco alto, y decía:
–No, no... No está usted tan malo como cree. Está usted, sí, enfermo, pero de
ninguna manera en peligro. La prueba es que vengo a verle a usted como amigo, como
vecino.
No pudieron oír lo que Forestier respondía en voz baja.
El anciano continuó:
–No, no le daré a usted la comunión. De eso, ya hablaremos cuando esté mejor. Si
quiere usted aprovechar mi visita para confesar, pongo por caso, nada más le pido. Yo
soy un pastor y siempre que se me ofrece ocasión, procuro rescatar a mis ovejas.
Un largo suspiro siguió a estas palabras. Forestier debía de hablar con su voz
jadeante y su timbre.
De pronto, el sacerdote dijo en tono diferente, en tono de oficiante en el altar:
–La misericordia de Dios es infinita. Recite el Confiteor, hijo mío. .. Acaso lo
haya usted olvidado. Voy a ayudarle. Repita usted conmigo: Confiteor Deu
comnipotent... Beatae Mariae sempre virgini...
Se detenía de vez en cuando para que el moribundo pudiera seguirlo. Después
dijo:
–Ahora... confiésese usted.
La joven esposa y Duroy no se movían, sobrecogidos por una emoción singular,
en la ansiedad de la espera.
El enfermo había musitado algo. El cura repitió:
–Ha tenido usted complacencias culpables... ¿De qué naturaleza, hijo mío?
La señora Forestier se levantó y dijo:
–Vamos al jardín. No debemos escuchar sus secretos.
Fueron, en efecto, a sentarse en un banco., frente a la puerta, bajo un rosal
florecido y tras una mata de claveles que esparcía en el aire puro su suave y penetrante
perfume.
Al cabo de unos minutos de silencio, preguntó Duroy:
–¿Tardará usted mucho en volver a París?
–¡Oh, no! –repuso ella–. En cuanto todo haya terminado, volveré.
–¿Dentro de diez días?
–Sí. Todo lo más.
George dijo luego:
–¿No tiene Charles ningún pariente?
–Ninguno, salvo unos primos... Sus padres murieron cuando aún era muy niño.
Ambos contemplaron a una mariposa que buscaba su sustento en los claveles. Iba
de uno en otro, con rápido aleteo, que todavía continuaba, aunque ya lentamente,
cuando el insecto se posaba en la flor. Quedaron largo tiempo silenciosos.
El criado vino a anunciarles que «el señor cura había terminado». Subieron juntos.
Forestier parecía haber adelgazado aún más desde la víspera. El sacerdote le tenía
cogida una mano.
–Hasta la vista, hijo mío –le dijo–- Volveré mañana por la mañana –y se fue.
Cuando hubo salido, el moribundo intentó alzar ambas manos hacia su mujer y
tartamudeó:
–Sálvame... sálvame... querida... No quiero morir..., no quiero morir... ¡Oh!
Salvadme, salvadme... Decidme lo que hay que hacer; id a avisar al médico... Tomaré
todo lo que me den. No quiero, no quiero...
Lloraba. De sus ojos se desprendían gruesas lágrimas que se deslizaban por las
descarnadas mejillas, y las delgadas comisuras de sus labios se plegaban como en los
niños cuando tienen algún disgusto.
Sus manos, que habían vuelto a caer sobre el lecho, comenzaron a moverse, como
si quisiesen recoger algo que había sobre las ropas.
Su mujer, que también se había echado a llorar, balbució:
–No... Eso no es nada... Una crisis... Mañana estarás mejor... El paseo de ayer te
cansó un poco.
La respiración de Forestier era tan rápida como la de un perro después de la
carrera, tan apresurada, que no se podía seguir su ritmo, y tan débil que apenas se la oía.
–¡No quiero morir! –repetía–. ¡Oh Dios mío!...¡Dios mío!... ¡Dios mío!... Ya no
veré nada... nada..., jamás... ¡Oh Dios mío!...
Miraba ante sí, como si contemplase algo invisible para los demás y odioso, cuyo
espanto se reflejaba en sus ojos. Sus manos continuaban su lenta y fatigosa tarea.
De pronto, un brusco entumecimiento recorrió su cuerpo, de pies a cabeza.
Musitó:
–¡El cementerio... yo... Dios mío!...
Ya no habló más. Permaneció inmóvil, sombrío, jadeante.
Pasó algún tiempo. El reloj de un convento vecino dio las doce. Duroy salió de la
alcoba para comer alguna cosa. Volvió una hora después. La señora Forestier no quiso
probar bocado. El enfermo se movía. Sus esqueléticos dedos seguían cogiendo la ropa
como si quisiera cubrirse con ella la cara.
La joven esposa estaba sentada en un sillón, al pie del lecho. Duroy arrastró otro a
su lado y ambos esperaron en silencio. Una enfermera, enviada por el médico,
dormitaba junto a la ventana.
El propio Duroy empezaba a amodorrarse, cuando tuvo la sensación de que algo
sobrevenía. Abrió los ojos con el tiempo preciso para ver a Forestier cerrar los suyos,
como dos luces que se pagan. Un breve espasmo agitó su garganta, y dos hilillos de
sangre brotaron de las comisuras de sus labios y se deslizaron hasta su camisa. Las
manos cesaron en su horrible paseo.
Había exhalado su último aliento.
Su mujer lo comprendió y, dando un grito, cayó de rodillas, con el rostro hundido
en las ropas del lecho. George, sorprendido y aterrado, hizo maquinalmente la señal de
la cruz. La enfermera que se había despertado, se acercó al lecho.
–Todo ha concluido –dijo.
Y Duroy, que iba recobrando su sangre fría, murmuró, dando un suspiro de alivio:
–Esto ha durado menos de lo que yo creía.
Pasaba los primeros momentos de estupor y secas ya las primeras lágrimas, hubo
de pensar en los cuidados y diligencia que reclama un muerto. Duroy se encargó de
todo, y ello lo ocupó hasta la noche.
Al volver, tenía mucha hambre. La señora Forestier comió cualquier cosa.
Después, ambos se instalaron en la alcoba mortuoria para velar el cadáver.
Sobre la mesilla de noche ardían dos velas a los lados de un plato, donde, en un
poco de agua, nadaba una rama de mimosa, por no haber sido posible encontrar la de
boj, que se usa en estos casos.
Los dos jóvenes estaban solos, junto al que ya no existía. Permanecieron sin
hablar, pensativos y mirándolo.
George, sobre todo, a quien la sombra de aquel cadáver inquietaba, lo
contemplaba obstinadamente. Sus ojos y su alma, atraídos, fascinados por aquel rostro
demacrado, que la vacilante luz de las bujías hacia parecer aún más demacrado, estaban
fijos en él. ¡Allí estaba su amigo, Charles Forestier, que todavía ayer le hablaba! ¡Qué
extraña y aterradora cosa es el completo fin y acabamiento de un ser! ¡Oh! Ahora
recordaba las palabras de Norbert de Varenne, acuciado por el temor a la muerte:
«Jamás renace un ser. Nacerían millones, miles de millones, casi iguales uno a otro, con
ojos, nariz, boca, cráneo y dentro de éste el pensamiento, sin que en nada de esto
reviviera jamás algo del que yacía en el lecho.
Durante unos cuantos años, había vivido, comido, reído, amado, esperando, como
todo el mundo. Y ahora todo había acabado para él, acabado para siempre. ¡Una vida!
Unos días, y después nada. Se nace, se crece, se es feliz, se espera y, al cabo, se muere.
¡Adiós! Hombre o mujer, nunca volverá. Y, sin embargo, cada uno de nosotros lleva en
sí un ardiente e irrealizable deseo de eternidad; cada uno lleva en sí una especie de
universo dentro del universo y no tarda en desaparecer en el pudridero de los nuevos
gérmenes. Las plantas, los animales, los hombres, las estrellas los mundos, todo se
anima y muere luego para transformase. ¡Jamás un ser, hombre o planeta, revive
intacto!.
Un terror vago, inmenso, aplastante, se apoderó del alma de Duroy: el terror a
aquella nada sin límites, que destruía indefinidamente todas las existencias, tan breves y
tan míseras. Y bajo su amenaza, poblada ya la frente. Pensaba en las moscas, que viven
algunas horas; en los hombres, que viven algunos años; en las tierras, que viven algunos
siglos. ¿Qué diferencia hay entre unos y otros? Algunas auroras más; eso es todo.
Desvió los ojos del cadáver para no verlo.
La señora Forestier, con la cabeza baja, parecía también sumida en dolorosos
pensamientos. Alrededor del rostro, los rubios cabellos se mostraban tan bellos, que una
sensación dulce como una esperanza que va a realizarse pasó por el corazón del joven.
¿Por qué desolarse cuando aún le quedaban tantos años por delante?
Se puso a contemplarla; pero ella, sumida en su meditación, no lo veía. «He aquí –
se dijo George– lo único bueno de la vida: el amor. ¡Tener en los brazos a la mujer
amada! Este es el límite de la dicha humana.»
¡Qué suerte había tenido el que acababa de morir al encontrar aquella compañera
tan inteligente y tan deliciosa! ¿Cómo se habían conocido? ¿Cómo había ella consentido
en casarse con un muchacho vulgar y pobre?¿ Cómo se las había arreglado para hacer
algo de él?
Pensó, entonces, en el misterio que se oculta bajo toda existencia. Se acordó de lo
que se murmuraba del conde de Vaucrec, que la había dotado y casado, según se decía.
¿Qué haría ahora? ¿Con quién se casaría? ¿Con un diputado como creía la señora
de Marelle o con un mozo de porvenir, con un Forestier de más valía? ¿Tendría ya sus
proyectos, sus planes, sus ideas? ¡Cómo le hubiese gustado saberlo! Pero ¿a qué venía
este preocuparse por lo que ella pudiera hacer? Al preguntárselo, se dio cuenta de que su
desazón provenía de uno de esos pensamiento confusos, secretos, que uno se oculta a si
mismo, y que solamente se descubren cuando se sondea el propio fondo.
Si, ¿por qué no había de intentar él esta conquista? ¡Qué fuerte se sentiría con ella
al lado, qué temible! ¡qué de prisa podría ir, que lejos, y con qué seguro paso!
Y ¿por qué no había de triunfar? Bien sabía él que a ella le gustaba, que sentía por
él algo más que simpatía, uno de esos afectos que nacen entre criaturas afines, y que
tienen tanto de seducción recíproca como de tácita complicidad. Lo sabía inteligente,
resulto, tenaz. Podía tener fe en él.
¿No había acudido a él en aquellas graves circunstancias? ¿Por qué le había
llamado? ¿No debía ver él en aquello una especie de elección, una especie de
designación? Si Madeleine le había llamado precismante cuando se iba a quedar viuda,
¿no sería porque pensaba en el que podría ser su nuevo compañero y aliado?
Le asaltó un deseo impaciente de saber, de interrogar, de conocer sus intenciones.
Tenía que marcharse al día siguiente, pues no podía permanecer en aquella casa, a solas
con una mujer joven. Había, pues, que apresurarse; era necesario, antes de volver a
París, averiguar con destreza, con delicadeza, y no dejarla pensar de nuevo en las
pretensiones de otro, ceder, acaso, a ellas, para no poder luego retroceder.
En la habitación reinaba profundo silencio. Sólo se oía el péndulo del reloj, que,
sobre la chimenea, latía con su metálico y monótono tic tac.
George murmuró:
–Debe usted estar muy fatigada.
–Sí –repuso la viuda–: pero, sobre todo, me encuentro abrumada.
En aquel siniestro aposento, sus voces tenían un timbre extraño, que los asombró.
Ambos miraron al muerto, como si esperasen verle mover, oírle hablar con ellos, como
hiciera algunas horas antes.
Duroy añadió:
–¡Oh! Es un terrible golpe para usted, un cambio radical en su vida, una verdadera
revolución en su corazón y en su existencia.
Ella, sin responder, lanzó un largo suspiro.
George continuó:
–¡Es tan triste para una mujer joven encontrarse tan sola como usted va a estarlo!
Calló, y tampoco ahora Madeleine dijo nada. Duroy musitó, al fin:
–De todas maneras ya sabe usted el pacto acordado entre nosotros. Puede disponer
de mí como guste. Le pertenezco.
Ella le alargó las manos y le dirigió una de esas miradas dulces y melancólicas que
nos penetran hasta la médula de los huesos.
–Gracias –dijo–. Es usted muy bueno, excelente. Si yo me atreviese y significara
algo para usted, también le diría: «Cuente conmigo».
El había tomado la mano que le ofreciera y la retenía entre las suyas, con ardiente
deseo de besarla. Se decidió al fin, y aproximándola lentamente ala boca, rozó, por largo
tiempo, con sus labios la piel fina, un poco ardorosa y febril.
Cuando comprendió que aquella amistosa caricia se prolongaba demasiado, soltó
la manita, que fue a posarse blandamente sobre una rodilla de la joven viuda, quien
manifestó:
–¡Oh, sí! Voy a encontrarme muy sola, pero procuraré tener valor.
George no sabía cómo hacerle comprender que se consideraba feliz, muy feliz con
tomarla a su vez por esposa. Claro que no que aquel momento, ni en aquel lugar, ni en
aquella ocasión podía decírselo. Podía, en cambio, a su juicio, hallar una de esas frases
ambiguas, oportunas y complicadas en que cada palabra encierra un sentido oculto, y
que, con calculadas reticencias, expresa cuanto se quiere.
Pero el cadáver, aquel cadáver rígido, tendido ante ellos, y que yacía entre ellos, le
cohibía. Por otra parte, hacía ya algún tiempo que notaba, en el viciado aire de la pieza,
un olor sospechoso, un hálito pútrido, que provenía de aquel pecho en descomposición.
El primer efluvio de la carroña que los pobres muertos lanzan a los parientes que los
velan, horrible efluvio con que llenan la oquedad de su féretro.
Duroy preguntó:
–¿No se podría abrir un poco la ventana? Me parece que la atmósfera está
corrompida.
–Claro que sí –respondió ella–. También yo acababa de darme cuenta.
George fue hacia la ventana y la abrió. Todo el perfumado frescor de la noche
entró en la habitación, haciendo vacilar la llama de las dos velas que ardían junto al
lecho. Como la noche anterior, la luna derramaba su luz clara y serena sobre las tapias
blancas de las villas y sobre la inmensa y brillante superficie del mar. Duroy, respirando
aquel aire a pleno pulmón, se sintió asaltado por una súbita esperanza, y como
soliviantado por la turbadora proximidad de la dicha, dirigiéndose a Madeleine, le
preguntó:
–¿Quiere usted tomar un poco el fresco? Hace un tiempo admirable.
Asintió ella con naturalidad y fue a acodarse en la ventana, al lado de Duroy.
Entonces, George dijo, en voz baja, como un susurro:
–Escúcheme usted y fíjese bien en lo que voy a decirle. No se indigne, sobre todo,
porque le hable de ciertas cosas en estos momentos, pero mañana debo marcharme, y
cuando volvamos a vernos en París, quizás fuera ya demasiado tarde. Escuche: no soy
más que un pobre diablo sin fortuna, y cuya carrera, como usted sabe, está por hacer.
Pero tengo voluntad, alguna inteligencia, según creo, y estoy en camino, en buen
camino. Con un hombre que ya tiene una posición se sabe lo que se toma; con un
hombre que empieza, no se sabe adónde podrá llegar. Tanto mejor o tanto peor, según
los casos. En fin, ya cierto día, en su casa, le dije que mi sueño más preciado hubiera
sido casarme con una mujer como usted. Hoy le reitero este deseo... No me interrumpa:
déjeme continuar. No es una petición lo que ahora le dirijo. El lugar y el instante la
harían odiosa. Pretendo, tan sólo, no dejarla ignorar que puede usted hacerme feliz con
una sola palabra, que puede tomarme por amigo fraternal o por marido, que mi corazón
y mi persona entera son suyos. No quiero que me responda usted ahora; no quiero que
aquí hablemos de esto. Cuando volvamos a vernos en París, me hará usted saber lo que
ha resuelto. Hasta entonces, ni una palabra, ¿no es eso?
Había manifestado todo esto sin mirarla, como si hubiese sembrado sus palabras
en la noche que ante sí tenía. Ella parecía no haberle oído; tan inmóvil permanecía,
clavando también una mirada fija y vaga en la pálida extensión del paisaje, iluminado
por la luna.
Permanecieron así largo rato, uno junto a otro, codo con codo, silenciosos y
tristemente meditativos.
Al fin, la viuda murmuró:
–Hace algo de frío.
Y separándose de la ventana, se acercó al lecho. George la siguió. Al aproximarse,
advirtió que comenzaba, en efecto, a heder, y alejó de allí su butaca, porque no hubiera
podido resistir aquel olor a podredumbre.
–Habrá que encerrarle en el ataúd a primera hora –dijo.
–Sí, sí –respondió ella–; ya está eso arreglado. El carpintero vendrá a las ocho.
Y como Duroy suspiraba «¡Pobre muchacho!», Madeleine lanzó, a su vez, otro
largo suspiro de dolorosa resignación.
Desde entonces, miraron menos al muerto, hechos ya a la idea de su presencia, y
como si comenzaran a consentir mentalmente en aquella desaparición que momentos
antes les sublevaba e indignaba en su condición de mortales.
No hablaron más y velaron al muerto, como es debido, sin dormirse. A
medianoche, sin embargo, Duroy fue el primero en adormilarse. Cuando se despertó vio
que la señora Forestier dormitaba asimismo, y, tomando una postura más cómoda,
volvió a cerrar los ojos, farfullando: «¡Caramba! ¡A pesar de todo, se está mejor en la
cama!»
Un ruido súbito le hizo estremecerse: era la enfermera, que entraba. Ya era
completamente de día. La viuda, en la butaca de enfrente, parecía igualmente
sorprendida. Estaba un poco pálida, pero siempre bonita, fresca, gentil, a pesar de
aquella noche pasada en una silla.
George miró el cadáver y se estremeció de nuevo:
–¡Oh, como le ha crecido la barba! –exclamó, sorprendido.
En unas horas, efectivamente, la barba del difunto había crecido sobre aquella
carne que se descomponía, tanto como en unos días pudiera crecer en un rostro vivo.
Aterrándose ambos con aquel vestigio de vida que continuaba después de la muerte,
como ante un odiosos prodigio, ante una amenaza sobrenatural de resurrección, ante uno
de esos hechos anormales y espantosos que trastornan y confunden la inteligencia.
Se retiraron ambos a descansar hasta las once. Entonces, contemplaron a Charles
en su féretro y se sintieron aliviados, tranquilizados. Se sentaron después a almorzar,
uno frente a otro, con renovado deseo de hablar de cosas consoladoras, alegres, de
entrar nuevamente en la vida, ya que habían terminado con la muerte.
Por la ventana, abierta de par en par, entraba el suave calor de la primavera, y con
él el perfumado aliento de la mata de claveles que florecía ante la puerta.
La señora Forestier propuso a Duroy que diesen una vuelta por el jardín. Echaron
a andar despacio, rodeando el blando césped y respirando con delicia el tibio aire,
cargado de olor a pinos y eucaliptos.
De pronto, ella, sin volver la cabeza hacia su compañero, lo mismo que hiciera la
noche anterior allá arriba, le habló, pronunciando lentamente las palabras y en voz baja
y suave:
–Escuche usted, mi querido amigo: he reflexionado mucho... ya... sobre lo que
usted me ha propuesto, y no quiero dejarlo marchar sin responderle una palabra. No le
digo a usted ni sí, ni no. Esperaremos, veremos, nos conoceremos mejor. Piénselo
también por su parte. No se deje llevar de un fácil arrebato. Pero si le hablo de esto,
antes incluso de que el pobre Charles haya recibido sepultura, es porque me importa,
después de lo que usted me ha dicho, que sepa bien lo que yo soy, a fin de que no siga
alimentando la idea que me ha expuesto si no tiene usted un.... un... carácter a propósito
para comprenderme y soportarme. Compréndame bien: el matrimonio, para mí, no es
una cadena, sino una asociación. Yo me propongo ser siempre dueña de mis actos, hacer
esto o lo otro, salir y entrar cuando me convenga. No podría tolerar ni vigilancia, ni
celos, ni discusión sobre mi conducta. Me comprometería, desde luego, a no poner en
evidencia el apellido del hombre con quien me casase, a no hacer de éste un tipo
odiosos o ridículo; pero sería preciso que este hombre se comprometiese, igualmente, a
ver en mí una igual, no una inferior ni una esposa obediente y sumisa. Bien sé que mis
ideas no son las corrientes, pero no las cambiaría por otras. Ya lo sabe usted. He de
añadir que no me conteste. Sería inútil e inconveniente. Ya nos volveremos a ver, y
entonces, quizás, volvamos a hablar de todo esto. Y, ahora, váyase a dar una vuelta. Yo
me vuelvo al lado del difunto.
George le besó largamente la mano y se fue sin decir palabra.
Por la noche no se vieron sino a la hora de cenar. Luego subieron a sus respectivas
alcobas, pues estaban rendidos de cansancio.
Charles Forestier fue enterrado al día siguiente, sin pompa alguna, en el
cementerio de Cannes. George Duroy se marchó en el rápido de París, que pasa a la una
y media.
La señora Forestier le acompañó a la estación. Ambos se pasearon tranquilamente
por el andén, en espera de la hora de la partida, hablando de cosas indiferentes.
Llegó el tren, que era muy corto, un verdadero rápido, con solo cinco vagones.
El periodista eligió su sitio y bajó nuevamente al andén para hablar unos minutos
más con Madeleine. Cuando se separaron, experimentó una repentina tristeza, un
disgusto, un pesar violento, como si fuese a perderla para siempre.
Un empleado gritaba:
–¡Señores viajeros para Marsella, Lyón, París, al tren!
Duroy subió y se asomó a la ventanilla para hablar todavía unos instantes. Silbó la
locomotora y el convoy arrancó lentamente.
El joven, con el busto fuera del vagón miraba a la viudita, que inmóvil en el
andén, lo seguía, a su vez, con los ojos. De pronto, y cuando ya iba a perderla de vista,
se llevó ambos manos a la boca y le envió un beso.
Ella se lo devolvió con ademán más discreto, vacilante, insinuado apenas.

lunes, 5 de octubre de 2009

CAPÍTULO Nº 7


La ausencia de Charles aumentó la importancia de Duroy en la Redacción de La
Vie Française. Firmó algunos artículos de fondo, además de sus Ecos, porque el
propietario del periódico quería que cada cual afrontase la responsabilidad de sus
escritos. Mantuvo varias polémicas, de las que logró salir airoso, y sus constantes
relaciones con los hombres de Estado le fueron preparando para ser, a su debido tiempo,
un redactor político hábil y perspicaz.
En su horizonte no veía más que una nube. Provenía de cierto periodiquillo
desvergonzado que le atacaba constantemente, o, mejor dicho, atacaba en él al jefe de
los Ecos de La Vie Française, al jefe de los Ecos, con sorpresa del señor Walter, como
decía el anónimo redactor de aquella hoja, que se titulaba La Plume. Era una sucesión
diaria de insidia, de mordacidades, de insinuaciones de toda índole.
Jacques Rival dijo un día a Duroy:
–Tiene usted demasiada paciencia.
El otro balbució:
–¿Qué quiere usted? No hay ataque directo.
Pero una tarde, cuando entró en la Redacción, Boisrenard le alargó el último
número de La Plume.
–Tome; aquí hay algo molesto para usted.
–¡Ah! ¿Sí? ¿De qué se trata?
–De nada, en realidad. De la detención de una tal señora de Aubert por un agente
de la brigada social.
George tomó el periódico que le ofrecían y, bajo el título «Duroy se divierte»,
leyó:
«El ilustre reportero de La Vie Française nos dice hoy que la señora de Aubert,
cuya detención por la odiosa brigada social habíamos anunciado, no ha sido detenida
más que en nuestra imaginación. Ahora bien: dicha señora vive en Montmartre, calle de
l’Ecureuir, 18. Conocemos demasiado, desde luego, el interés o los intereses que
pueden mover a los agentes de la Banca Walter a ayudar a los de la Prefectura de
Policía que toleran su comercio. En cuanto al reportero de que se trata, haría mejor en
darnos alguna de esas noticias adicionales cuyo secreto posee: noticias de muertes
desmentidas al siguiente día; noticias de batallas que no se han reñido; anuncios de
declaraciones hechas por soberanos que no han dicho «esta boca es mía», todas sus
informaciones, en fin, que constituyen el capítulo de los «Beneficios Walter», e incluso
alguna de esas pequeñas indiscreciones sobre las fiestas de las damas conocidas o sobre
la excelencia de ciertos productos, que son el gran recurso de algunos de nuestros
colegas.»
El joven se quedó más bien confuso que irritado. Únicamente comprendía que en
el fondo de todo aquello había algo muy desagradable y malintencionado.
Boisrenard le preguntó.
–¿Quién le ha dado a usted ese eco?
Duroy registraba en vano su memoria. De pronto le acudió el recuerdo:
–¡Ah, sí! Fue Saint-Potin.
Después releyó las líneas de La Plume, y enrojeció de súbito, indignado por la
acusación de venalidad.
–¡Cómo! ¿Se atreven a insinuar que yo he recibido dinero de...?
Boisrenard le interrumpió:
–Sí, ¡qué demonio! Esto puede ser perjudicial para usted. El jefe está siempre ojo
avizor en esta materia. Podría darse el caso tan frecuentemente en los Ecos...
En aquel preciso momento entró Saint-Potin. Duroy corrió hacia él:
–¿Ha visto usted el suelto de La Plume?
–Sí. Vengo de casa de la Aubert. Vive allí, en efecto; pero no ha sido detenida.
Ese rumor carece de fundamento.
Al oír esto, Duroy se precipitó en el despacho del director, a quien encontró un
poco frío y receloso. Después de escuchar el caso, respondió:
–Vaya usted mismo a casa de esa señora y desmienta la noticia, de suerte que no
se vuelvan a escribir tales cosas de usted. Téngalo en cuenta para lo sucesivo; esto es
muy desagradable para el periódico, para mí y para usted. Como la mujer del César, un
periodista nunca debe infundir sospechas.
Duroy, con Saint-Potin por asesor, tomó un coche y le dijo al cochero:
–Calle de l’Ecureuil, dieciocho, en Montmartre.
Era una casa inmensa. Tuvieron que subir al sexto piso. Una vieja, que vestía una
chambra de lana, les abrió la puerta.
–¿Qué desean? –preguntó al ver a Saint-Potin.
Este respondió:
–Aquí le traigo a usted a este caballero, que es inspector de Policía, y quiere
enterarse de su asunto.
Ella los hizo entrar, diciendo:
–Ni más que marcharse usté vinieron otros dos pa no sé qué papel.
Luego, volviéndose a Duroy, continuó:
–¿Aquí es el caballero que quiere saber?...
–Sí. Vamos a ver. ¿Ha sido usted detenida alguna vez por agentes de la brigada
social?
La anciana alzó los brazos.
–En jamás de los jamases, buen señor; en jamás de los jamases –dijo–. La cosa
pasó así: yo tengo un carnicero que da buen género, pero mal en cuanto al peso...
¡Vamos, que no! Yo me di cuenta hace ya tiempo, pero nunca le dije na. Sólo que un
día fui y le pedí dos libras de chuletas, porque somos tres, ¿sabe usted? con mi hija y mi
yerno. Y él fue y echó unos huesos, que sí que eran chuletas, pero no de las mías. Con
eso tenía para hacer un guisao, es verdad; pero cuando yo había pedido las chuletas no
era pa que me dieran las sobras de los otros. Yo no quise aquello y él fue y me llamó tía
bruja y yo a él tío ladrón. Total: que se enredó la madeja y se armó la de Dios es Cristo,
de modo y manera que se juntaron más de cien personas a la puerta de la tienda y se
reían, se reían... hasta que llegó un agente y nos llevó a la Comisaría, donde nos soltaron
de seguida. Desde entonces, no compro allí, ni tan siquiera he vuelto a pasar por la
puerta, pa evitar jaleos.
Se calló la vieja, y Duroy preguntó:
–¿Eso es todo?
–La verdá pura, buen señor.
Le ofreció luego un refresco de grosella, que Duroy no quiso aceptar. La anciana
insistió en que la información se hablaba de las faltas de peso en que incurría el
carnicero.
De vuelta en el periódico, Duroy redactó la siguiente nota:
«Un escritorzuelo anónimo de La Plume se ha arrancado una para buscarme
querella a propósito de una anciana que, según él había sido detenida por un agente de
la brigada social, cosa que yo niego. He visto con mis propios ojos a la señora Aubert,
que me ha contado, con todo género de detalles, su disputa con un carnicero acerca del
peso de unas chuletas, lo que hizo que ambos fuesen llevados a la Comisaría. Esta es la
verdad de lo ocurrido.
«En cuando a las demás insinuaciones del redactor de La Plume, las desprecio.
Cuando tales cosas se escriben sin dar la cara, no merecen respuesta.
George Duroy»
El señor Walter y Jacques Rival, que acaban de llegar, opinaron que este suelto era
suficiente, y se acordó publicarlo aquel mismo día, a continuación de los Ecos.
Duroy llegó a su casa un poco agitado, un poco inquieto. ¿Qué respondería el
otro? ¿Quién era? ¿A qué obedecía aquel brutal ataque? Dados los violentos usos de los
periodistas, aquello podía ir lejos, muy lejos. Durmió mal.
Cuando, al día siguiente, leyó su nota en el periódico, la encontró más agresiva
impresa que manuscrita. Le pareció que hubiera podido atenuar algunos términos.
Pasó el día en estado febril, y también durmió mal aquella noche. Se levantó con
el alba, para buscar en La Plume la respuesta a su réplica.
El tiempo estaba otra vez frío. Caía una fuerte helada. Los arroyos, sorprendidos
por ella, desarrollaban, a lo largo de las aceras, dos cintas de hielo-
Los periódicos no habían llegado todavía a los puestos. Duroy se acordó del día de
su primer artículo: «Recuerdos de un suboficial de Cazadores en África.» Le dolían las
manos y los pies, y se le hinchaban y amorataban, sobre todo las puntas de los dedos.
Empezó a dar vueltas alrededor del encristalado quiosco, donde la vendedora,
agazapada junto a un braserillo, no dejaba ver, a través del ventanuco, sino una nariz y
unas mejillas rojas, bajo un capuchón de lana.
Al fin llegó el repartidor, y a través de aquella misma abertura, pasó el paquete de
periódicos. La buena mujer entregó a Duroy un ejemplar, abierto, de La Plume.
George buscó su nombre de una ojeada. Al principio nada vio. Respiraba ya,
cuando advirtió un suelto. Allí estaba la cosa.
«El señor Duroy, de La Vie Française nos ha desmentido, y al desmentirnos,
miente. Reconoce que existe una tal Aubert y que un agente la condujo ante la Policía.
Sólo hay que añadir cuatro palabras: «de la brigada social», después de la palabra
«agente», y todo está dicho.
»Pero es que la concisión de ciertos periodistas está al nivel de su talento.
Firmo: Luis Langremont.»
El corazón empezó a latirle violentamente a Duroy, quien volvió a su casa para
vestirse, sin saber a punto fijo qué haría. Lo habían insultado, y de tal suerte que no
cabía vacilación alguna. Y todo, ¿por qué? Por nada. Por una vieja que había reñido con
su carnicero.
Se vistió de prisa, y aunque no eran más que las ocho de la mañana se plantó en
casa del señor Walter.
Este, ya levantado, leía La Plume.
–Supongo –dijo gravemente al ver a Duroy – que no se volverá usted atrás.
El joven no respondió.
–Vaya en seguida a ver a Rival –continuó el director–, y confíele este asunto.
Duroy balbuceó algunas palabras vagas, y se fue a casa del cronista. Este dormía
aún, pero el campanillazo lo hizo saltar del lecho. Leyó el eco y dijo:
–¡Caramba! Vamos allá. ¿Quién quiere usted que sea el otro testigo? ¿Le parece
bien Boisrenard?
–Bueno, Boisrenard.
–¿Tira usted bien a las armas?
–Nada, absolutamente.
–¡Ah, diablos! Y en pistola, ¿qué tal estamos?
–Así, así...
–Bien. Mientras yo me ocupo de todo, va usted a ensayarse. Espéreme un minuto.
voy a aviarme.
Volvió a poco, lavado, afeitado, impecable.
–Venga usted conmigo –dijo.
Ocupaba el piso bajo de un hotelito. Bajó con Duroy al sótano, un sótano inmenso,
convertido en sala de esgrima y tiro al blanco. Todos los huecos que daban a la calle
estaban tapiados.
Después de haber encendido una serie de mecheros de gas que conducían hasta el
fondo de una segunda cueva donde se alzaba un maniquí de hierro pintado de rojo y
azul, que figuraba un hombre, Rival dejó sobre la mesa dos pares de pistolas de nuevo
sistema, las cargó por la culata y empezó a dar voces de mando, breves y tajantes, como
si estuviese sobre el terreno:
–¡Preparado!... ¡Fuego!
Duroy, rendido, obedecía; levantaba el brazo, apuntaba, tiraba. Y como con
frecuencia sus disparos alcanzaban al muñeco en pleno vientre (porque durante su
adolescencia se había ejercitado mucho en cazar pájaros con un viejo pistolón de su
padre?, Jacques Rival declaraba, satisfecho:
–Bien, bien, muy bien... ¡Esto marcha! ¡Esto marcha!
Luego se despidió:
–Siga usted ejercitándose hasta mediodía. Aquí tiene municiones. No le preocupe
gastarlas. Yo vendré a buscarlo para almorzar y darle noticias.
Y se fue.
Ya solo Duroy hizo algunos disparos más. Después se sentó y se puso a
reflexionar.
¡Qué estúpido era, en el fondo, todo aquello! ¿Qué probaba? Un timador, ¿dejaría
de serlo porque él se hubiese batido? ¿Qué ganaba un hombre honrado con exponer su
vida frente a un granuja que le ha insultado? Y sumergido en estos negros
pensamientos, recordaba lo que le había dicho Norbert de Varenne sobre la mezquindad
de espíritu de los hombres, la vulgaridad de sus ideas y de sus prejuicios y la majadería
de su moral.
–¡Qué razón tiene ese hombre, canastos! –dijo en voz alta.
En esto sintió sed, y como oyera que algo goteaba hasta él, se volvió y vio una
ducha. Bebió de ella, a chorro, y después volvió a abismarse en sus pensamientos.
Aquel sótano era triste, triste como una tumba. El lento y sordo rodar de los
carruajes se le antojaban a George traqueteo de tempestad lejana. ¿Qué hora sería?
Porque allí dentro las horas trascurrían como en el fondo de una mazmorra, sin que nada
las anuncie ni las señale, salvo las entradas del carcelero que lleva el rancho. Esperó.
Esperó mucho tiempo, mucho tiempo...
De pronto oyó rumor de pasos y voces. Era Jacques Rival, que venía acompañado
de Boisrenard. Al ver a Duroy, dijo a voces:
–¡Ya está todo arreglado!
El otro creyó que el asunto había quedo resuelto mediante una acta, y el corazón le
dio un salto en el pecho.
–¡Ah, gracias, gracias! –tartamudeó.
Pero el cronista continuó:
–Ese Langremont es muy tratable. Ha aceptado nuestras condiciones: veinticinco
pasos y un disparo a la voz de mando, levantando las pistolas. El brazo está casi más
seguro que bajándolo. Mire usted, Boisrenard, lo que yo decía.
Y cogiendo un arma, empezó a hacer disparos para demostrar que se estaba mucho
más en línea levantando el brazo. Luego dijo:
–Ahora vamos a almorzar. Son más de las dos.
Entraron en un restaurante vecino. Duroy no hablaba apenas. Comió para que no
creyeran que tenía miedo. Después acompañó a Boisrenard al periódico e hizo su
trabajo, distraído y maquinalmente. A todos les pareció valiente.
Hacia media tarde, Jacques Rival fue a estrecharle la mano. Convinieron en que a
las siete de la siguiente mañana sus testigos irían a buscarlo, en landó, a su casa, para
trasladarle al bosque de Voisinet, donde se verificaría el encuentro.
Todo aquello se había efectuado inopinadamente, sin que él hubiera tomado parte,
ni dicho una palabra, ni dado su opinión ni aceptado o rechazado, y con tal rapidez que
George estaba aún aturdido, asustado, sin acabar de comprender de qué se trataba.
Volvió a su casa a eso de las nueve de la noche, después de haber cenado con
Boisrenard, que, por amistad, no se había separado de él en todo el día.
En cuanto estuvo solo, comenzó a recorrer la habitación a grandes y rápidos pasos.
Estaba demasiado turbado para poder pensar en nada. Una sola idea le obsesionaba:
«Mañana tengo un duelo», sin que despertase en él otra cosa que una confusa e intensa
emoción. Había sido soldado, había tirado sobre los árabes, sin gran peligro para él,
desde luego, casi como quien, en una cacería, tira sobre el jabalí.
En suma: había hecho lo que debía hacer; se había portado como debía portarse.
Todos aprobaban su conducta y le felicitarían. Al cabo, dijo en voz alta, como se habla
en los momentos de agitación mental:
–¡Que bruto es ese hombre!
Se sentó y se puso a reflexionar. Sobre la mesa había dejado una tarjeta de su
adversario que le entregara Rival para que tuviese sus señas. La leyó como ya la había
leído veinte veces durante el día: «Luis Langremont, calle de Montmartre, número 17».
Nada más.
Examinaba aquella sucesión de letras, que se le antojaban misteriosas, llenas de
inquietantes sentidos: Luis Langremont. ¿Quién era aquel hombre? ¿De qué edad? ¿Qué
cara tenía? ¿No era indignante que un extraño, un desconocido, viniese así, de pronto, a
perturbar su vida, sin razón alguna, por puro capricho, porque una vieja había tenido
una disputa con un carnicero?
Una vez más repitió en voz alta:
–¡Qué bruto!
Y permaneció inmóvil, pensativo, con la mirada fija siempre en la tarjeta. Aquel
pedazo de cartulina despertaba en él una cólera sorda, un sentimiento de odio, al que se
mezclaba un extraño malestar. ¡Qué estúpido era todo aquello! Cogió las tijeras de las
uñas y las clavó en medio de aquel nombre, con fuerza, como quien apuñala a alguien.
¿Iba, pues a batirse a pistola? ¿Por qué no había escogida la espada? Con un
rasguño en el brazo o en la mano hubiera salido del paso, en tanto que con la pistola no
se pueden prever las consecuencias.
–Vamos –se dijo– hay que ser valiente.
El sonido de su voz le hizo estremecerse, y miró en torno suyo. Empezó a sentirse
muy nervioso. Bebió un vaso de agua, y se acostó.
Una vez en la cama, apagó la luz y cerró los ojos. Tenía mucho calor bajo las
sábanas, aunque la habitación estuviese muy fría. Pero no conseguiría amodorrarse. Se
agitaba, sin cesar, en el lecho. Estaba cinco minutos boca arriba, y luego se echaba
sobre el costado izquierdo, para volverse en seguida sobre el derecho.
Aún tenía sed; se levantó para beber, pero sintió cierta inquietud. «Pero ¿es qué
tengo miedo?», se preguntó.
¿Por qué el corazón le palpitaba locamente al menor y más familiar rumor que se
oía en la alcoba? Cuando el reloj de cuco iba a dar las horas, el leve rechinar de la
máquina lo sobresaltó. Tuvo que abrir la boca durante unos segundos para poder
respirar: tal era la opresión que sentía.
Se puso a argumentar filosóficamente sobre esta pegunta: «¿Tendré miedo?»
No, ciertamente; no tenía miedo, puesto que estaba decidido a llegar hasta el fin,
puesto que tenía la firme voluntad de batirse y no temblar. Mas se sentía tan
profundamente agitado, que se preguntó: «¿Podrá uno tener miedo a pesar suyo?» Y le
invadió esta duda, esta inquietud espantosa: «Si una fuerza superior, imperiosa,
irresistible, lo dominaba, ¿qué sucedería? Sí, ¿qué podría suceder?»
Cierto que iría al terreno, porque a él precisaba ir. Pero ¿y si temblaba? ¿Y si
perdía el sentido? Pensó en su situación, en su reputación, en su porvenir.
De pronto, le acometió una singular necesidad de levantarse para mirarse al
espejo. Encendió una vela. Cuando advirtió su rostro reflejado por un pulido cristal,
apenas pudo reconocerse; le pareció que nunca se había visto. Sus ojos se le antojaron
enormes y se encontró pálido, sí, pálido, muy pálido.
De pronto, un pensamiento le hirió como un balazo: «Quizá mañana a estas horas,
esté muerto.» Y el corazón le volvió a latir violentamente.
Miró a la cama y se vio a sí mismo, extendido sobre aquellas mismas sábanas que
acababa de dejar. Su rostro hundido como los de los muertos, y sus manos tenían la
blancura de las que ya no volverán a moverse. Entonces, la cama le dio miedo, y para no
verla, se asomó a la ventana. Un frío glacial le mordió la carne, de pies a cabeza, y
volvió a entrar tiritando.
Se le ocurrió encender fuego. Atizó la llama, sin volverse. Las manos le temblaban
un poco, con un temblor nervioso, cuando tocaba algún objeto. La cabeza se le iba. Sus
ideas giraban en remolino y se pulverizaban huidizas y dolorosas, y, sin que hubiese
bebido, una especie de embriaguez, se apoderaba de él.
Sin cesar se preguntaba: «¿Qué voy a hacer? ¿Que a va a ser de mí?»
Reanudó sus paseos por la habitación, repitiéndose constantemente,
maquinalmente: «Es preciso que me muestre enérgico, muy enérgico.»
Después, pensó: «Voy a escribir a mis padres, por sí me ocurre algo.»
Se sentó de nuevo, sacó papel de cartas y escribió:
«Mi querido papá; mi querida mamá»...
Pero luego juzgó aquellos términos demasiado familiares en una situación tan
trágica. Desgarró el pliego y volvió a empezar:
«Mi querido padre; mi querida madre: Voy a batirme al rayar el día, y como puede
ocurrir...»
No se atrevió a seguir escribiendo, y se levantó de un salto.
Otro pensamiento le abrumaba ahora: tenía que batirse en duelo. Ya no podía
evitarlo. ¿Qué pasaba en su interior? Quería batirse; tenía la resolución y la intención,
firmemente arraigadas de batirse. Y le parecía que, a pesar de toda su voluntad, no
hallar fuerzas ni siquiera para llegar al lugar del encuentro.
De cuando en cuando, daba diente con diente, y se preguntaba: «¿Se ha batido
alguna vez mi adversario? ¿Frecuenta el tiro de pistola? ¿Es conocido? ¿Está bien
situado?»
Nunca había oído pronunciar su nombre. Y, sin embargo, si aquel individuo no
fuese un buen tirador de pistola, no se hubiera decidido a aceptar, sin vacilación ni
discusión, un arma tan peligrosa.
Duroy se representaba, por anticipado, el combate, su actitud y la de su enemigo.
Se devanaba los sesos, imaginando los menores detalles. De pronto vio frente a sí el
pequeño y negro hueco del cañón por donde iba a salir la bala.
Fue presa de una crisis de espantosa desesperación. Todo su cuerpo vibraba,
agitado por breves sacudida. Apretaba los dientes, para no gritar, y sentía un deseo loco
de revolcarse en el suelo, de disparar, de morder algo,. Mas en esto, vio un vaso sobre la
chimenea y recordó que en su armario tenía casi un litro de aguardiente, pues había
conservado la costumbre militar de matar el gusanillo todas las mañanas.
Cogió la botella, y en ella misma bebió ávidamente, a grades tragos. No se la quitó
de los labios hasta que le faltó la respiración. Le faltaba una tercera parte de su
contenido.
Le pareció que una llama le abrasaba el estómago. Aquel calor se fue extendiendo
por todos sus miembros, vigorizando su ánimo y aturdiéndolo.
«Ya he encontrado el medio», se dijo. Y como sintiera que la piel le ardía, abrió
otra vez la ventana.
Apuntaba ya el día, sereno y glacial. en la creciente claridad del cielo, las estrellas
parecían morir. Y en la profunda trinchera de la vía férrea, las señales verdes, rojas y
blancas se iban amortiguando.
Las primeras locomotoras salían del depósito, silbando, en busca de los primeros
trenes. Otras, a lo lejos, lanzaban agudas llamadas, que eran como la diana de los gallos
en el campo.
Duroy pensaba:
«Acaso vuelva a ver todo esto.»
Pero como advirtiera que de nuevo iba a compadecerse de sí mismo, reaccionó
violentamente:
«Vamos, no hay que pensar en nada hasta el momento del lance. Es la única
manera de ser valiente.»
Comenzó su tocado. Todavía, al afeitarse, tuvo un instante de desfallecimiento,
pensando, que tal vez aquélla era la última vez que se veía en el espejo. Bebió otro trago
de aguardiente y acabó de vestirse.
Transcurrió aún, penosamente, una hora. George recorría la habitación a grandes
zancadas para aquietar su espíritu. Cuando oyó que llamaban a la puerta, le faltó poco
para caer al suelo. Tan violenta fue su emoción. Eran sus testigos.
«¡Ya!»
Ambos llevaban abrigos de pieles. Jacques declaró, después de estrechar la mano
de su apadrinado:
–Hace un frío siberiano.
Luego preguntó:
–Qué, ¿hay ánimo?
–Sí, mucho ánimo.
–¿Está usted tranquilo?
–Muy tranquilo.
–Entonces todo saldrá bien. ¿Ha comido usted y bebido alguna cosa?
–Sí. No necesito nada.
Boisrenard, a tono con las circunstancias, lucía una condecoración extranjera, que
Duroy no le había visto nunca.
Bajaron a la calle. Un caballero los esperaba en el landó. Rival lo presentó:
–El doctor Le Brument.
George le dio la mano balbuciendo:
–Muchas gracias.
E intentó acomodarse en la bigotera del coche, pero al sentarse tropezó con algo
duro que le hizo levantarse como movido por un resorte. Era la caja de pistolas.
Rival dijo:
–¡No, así no! Usted, el combatiente y el médico, en el fondo.
Duroy comprendió al fin, y se hundió donde le indicaba, al lado del doctor.
Subieron a su vez los dos padrinos, y el cochero fustigó a los caballos. Ya sabía
adónde tenía que ir.
La caja de las pistolas molestaba a todo el mundo, singularmente a Duroy, que
hubiera preferido no verla. Intentaron ponerla detrás de los asientos, pero hacía daño en
los riñones; la colocaron después en pie, entre Rival y Boisrenard, pero se caía a cada
instante; al fin optaron por ponerla bajo los pies.
La conversación languidecía, aunque el médico trataba de animarla contando
algunas anécdotas. Únicamente Rival le contestaba. Duroy hubiera querido mostrar
presencia de ánimo, pero tenía miedo de perder el hilo de sus ideas y revelar su
turbación. Le hostigaba el temor torturante de echarse a temblar.
El coche estuvo pronto en pleno campo. Eran aproximadamente las nueve de una
de esas mañanas de invierno en que la Naturaleza tiene brillo, fragilidad y dureza de
cristal; los árboles cubiertos de escarcha, parecen sudar hielo; la tierra resuena bajo los
pies; el aire seco lleva muy lejos los más leves rumores; el cielo blanco brilla a la
manera de los espejos; el mismo sol parece frío y lanza sobre la creación helada unos
rayos que no calientan.
Rival decía a Duroy:
–Las pistolas son de la casa Gastine-Renette. El mismo las ha cargado. Se
sortearán, desde luego, con las de nuestro adversario.
Duroy respondió maquinalmente:
–Gracias por todo.
Rival le hacía minuciosas recomendaciones, pues tenía interés en que su
apadrinado no cometiera ningún error. Insistía muchas veces sobre cada punto.
–Cuando les pregunten a ustedes: «¿Están preparados, señores?», usted responderá
con voz que se oiga bien: «Sí». – y añadía–. A la voz de «¡Fuego», levantará usted
rápidamente el brazo y disparará antes de oír la palabra tres.
Y Duroy repetía mentalmente: «Cuando oiga la voz de “¡Fuego!”, levantaré el
brazo.»
El landó entró en un bosque, siguió una avenida que a la derecha había y torció
nuevamente a la derecha. De pronto, Rival abrió la portezuela y ordenó al cochero:
–¡Por ahí, por ese caminito!
El carruaje se adentró en un camino lleno de baches y rodeado de espesura, donde
temblaban las hojas muertas, orladas de hielo.
Duroy seguía mascullando: «Cuando oiga la voz de “¡Fuego!”, levantaré el
brazo»; y pensó que una avería del coche lo remediaría todo. «Oh, si volcáramos, que
suerte! ¡Aunque me rompiera una pierna!»
Pero en un claro del bosque vio otro coche parado y cuatro caballeros que daban
pataditas en el suelo para calentarse los pies. George tuvo que abrir la boca: tan fatigosa
era su respiración.
Primero bajaron del carruaje los padrinos; después, el médico, y en último lugar el
combatiente. Rival cogió la caja de las pistolas y se fue con Boisrenard hacia dos de
aquellos desconocidos, que a su vez avanzaban hacia ellos. Duroy les vio saludar
ceremoniosamente y luego marchar juntos por la plazoleta y mirar alternativamente a
los árboles y al suelo, como si buscaran algo que se hubiese podido caer o volar.
Después contaron algunos pasos y clavaron trabajosamente dos bastones en la helada
tierra. Se volvieron de pronto unos a otros y empezaron a jugar a cara o cruz, como
hacen los niños para divertirse.
El doctor Le Brument preguntó a Duroy:
–¿Se encuentra usted bien? ¿Necesita algo?
–No, nada. Gracias.
Le parecía que se había vuelto loco, que dormía, que soñaba que algo sobrenatural
le había ocurrido y lo rodeaba.
¿Tenía miedo? Tal vez; pero él no lo sabía. Todo había cambiado en torno suyo.
Jacques Rival volvió y le anunció en voz baja y tono de satisfacción:
–Todo está listo. La suerte nos ha favorecido en lo que hace a las pistolas.
He aquí una cosa que a Duroy le era indiferente.
Le quitaron el gabán. El dejaba hacer. Le palparon los bolsillos por encima de la
levita, para asegurarse de que no llevaba cartera ni papeles protectores. El seguía
repitiendo, como una plegaria: «Cuando oiga la voz de “¡Fuego!”, levantaré el brazo.»
Al fin lo condujeron hasta uno de los bastones hincados en el suelo, y le
entregaron su pistola. Entonces vio frente a sí, muy cerca, a un hombre bajito, ventrudo,
calvo y con lentes. Era su adversario. Lo vio muy bien, pero sólo pensaba en esto:
«Cuando oiga la voz de “¡Fuego!”, levantaré el brazo y tiraré.»
En el vasto silencio resonó una voz que parecía venir de muy lejos y preguntaba:
–¿Están ustedes preparados, señores?
George gritó:
–¡Sí!
A continuación la misma voz ordenó:
–¡Fuego!
Duroy no escuchó más, no vio nada, no se dio cuenta de nada. Únicamente sintió
que levantaba el brazo y apretaba con todas sus fuerza el gatillo.
No oyó nada... Pero en seguida vio una pequeña humareda que salía del cañón de
su pistola, y como el hombre que tenía enfrente siguiese en pie y en la misma postura,
advirtió que también de su pistola salía una nubecilla blanca y volaba sobre la cabeza de
su adversario.
Ambos habían tirado. Aquello había concluido.
Los testigos de George y el médico le tocaban, le palpaban, le desabrochaban la
ropa y le preguntaban con ansiedad:
–¿No está usted herido?
El respondió al azar:
–No; no lo creo.
Langremont, por su parte, estaba tan intacto como su enemigo. Jacques Rival
refunfuñó con mal humor:
–Con la condenada pistola no hay término medio: o marra el tiro o lo mata a uno
¡Cochina arma!
Duroy, paralizado por la sorpresa y el gozo, no se movía. «Esto se acabó,» Hubo
que quitarle el arma que aún apretaba en mano. Ahora se cría capaz de batirse con el
universo entero. «¡Esto se acabó!» ¡Qué felicidad! Y se sentía con ánimo para desafiar a
no importa quién.
Todos los padrinos conversaron durante algunos minutos, y se citaron para aquel
mismo día para redactar el acta. George, sus testigos y el médico subieron de nuevo al
coche, y el cochero, que reía en el pescante, restalló la fusta e hizo arrancar a los
caballos.
Almorzaron los cuatro en el bulevar, comentando el acontecimiento. Duroy
contaba sus impresiones:
–Esto no me ha hecho ningún efecto, absolutamente ninguno. Digo, ya lo habrán
visto ustedes.
Rival respondió:
–Sí, se ha portado usted muy bien.
Cuando el acta estuvo redactada, se la llevaron a Duroy, que iba a insertarla en sus
Ecos. Un poco asombrado al leer que había cambiado dos balas con Louis Langremont,
y también un poco inquieto, interrogó a Rival:
–¡Pero si no hemos disparado más que una bala!
El otro sonrió:
–Sí, una bala...; una bala cada uno. Esto hace dos balas.
Duroy halló la explicación satisfactoria, y no insistió. Papa Walter le dio un
abrazo:
–¡Bravo, bravo! –le dijo–. Ha dejado usted bien puesto e pabellón de La Vie
Française.
Aquella noche George se exhibió en las redacciones de los periódicos más
importantes y en los cafés céntricos más concurridos. Dos veces se encontró con su
adversario, que asimismo se dejaba ver.
No se saludaron. Si uno de los dos hubiese sido herido, se hubieran estrechado la
mano. Por lo demás, cada cual juraba que había oído silbar la bala del otro.
A la mañana siguiente, a eso de las once, George recibió un continental:
«¡Dios mío, qué miedo he pasado! Ven en seguida a la calle de Constantinopla
para que te abrace, amor mío. ¡Qué valiente eres! Te adora tu
Clo.»
Acudió inmediatamente a la cita. Clotilde se le arrojó en los brazos y lo cubrió de
besos.
–¡Oh, querido!– le dijo– ¡Si supieras mi emoción al leer esta mañana los
periódicos! Cuéntame, cuéntame. Dímelo todo. Quiero saberlo.
El, en efecto, se lo contó todo, y con todo detalle. Su amante exclamó:
–¡Qué mala noche debiste pasar la víspera del duelo!
–No lo creas. Dormí muy bien.
–Yo no habría pegado los ojos. Y dime, ya en el terreno ¿qué pasó?
George hizo un dramático relato:
–Cuando estuvimos el uno frente al otro, a veinte pasos, que equivalen tan sólo a
cuatro veces la longitud de este cuarto, Jacques, después de habernos preguntado si
estábamos listos, dio la voz de «¡Fuego!»; yo levanté el brazo, bien en línea, pero
cometí la tontería de querer apuntar a la cabeza. Mi arma era muy dura y yo estaba
acostumbrado a las pistolas suaves, de suerte que la resistencia del gatillo desvió el tiro.
No importa, porque esto, después de todo, no debía tener mayores consecuencias.
También él, el muy canalla, tiró bien. Su bala me rozó la sien. Noté el aire que
levantaba al pasar.
Tenía sobre las rodillas a Clotilde, que le ceñía los brazos como si quisiera
compartir con él el peligro, y balbuceó:
–¡Oh, pobrecito mío, pobrecito mío!
Luego que George hubo terminado su relato, le dijo:
–No me puedo pasar sin tí, ¿sabes? Es preciso que nos veamos todos los días, y
esto, con mi marido en París, no es cosa fácil. Por la mañana podría tener una hora libre
e ir a darte un abrazo antes de que te levantas. Pero no quiero volver a tu horrible casa.
¿Cómo lo arreglaremos?
El tuvo una inspiración súbita y preguntó:
–¿Cuánto pagas por este piso?
–Cien francos mensuales.
–Pues bien: Me lo quedo por mi cuenta y me vengo a vivir inmediatamente a él.
El mío no me basta en mi nueva posición.
Ella reflexionó unos instantes y, al fin, respondió:
–No; no quiero.
–Pero ¿por qué? –replicó George, asombrado.
–Porque no.
–Eso no es una razón. Esta casa me conviene. Estoy en ella y me quedo.
Se echó a reír y continuó:
–Además está a mi nombre.
Pero ella seguía negándose.
–No, no. No quiero...
–Pero ¿por qué? Dime.
Clotilde susurró muy bajito, y con mucho mimo:
–Porque traerías aquí a otras mujeres y no quiero, ea, no quiero.
George se indignó:
–Eso, jamás. Te lo prometo.
–No, no... Las traerías de todos modos.
–Yo te juro...
–¿De verdad?
–De verdad. Palabra de honor. Esta es nuestra casa, y nada más que nuestra.
En un arrebato de amor, Clotilde lo estrechó en sus brazos y dijo:
–Entonces, consiento, queridito. Pero ya lo sabes: si me engañas, aunque no sea
más que una vez, todo habrá concluido para siempre entre nosotros.
Duroy hizo todavía mil juramentos y protestas, y ambos convinieron en que aquel
mismo día se instalaría allí, para que ella pudiera verlo siempre que pasara por aquel
sitio.
–De todos modos –añadió luego Clotilde–, ven a comer con nosotros el domingo.
A mi marido le has sido muy simpático.
Él, halagado, dijo:
–¡Ah! ¿Sí?
–Sí. Le has conquistado, hijo. Y ahora, escucha: me has dicho que te criaste en
una casa de campo, ¿no?
–Sí, ¿por qué?
–Entonces debes conocer algo de agricultura...
–Sí.
Pues bien; háblale de jardinería, de cosechas. Todo eso le gusta mucho.
–Bueno. Te obedeceré.
Clotilde se marchó después de darle infinidad de besos, pero aquel desafío había
exacerbado su ternura.
Duroy, mientras caminaba hacia el periódico, iba pensando:
«¡Qué mujer más divertida! ¡Qué cabeza de chorlito! ¿Sabe acaso, lo que quiere y
a quién quiere? Y ¡qué divertida pareja hace con su marido! ¿Qué caprichosa imaginación ha podido preparar esta unión de un viejo con una desequilibrada? ¿Qué
razones han podido decidir a ese inspector a casarse con esa colegiala? Misterio. ¿Quién
sabe? ¿El amor acaso? En fin –concluyó–, como querida es deliciosa y sería una
estupidez dejarla.»

CAPÍTULO Nº 6


Al día siguiente, George Duroy tuvo un triste despertar.
Se vistió lentamente, se sentó tras la ventana y se puso a reflexionar. Le parecía
que su cuerpo se doblaba, como si hubiera recibido una paliza.
Al fin, le acudió la necesidad de hacerse con dinero, y fue a casa de Forestier.
Su amigo le recibió en el despacho, con los pies en los morillos de la chimenea.
–¿Qué te pasa para madrugar tanto? –le preguntó.
–Un asunto muy grave. Una deuda de honor.
–¿De juego?
George vaciló. Al fin dijo:
–De juego.
–¿Muy grande?
–Quinientos francos.
No debía más que ciento cincuenta y cinco. Forestier, escéptico, preguntó.
–¿A quién debes eso?
Al pronto, Duroy no pudo responder.
–Pues... a... a un tal Carleville.
–¡Ah! Y ¿donde vive?
–En la calle..., en la calle...
Forestier se echó a reír.
–En la calle de Sal si Puedes... ¿No es eso? Conozco a ese caballero, querido. Si
quieres veinte francos, los pongo a tu disposición. Más, no.
Duroy se conformó con la moneda de oro. Luego fue llamando de puerta en
puerta, a las de todos sus conocidos, y así, a las cinco de la tarde, había conseguido
reunir ochenta francos. Como todavía le faltaban doscientos, tomó una resolución
heroica: se guardó bonitamente lo que le había producido su colecta y rezongó:
«¡Bah! No es cosa de tragar bilis por esa prójima. Le devolveré su dinero cuando
pueda y en paz.»
Durante quince días hizo una vida económica, ordenada y casta, con el ánimo
lleno de enérgicas decisiones. Después, le acometió un gran deseo de amor. Le parecía
que había pasado años enteros sin que tuviese una mujer entre los brazos, y como el
marinero que pierde los estribos al divisar tierra, así él se volvía loco al revuelo de unas
faldas.
Una noche volvió a Folies-Bergère, con la esperanza de encontrar allí a Raquel. La
vio, en efecto, porque casi nunca faltaba.
Se fue hacia ella, sonriente, con la mano tendida. Pero la cortesana le miró de
arriba abajo.
–¿Qué desea usted? –preguntó.
El trató de echarlo a broma, y dijo:
– Vamos, no te hagas la tonta.
Raquel le volvió la espalda y declaró:
– Yo no me trato con...
Había buscado el peor insulto. George notó que la sangre le empurpuraba el rostro
y se marchó.
En el periódico, Forestier, que se hallaba enfermo, débil y no dejaba de toser,
parecía devanarse los sesos para hacerle la vida imposible. Un día, en un momento de
irritación nerviosa y después de un prolongado acceso con terribles ahogos, como
Duroy n o hubiese llevado una información que le encargara, gruñó:
–Eres más bruto de lo que habría creído.
Duroy sintió ganas de abofetearle, pero se contuvo y se fue murmurando: «Ya me
las pagarás.» Una súbita idea cruzó por su cerebro, y añadió: «Voy a ponerte los
cuernos, amiguito.» Y fue frotándose las manos, muy regocijado con su proyecto.
El mismo día siguiente quiso empezar a poner en ejecución su plan. Y así hizo a la
señora de Forestier una visita de sondeo.
La encontró leyendo un libro, tendida en el sofá. La dama le alargó la mano, sin
volver la cabeza, y le dijo:
–Buenos días, Bel ami.
Tuvo él la sensación de haber recibido una bofetada, y repuso:
–¿Por qué me llama así?
–La semana pasada –contestó ella sonriendo– vi a la señora de Marelle y me
enteró de cómo le han bautizado a usted en su casa.
El tono amable de la señora tranquilizó a Duroy. ¿Qué podría temer, por otra
parte?
–La tiene usted muy mimada –añadió la de Forestier–. En cuanto a mí, se me
viene a ver, si es que se viene, de Pascuas a Ramos, o poco menos.
George se había sentado junto a ella y la miraba con una curiosidad de aficionado
que colecciona bibelots. Estaba encantadora, con su cabello de un rubio suave y
caliente, hecho para las caricias. Y el joven pensó:
«Vale más que la otra, desde luego.»
No dudaba de su triunfo. Le parecía que no tendría más que alargar la mano y
cogerla, como se coge un fruto maduro.
–No venía a verla a usted –dijo resueltamente, porque más valía así.
Ella, sin comprender, preguntó:
–¿Cómo? ¿Por qué?
–¿No lo adivina?
–No; en absoluto.
–Porque estoy enamorado de usted... ¡oh!, un poquito, nada más que un poquito, y
no quiero estarlo del todo.
La señora Forestier no se mostró asombrada, ni enojada, ni halagada. Continuó
sonriendo con indiferencia, y respondió tranquilamente:
–¡Oh! Puede usted venir sin inconveniente. Nadie se enamora de mí por mucho
tiempo.
Más que las palabras, le sorprendió a Duroy el tono con que fueron pronunciadas,
y preguntó:
–¿Por qué?
–Porque es inútil. Si usted me hubiese comunicado antes sus temores, yo le habría
tranquilizado y comprometido, por el contrario, a venir lo más frecuentemente posible.
George exclamó, con patético acento:
–¡Ah! ¿Cómo mandar a los sentimientos?
Se volvió la dama rápidamente y habló así:
–Mi querido amigo: Un hombre enamorado está para mi borrado del número de
los vivos. Se vuelve idiota y, sobre idiota, peligroso. Con las personas que se enamoran
de mi o están en camino de enamorarse, rompo en seguida toda amistad intima en
primer lugar, porque me aburren, y luego, porque hay que recelar de ellas como de un
perro rabioso, que de un momento a otro puede tener ataques. Las pongo en cuarentena
moral, hasta que se les ha pasado el arrechucho. No lo olvide. Bien sé yo que en el caso
de usted, el amor no es más que una especie de apetito, en tanto que en mí es una
especie de..., de comunión de almas que no forman parte de la religión de los hombres.
Usted comprende la letra; yo, el espíritu. Pero míreme cara a cara.
Ya no sonreía. La expresión de su rostro era serena. Apoyándose en cada palabra,
dijo:
–Yo no seré jamás, jamás, ¿lo entiende usted bien?, su querida. Es, pues,
absolutamente inútil; sería, incluso, contraproducente para usted la persistencia en ese
deseo. Y ahora que... la operación está hecha... ¿quiere que seamos amigos, buenos
amigos, verdaderos amigos, sin reservas mentales?
Comprendió que George que cualquier tentativa resultaría inútil ante aquella
sentencia sin apelación. Inmediatamente tomó su partido. Encantado de poder
procurarse tal aliada, le dijo, tendiéndole, con franqueza, ambas manos:
–Soy suyo, señora, como a usted le plazca.
Advirtió ella en su voz la sinceridad de la intención y a su vez le dio las manos.
Las besó George una tras otra y, alzando luego la cabeza dijo:
–¡Pardiez! Si yo hubiera encontrado una mujer como usted, ¡con qué gusto me
hubiera casado con ella!
Se conmovió la señora Forestier esta vez, acariciada por la frase, como les
acontece siempre a las mujeres cuando alguna palabra amable les llega al corazón, y le
lanzó una de esas miradas rápidas y agradecidas que nos hacen eternamente sus
esclavos.
Luego, y como él no hallase la fórmula de transición necesaria para reanudar el
diálogo, ella le dijo con voz dulce y apoyándole un dedo en el brazo:
–Voy a comenzar inmediatamente mi papel de amiga; es usted torpe, querido.
–Sí.
–Del todo.
–¿Del todo?
–Bueno, haga usted una visita a la señora de Walter, que le aprecia mucho, y
procure agradarla. Escuchará con gusto sus galanterías, aunque le advierto que es una
mujer honrada, completamente honrada. ¡Oh! Tampoco por eso lado hay que esperar
nada de..., de merodeo. Pero no perderá nada si se deja ver por allí. No sé, ya, que en el
periódico ocupa usted todavía un puesto de poca importancia; pero no se apure por eso;
los señores de Walter reciben a todos sus redactores con igual amabilidad. Vaya usted,
créame.
Duroy dijo, sonriendo:
–Gracias. Es usted un ángel. El ángel de la guarda.
Hablaron luego de otras cosas. George permaneció allí un buen rato, como si
tuviera empeño en demostrar a la dueña de la casa que se encontraba a gusto a su lado.
Al despedirse, le dijo:
–Quedamos en que somos amigos, ¿verdad?, en ello quedamos.
Como advirtiera el efecto que en la señora hacían sus cumplido, el joven les puso
este remate:
–Si alguna vez enviuda usted, me apunto en la lista.
Y se marchó a escape para no darle tiempo a que se enfadase.
Una visita a la señora de Walter le preocupaba un poco, porque no había sido
presentado en su casa y no quería cometer una indiscreción. El directos se mostraba
benévolo con él, apreciaba sus servicios y le encomendaba preferentemente trabajos
difíciles. ¿por qué, pues, no aprovecharse de este favor para entrar en su casa?
Al fin, un día en que se levantó temprano, fue al mercado a la hora de las
transacciones, y por diez francos adquirió una veintena de admirables peras, que atadas
con un lazo y cuidadosamente colocadas en una cesta, para hacer creer que venían de
fuera, dejó al portero de la directora, con una tarjeta en que se leía:
GEORGE DUROY
Ruega humildemente a la señora
de Walter que acepte esta fruta
que acaba de recibir de Normandía.
El día siguiente, y en su departamento del casillero que para la correspondencia
tenían los redactores del periódico, encontró otra tarjeta que, en respuesta a la suya, le
enviaba la señora de Walter, que «agradecía vivamente a don George Duroy su
obsequio», y añadía que «se quedaba en casa los sábados».
En efecto, el sábado siguiente fue allá.
El señor Walter habitaba en el bulevar de Malesherbes, una casa de su propiedad.
Constaba de dos cuerpos gemelos, uno de los cuales había alquilado, económico sistema
que siguen las gentes prácticas. Un solo portero, que tenía su vivienda ente los dos
grandes portales, por donde entraban y salían los coches, y con su uniforme de suizo –
medias blancas que ceñían las robustas piernas y casaca de gala con botones de oro y
vueltas escarlata –daba a la mansión aspecto de hotel rico y elegante.
Los salones de recibir estaban en el primer piso. Los precedía un vestíbulo
revestido de alfombras y cortinajes. Dos criados dormitaban en sendas sillas. Ambos se
levantaron al ver a Duroy; uno de ellos le cogió el gabán; el otro se apoderó del bastón y
abrió una puerta, se adelantó unos pasos al visitante, y apartándose a un lado, le dio
acceso a un aposento vacío al tiempo que anunciaba su nombre.
El joven, un poco cohibido, miraba a todos lados, cuando vio, en la luna de un
espejo, a varias personas sentadas y que parecían estar a bástate distancia de allí.
Desorientado al principio se equivocó de dirección; luego atravesó dos salas más,
asimismo desiertas, hasta que llegó a un gabinetito tapizado de seda azul, y en el que
cuatro señoras hablaban a media voz, sentadas en torno a un velador donde se veían
otras tantas tazas de café.
A pesar del aplomo que había ido adquiriendo desde que vivía en París, y, sobre
todo, en su oficio de reportero, que lo ponía en contacto diario con personajes de
campanillas, Duroy se sintió un poco intimidado por aquel aparato decorativo y la
travesía a lo largo de las solitarias estancias.
–Señora –balbuceó, buscando con los ojos a la dueña de la casa–, me he
permitido...
La dama le alargó una mano, que él, inclinándose, tomó entre las suyas, y
diciéndole: «Caballero, es usted muy amable», le indicó una silla en la que George, por
haberla creída más alta, se hundió violentamente, al intentar sentarse.
Las señoras se habían callado. Al fin, una de ellas rompió el silencio. Hablaron del
frío, que, aunque muy riguroso, no lo es aún suficientemente para contener las
epidemias de fiebres tifoideas, ni para permitir patinar. Cada una expuso su opinión
sobre la entrada en escena de las heladas en París y luego expresaron sus respectivas
preferencias por las diversas estaciones del año, con los triviales argumentos que
invaden la imaginación como el polvo las habitaciones.
El ligero rumor de una puerta al abrirse hizo volver la cabeza a Duroy, quien vio,
reflejada por unas lunas sin alinde, a una señora gruesa que se acercaba. Cuando llegó al
gabinete, una de las visitantes se levantó, estrechó las manos de las demás y se fue. El
joven la siguió con los ojos a través de los demás salones, sin perder de vista su espalda,
donde brillaban algunas perlas negras.
Cuando el movimiento que produjo este cambio de personas se hubo calmado, se
habló espontáneamente y sin transición de la cuestión de Marruecos y de la guerra de
Oriente, así como de la difícil situación de Inglaterra en África.
Aquellas señoras discutían tales cosas de memoria, como quien representa una
comedia mundana, a tono con las conveniencias y muchas veces ensayada.
Entró una nueva visitante: una rubia con el pelo muy rizado, y que promovió la
salida de una señora de cierta edad, alta y seca.
Se comentaron luego las probabilidades que tenía el señor Linet para ingresar en la
Academia. La recién llegada cría firmemente que sería derrotado por el señor Cahanon-
Leban, autor de la bella adaptación teatral, en verso francés, de Don Quijote.
–Ya saben ustedes que se representará en el Odeón, el invierno próximo.
–¡Ah, sí! No dejaré de asistir a una tentativa literaria tan interesante.
La señora de Walter respondía siempre con gracia, aunque con tranquila
indiferencia, y sus opiniones eran siempre discretas.
De pronto, advirtió que ya anochecía y mandó encender las luces, sin dejar de
seguir la conversación general, que fluía como un arroyo, y recordando que había
olvidado recoger del grabador las invitaciones para la próxima comida.
Estaba, quizá, un poquito más gruesa de lo conveniente, aunque todavía guapa, en
esa edad peligrosa en que el desastre se avecina. Se mantenía así a fuerza de cuidados,
de precauciones, de higiene y de cremas y pastas para el cutis. En todo se mostraba
sensata, moderada, y razonable; era una de esas mujeres cuyo espíritu está alineado y
recortado como un jardín francés, por donde se circula sin que nada nos sorprenda, pero
en los que se halla siempre cierto encanto. Su juicio sagaz, discreto y seguro hacía en
ella las veces de la fantasía. La bondad y la abnegación y su apacible benevolencia se
expandían ampliamente a todo y a todos.
Advirtió que Duroy no había dicho nada, y que nadie le dirigía la palabra, por lo
que, sin duda, se encontraba un poco violento. Y como aquellas damas no habían salido
aún de la Academia, tema de su predilección y que siempre las entretenía largamente,
preguntó:
–Y usted, señor Duroy, que debe estar mejor informado que nadie, díganos, ¿cual
es su candidato?
–En este asunto, señora –contestó él sin vacilar –jamás tengo en cuenta el mérito,
siempre incontestable, de los aspirantes, sino su edad y su salud. Yo no pediría que
mostrasen sus títulos, sino su enfermedad. No me molestaría en averiguar si han
traducido en verso a Lope de Vega, pero tendría buen cuidado de informarme del estado
de su hígado; de su corazón, de sus riñones o de su médula. Para mí, una buena
hipertrofia, una buena albuminuria y, sobre todo, un buen comienzo de parálisis general,
vale cien veces más que cuarenta volúmenes sobre la idea de patria en la poesía
berberisca.
El asombro que esta opinión produjo hizo que fuera acogida en silencio.
–¿Por qué? –preguntó la señora de Walter, sonriendo.
Duroy replicó:
–Porque yo nunca busco en las cosas sino lo que puede interesar a las mujeres.
Ahora bien: la Academia no tiene interés para ustedes más que cuando se muere un
académico. Cuantos más se mueran, más contentas estarán ustedes. Sólo que para que se
mueran pronto hay que nombrarlos viejos y enfermos.
Como estas palabras aumentasen la general sorpresa, añadió:
–Por lo demás, a mí me ocurre lo mismo que a ustedes. Me gusta mucho leer en
los Ecos de Paris el fallecimiento de un académico. «¿Quién lo reemplazará», me
pregunto en seguida. Es un juego, un bonito juego que se juega en todos los salones de
París cada vez que un inmortal pasa a mejor vida: el juego de la muerte y los cuarenta
ancianos.
Las señoras, aunque un poco desconcertadas todavía, sonreían ya; tan justas eran
aquellas observaciones.
Duroy concluyó, levantándose:
–Ustedes son quienes los nombran. Y los nombran para que se mueran pronto.
Elíjanlos, pues, viejos, muy viejos, lo más viejos posible y no se preocupen de más.
Y dicho esto se despidió con mucha gracia y soltura.
Cuando se hubo marchado, una de las damas opinó:
–Tiene gracia ese muchacho. ¿Quién es?
La señora de Walter respondió:
–Uno de nuestros redactores, que no hace más que los trabajos de batalla del
periódico. Pero estoy segura de que llegará lejos.
Duroy, muy satisfecho de su primera salida, bajó al bulevar Malesherbes a paso
gimnástico, diciéndose:
«Buen principio.»
Aquella misma noche se reconcilió con Raquel.
La semana siguiente le llevó dos acontecimientos. Fue nombrado jefe de la
sección Ecos e invitado a una comida por la señora de Walter. En seguida comprendió
que entre una y otra había alguna relación.
La Vie Française era, ante todo, un periódico de negocios como propiedad de un
hombre de dinero a quien la prensa y su acta de diputado habían servido de palanca.
Habiendo hecho un arma de la campechanía, encubría sus manejos bajo la apariencia de
un infeliz; pero no empleaba en sus empresas, cualesquiera que fuera, sino a hombres
que previamente había tanteado, probado, olfateado y a quienes sabía astutos, audaces y
dúctiles. Duroy, nombrado jefe de los Ecos, le parecía un mozo inapreciable.
Este cargo había sido desempeñado hasta entonces por el secretario de Redacción,
Boisrenard, periodista veterano, correcto, puntual y meticuloso como un chupatintas. En
treinta años había sido secretario de Redacción de once periódicos de diversas
tendencias, sin modificar en nada su manera de ser y de ver las cosas. Pasaba de una
Redacción a otra como quien cambia de restaurante sin darse cuenta de que las
respectivas cocinas no se parecen en nada. Las opiniones políticas y religiosas le eran
indiferentes. Siempre adicto a su periódico, fuera el que fuese, era entendido en su
oficio e inestimable su experiencia. Trabajaba como un ciego que no ve nada, como un
sordo que no oye nada, como un mudo que no habla de nada. Tenía gran probidad
profesional y no se había prestado a cosa alguna que no hubiese juzgado honrada, leal y
correcta desde el especial punto de vista de su oficio.
Desde hacía ya tiempo, deseaba el señor Walter dar con otro hombre a quien
confiar los Ecos, que son –decía– la médula del periódico. Por medio de ellos se lanzan
las noticias, se ponen en circulación los rumores, se interesa al público, se influye en los
fondos públicos. Entre dos fiestas mundanas, es preciso saber deslizar, como quien no
hace nada, la noticia importante, más insinuante que dicha. Es preciso dejar adivinar,
con medias palabras, aquélla que se desea; desmentir un rumor de tal suerte que se
afirme más o afirmarlo de tal manera que nadie crea en el hecho que se anuncia. Es
necesario que en los Ecos cada cual encuentre a diario una línea, por lo menos, que le
interese, a fin de que todo el mundo los lea. Es indispensable pensar en todo y en todos,
en todas las clases sociales y en todas las profesiones, en París y en las provincias, en el
ejército y en los pintores, en el clero y en la universidad, en los magistrados y en las
cortesanas.
El hombre que los dirige y manda el batallón de los reporteros, debe estar siempre
alerta, siempre en guardia; ser desconfiado, previsor, sagaz, vigilarlo todo, adaptarse a
todo y estar dotado de un olfato infalible para distinguir, a la primera ojeada, la noticia
falsa de la verdadera, para juzgar lo que conviene decir y lo que conviene callar, para
adivinar lo que interesa al público; debe, en fin, saber presentarlo todo de tal suerte que
el efecto se multiplique y sea agradable a todos los paladares.
Boisrenard, que tenía en su favor una larga experiencia, carecía, en cambio, de
habilidad y de chispa; carecía, sobe todo, de la picardía nativa necesaria para penetrar a
diario en el pensamiento íntimo del director.
Duroy cumpliría su misión a las mil maravillas y completaba admirablemente la
redacción de aquella hoja «que navega a por el fondo del Estado y por los bajos fondos
de la política», según la expresión de Norbert de Varenne.
Los inspiradores y verdaderos redactores de La Vie Française eran media docena
de diputados comprometidos en las especulaciones a que se lanzaba o en que se
afianzaba el director. En la Cámara los llamaban «la banda de Walter», y se les
envidiaba porque con él y por él debían ganar mucho dinero.
Forestier, redactor político, no era más que el testaferro de aquellos hombres de
negocios, el ejecutor de los proyectos que ellos le sugerían, soplándole al oído los
artículos de fondo que él escribía en su casa «para estar más tranquilo», según decía.
A fin de dar al periódico una vitola literaria y parisiense, fueron agregados a la
Redacción dos escritores célebres y de distinto género: Jacques Rival, comentarista de
la actualidad y Norbert de Varenne, cronista fantaseador; más bien, cuentista de la
nueva escuela.
Habían procurado, además, y a cualquier precio, la colaboración de críticos de
arte, de pintura, de música y teatrales; se contaba también con un redactor de Tribunales
y otro hípico, escogidos entre la tribu mercenaria de los escritores «para todo». Dos
mujeres, muy metidas en sociedad, Dominó Rose y Pata Blanca, enviaban variedades
mundanas, trataban de las modas, de vida elegante, daban consejos prácticos y contaban
chismes acercas de las grandes señoras y sus salones.
Con todo esto, La Vie Française navegaba por el fondeado y los bajos fondos de
la política, gobernada por tantas y tan diversas manos.
Estaba Duroy en el apogeo de su júbilo por su nombramiento de director de los
Ecos cuando recibió una cartulina grabada, donde se leía:
«Los señores de Walter ruegan a don George Duroy que les haga el honor de
comer con ellos el jueves, veinte de enero.»
Esta nueva distinción de que era objeto y que venía a sumarse a la anterior, le
produjo tal alegría que besó la invitación, como si fuera una carta de amor. Después fue
a ver al cajero para tratar de la importante cuestión crematística.
Un jefe de Ecos tiene, por lo general, asignado un presupuesto, con el cual paga a
sus reporteros y las noticias, buenas o medianas, que cada uno le lleva, como los
jardineros llevan sus flores a los comerciantes en exquisiteces.
A Duroy le señalaron, para empezar, mil doscientos francos mensuales, de los que
se proponía guardar para sí una buena parte.
Ante sus apremios, el cajero acabó por adelantarle cuatrocientos francos. Al
principio tuvo el firme propósito de devolver a la señora de Marelle los doscientos
ochenta francos que le debía; pero en seguida pensó que no le quedaban más que ciento
veinte, suma a todas luces insuficiente para atender como era debido a los gastos de su
nuevo servicio, y así, aplazó la restitución.
Su instalación le llevó dos días. Había heredado de su antecesor una mesa de
despacho y un casillero para la correspondencia. Todo ello estaba en un extremo de la
vasta sala de Redacción que inmediatamente ocupó, en tanto que Boisrenard, cuyos
cabellos negros como el ébano, a pesar de su edad, estaban siempre inclinados sobre sus
papeles, se acomodaba en el otro.
La larga mesa del centro estaba destinada a los redactores de calle. Generalmente
servía de banco. Unos se sentaban en los bordes, con las piernas colgando; otros, en
medio, a la turca. A veces eran cinco o seis los que así se agrupaban sobre la mesa y
jugaban perseverantemente al bilboquet con actitudes de idolillos chinos. Duroy había
acabado por tomarle gusto a este pasatiempo y comenzaba a ser fuerte en él, bajo la
dirección y gracias a los consejos de Saint-Potin.
Forestier, cada día más enfermo, le había dejado su hermoso bilboquet de madera
de las islas, el último que comprara y que encontraba un poco pesado. Duroy lanzaba
con vigoroso brazo la negra bola hasta el extremo de la cuerda, cantando bajito: «Unodos-
tres-cuatro-cinco-seis.»
Justamente el día que estaba invitado a comer en casa de los Walter, hizo, por
primera vez, veinte tantos seguidos. «Buen día –pensó–; todo me sale bien.» Porque en
la Redacción de La Vie Française la destreza en el bilboquet concedía una especie de
superioridad.
Salió temprano de la Redacción para tener tiempo de vestirse. Subía la calle de
Londres, cuando vio a una mujer menuda que caminaba delante de él y parecía la señora
de Marelle. Sintió cierto calor en el rostro y que el corazón le latía con violencia. Cruzó
la calle para verla de perfil. La mujer se detuvo para cruzar a su vez. George se había
equivocado. Respiró.
Muchas veces se había preguntado qué debería hacer en el caso de encontrarse con
ella. ¿La saludaría o haría como que no la había visto?
«No la veré más», pensó.
Hacía frío. En el turbio arroyo quedaban aún trozos de hielo. Las aceras estaban
secas y mates bajo la luz del gas.
Cuando el joven entró en su casa se dijo: «Tendré que mudarme de piso; éste no
me basta; es pequeño.»
Estaba nervioso, alegre, y se sentía capaz de correr por los tejados. Yendo del
lecho a la ventana, se repetía en voz alta:
«¿Será la fortuna que llega? ¡Sí; es la fortuna! Habrá que escribir a papá.»
Le escribía de cuando en cuando, y la carta llevaba siempre una viva alegría a la
tabernita normanda, situada a un lado de la carretera, en lo alto de la espaciosa meseta
desde la cual se domina a Ruán y el ancho valle del Sena.
También de cuando en cuando recibía un sobre azul, con la dirección escrita en
tosca y temblona letra: era la carta paterna que, invariablemente, comenzaba así:
«Mi querido hijo: La presente es para decirte que tanto tu madre como yo
estamos bien. Por aquí no hay grandes novedades. Te diré, sin embargo...»
El corazón de George se interesaba todavía por las cosas del pueblo, por sus
vecinos, por el estado de los campos y de las cosechas. Mientras se hacia, ante el espejo,
el lazo de la corbata blanca, se decía:
«Mañana mismo tengo que escribir a papá. Si me viese esta noche en la casa
adónde voy, se quedaría boquiabierto. Dentro de un rato asistiré a una cena como él no
ha visto en su vida.
De pronto, volvió a ver, con la imaginación, la cocina ennegrecida pro el humo,
más allá del salón del café, vacío; las cacerolas que arrojaban reflejos amarillos sobre
las paredes; el gusto en la chimenea, junto al fuego, sentado sobre las patas traseras, en
actitud de Quimera; la mesa de pino, que el tiempo y los líquidos derramados habían
llenado de manchas, con la humeante sopera en medio y una vela encendida entre dos
platos. Y vio también a un hombre y una mujer, su padre y su madre, aldeanos de lentos
ademanes; los vio mientras tomaban la sopa, a pequeños sorbos. Conocía las menores
arrugas de sus ajados rostros, los más insignificantes movimientos de sus brazos y sus
cabezas. Sabía, en fin, lo que se dirían mientras cenaban frente a frente.
«Es preciso que haga lo posible por ir a verlos», siguió diciéndose. Pero como ya
había terminado de vestirse, apagó la luz y se fue.
A lo largo del bulevar exterior las rameras le acosaban y le cogían del brazo. El
desasiéndose le respondía con desdeñosa violencia: «¡Dejadme en paz!», como si
aquellas mujeres le hubiesen insultado o confundido. ¿Por quién le tomaban? ¿No
sabían aquellas trotacalles distinguir a unos hombres de otros? El frac negro que se
había endosado para ir a cenar a casa de unas personas muy ricas, muy conocidas, muy
importantes, le daba el sentimiento de una nueva personalidad, la conciencia de haberse
convertido en otro hombre: un hombre de mundo, un verdadero hombre de mundo.
Entró con aplomo en la antesala alumbrada por grandes candelabros de bronce, y
entregó, con naturalidad, su bastón y su gabán a los dos criados que se le acercaron.
Todos los salones estaban iluminados. La señora de Walter recibía en el segundo,
que era el mayor de todos. Acogió a Duroy con encantadora sonrisa, y éste dio la mano
a dos caballeros que habían llegado antes que él: los señores Firmin y Laroche-Mathieu,
diputados y redactores ocultos de La Vie Française. El señor Laroche-Mathieu tenía en
el periódico singular autoridad, a causa de su influencia en la Cámara. Nadie dudaba de
que llegaría a ministro.
Llegaron después los Forestier; ella, con un vestido rosa, estaba seductora. Duroy
quedó estupefacto al ver la intimidad que tenía con los representantes del país. Durante
más de cinco minutos estuvo hablando muy bajito, en un ángulo de la chimenea, con
Laroche-Mathieu. Charles parecía extenuado. En un mes había adelgazado mucho y
tosía sin tregua, repitiendo:
–Debería decidirme a pasar el final del invierno en el Mediodía.
Norbert de Varenne y Jacques Rival llegaron juntos. Por una puerta que había al
fondo del aposento entró Walter, con dos muchachas de dieciséis a dieciocho años; una
de ellas era fea, la otra, bonita.
Duroy sabía que su jefe era padre de familia; no pudo, sin embargo, contener su
asombro. Nunca había pensado en las hijas del director sino como se piensa en los
países lejanos que no hemos de ver nunca. Se había figurado, por otra parte, que serían
unas criaturitas y tenía ante sí a dos mujeres. Advirtió en su interior esa ligera
perturbación moral que produce la modificación de un juicio.
Después de serle presentadas, ambas señoritas le tendieron sucesivamente la
mano; luego fueron a sentarse ante una mesita que les estaba, sin duda, reservada, en la
que se pusieron a revolver un montón de carretes de seda.
Todavía se esperaba a alguien, con esa especie de embarazo que precede siempre a
las comidas entre personas que no respiran el mismo ambiente espiritual después de las
diversas ocupaciones de la jornada.
Como Duroy, por no tener otra cosa en qué ocuparle, alzase los ojos a la pared,
Walter lo advirtió de lejos.
–¿Está usted mirando mis cuadros? –le preguntó con visible deseo de hacerle un
favor y recalcando mucho el mis –Me gustaría enseñárselos.
Y tomó una lámpara para que pudiesen distinguirse todos los detalles.
–Aquí están los paisajes–dijo.
Ocupaba la parte central un gran lienzo de Guillaumet, una playa de Normandía
bajo un cielo tempestuosos; debajo, un bosque de Harpignies, y luego una planicie
argelina de Guillaumet, con un camello en el horizonte, un gran camello de largas patas,
que parecía un extraño monumento.
El señor Walter pasó a la pared vecina y anunció con solmene tono, digno de un
maestro de ceremonias:
–Esta es la gran pintura.
Eran cuatro lienzos: Una visita de hospitales, de Gervex; Una segadora, de
Bastien-Lepage; Una Viuda de Bougueratu, y Una ejecución, de Jean Paul Laurens.
Esta última obra representaba a un sacerdote vendeano en el momento de ser fusilado,
ante las tapias de la iglesia, por un destacamento de Azules.
En el grave rostro del señor Walter se dibujó una sonrisa cuando indicó:
–Ahora vienen los fantasistas.
Llamaba, desde luego, la atención un cuadrito de Jean Béraud titulado Arriba y
abajo. Representaba una linda parisiense que subía la escalerilla de un tranvía ya en
marcha. Su cabeza estaba a nivel de la imperial y varios caballeros, sentados en los
bancos de ésta, demostraban ávida satisfacción al descubrir la lozana carita que se les
acercaba, en tanto que los viajeros de la plataforma, en pie, contemplaban las piernas de
la muchacha con una mezcla de despecho y deseo.
Walter sostenía la lámpara por el extremo del brazo de ésta, y decía, riéndose con
risa picaresca.
–¡Eh! ¿Qué tal? ¿No es gracioso? ¿No es gracioso?
Luego aclaró:
–Un salvamento, de Lambert.
En el centro de una mesa, de la que ya se habían levantado los manteles, un gato
sentado consideraba, con asombro y perplejidad a una mosca que se debatía en un vaso
de agua... El minino tenía una pata en alto, presto a pillar al insecto con rápido
movimiento. Pero no acababa de decidirse. Vacilaba. ¿Qué haría al fin?
Mostró después el director un Detalle. La lección. Un soldado, en el cuartel,
enseñaba a tocar el tambor a un perro de aguas. Walter exclamó:
–Tiene chispa, ¿eh?
Duroy reía y aprobaba con el gesto.
–Es deliciosos, deliciosos, del...
Se detuvo, súbitamente, al oír a sus espaldas la voz de la señora de Marelle, que
acababa de entrar.
El propietario de La Vie Française continuaba enumerando y explicando los
cuadros.
Enseñaba ahora una acuarela de Maurice Leloir. Se titulaba El obstáculo, y
representaba una silla de manos detenida en medio de la calle, obstruida por una riña
entre dos hombres del pueblo, dos mocetones que luchaban como dos hércules. Por la
ventanilla de la litera se veía asomar un seductor rostro de mujer, que miraba...,
miraba... sin impaciencia y sin miedo, y seguía con cierta admiración el combate de
aquel par de brutos.
El señor Walter seguía diciendo:
–En las piezas contiguas tengo otros. Pero son de firmas menos conocidas, menos
cotizadas. Este es mi salón. Ahora estoy comprando cosas de los jóvenes, de los más
jóvenes, y las guardo en mis habitaciones privadas, en espera de qué sus autores sean
célebres.
Y añadió muy bajito:
–Este es el momento de adquirir cuadros. Los pintores se mueren de hambre. No
tienen un céntimo, lo que se dice un céntimo.
Pero Duroy no veía nada y escuchaba sin comprender. La señora de Marelle
estaba allí, detrás de él. ¿Que hacer? Si la saludaba, ¿no se exponía a que le volviese la
espalda y le soltara cualquier descaro? Si no se acercaba, ¿qué pensaría la gente?
«Ganemos tiempo», se dijo.
Estaba tan agitado que por instantes se le ocurrió fingir una indisposición
repentina que le permitiese marcharse. La visita a las paredes había terminado. El dueño
de la casa fue a dejar la lámpara en su sitio y a saludar a la recién llegada, en tanto que
Duroy, ya solo, seguía examinando los cuadros, como si aún no se hubiese cansado de
admirarlos.
Estaba trastornado. ¿Qué debía hacer? Oía su voz, la distinguía entre todas, en la
conversación general. La de Forestier le llamó:
–Hágame el favor, señor Duroy.
Corrió hacia ella. Era para recomendarle una amiga que iba a dar una fiesta y
deseaba que se hablara de ella en los Ecos de La Vie Française.
George balbuceó:
–No faltaba más, señora, no faltaba más.
Estaban muy cerca el uno del otro. Duroy no se atrevió a alejarse. De pronto creyó
volverse loco; su ex amante había dicho en voz alta:
–Buenas tardes, Bel Ami. ¿Ya no me conoce usted?
Giró el joven sobre sus talones y la vio ante sí, en pie, sonriente y mirándole con
afectada jovialidad y tendiéndole una mano, que George tomó temblando, temeroso de
alguna nueva broma y de cualquier perfidia. La señora de Marelle añadió con
naturalidad:
–¿Qué es de usted? No se le ve por ninguna parte.
Duroy tartamudeó, sin conseguir recobrar la sangre fría:
–Tengo mucho que hacer, señora, mucho que hacer. El señor Walter me ha
encomendado un nuevo servicio que me da un trabajo enorme.
Clotilde replicó, sin dejar de mirarle frente a frente, sin que George alcanzara a
descubrir en sus ojos más que una expresión de benevolencia:
–Ya lo sabía. Pero ésa no es razón suficiente para que se olvide usted de los
amigos.
Les separó una señora corpulenta y escotada, que entraba en aquel momento.
Tenía los brazos rojos, las mejillas rojas. Iba vestida y peinada con pretensión, y sus
pasos eran tan lentos y pesados, que al verla andar se sentía la macicez y gordura de sus
muslos.
Como advirtiera que todos la trataban con mucho respeto, Duroy preguntó a la
señora Forestier:
–¿Quién es esa señora?
–La vizcondesa de Percecoeuer, ésa que firma Pata Blanca.
George se quedó estupefacto y tentado a la risa.
–¡Pata Blanca –dijo –Pata Blanca! ¡Y yo que me había imaginado una mujer
joven, como usted! ¿De modo que ésta es Pata Blanca? Está de buen año, de buen año...
Un criado anunció desde la puerta:
–La señora está servida.
Fue una cena frívola y alegre, una de esas cenas en que se habla de todo, sin decir
nada de nada. Duroy se encontraba entre la hija mayor del dueño de la casa, la fea, que
se llamaba Rose, y la señora de Marelle. Esta última vecindad le molestaba un poco,
siquiera Clotilde pareciese muy contenta y hablase con su habitual animación. George
se azoró un poco, al principio; se sentía violento, indeciso, como un músico que ha
perdido el compás. Poco a poco, sin embargo, fue tranquilizándose, y los ojos de ambos,
al cruzarse reiteradamente, se interrogaban y fundían sus miradas con expresión íntima,
casi sensual, como en otro tiempo.
De pronto advirtió Duroy que algo se movía debajo de la mesa, y rozaba un pie.
Adelantó suavemente la pierna, que tropezó con la de su vecina, quien no esquivó el
contacto. Ninguno de los dos habló más, por entonces, y cada uno se volvió hacia la
persona que tenía al otro lado.
Duroy, con el corazón palpitante, avanzó un poco más la rodilla. Una ligera
presión fue la respuesta. Entonces comprendió que aquellos amores iban a reanudarse.
¿Qué se dijeron luego? Nada de particular. Pero cada vez que se miraban sus
labios se estremecían.
Entre tanto, el joven, queriendo mostrarse amable con la hija de su jefe, le dirigía
de cuando en cuando la palabra. Ella respondía como lo hubiese hecho su madre, sin
vacilar nunca sobre lo que había de decir.
A la derecha de Walter, la vizcondesa de Percecoeur se daba aires de princesa.
Duroy, que la observaba con regocijo, preguntó muy bajito a la señora de Marelle:
–¿Conoce usted a la otra, a la que firma Dominó Rose?
–Sí, mucho. Es la baronesa de Livar.
–¿Y es tan ordinaria como ésta?
–No, pero sí tan divertida. Es alta, falca, tiene sesenta años, pelo postizo, dientes
de caballo e ideas de la Restauración, al gusto de aquella época.
–¿Dónde diablos han dado Walter y sus amigos con estos fenómenos de las letras?
–Nunca faltan advenedizos que recojan los despojos de la nobleza.
–¿No hay ninguna otra razón?
–Absolutamente ninguna.
Entre el anfitrión, los dos diputados, Norbert de Varenne y Jacques Rival se inició
una discusión política, que duró hasta los postres.
Cuando volvieron al salón, Duroy se acercó a la señora de Marelle, y mirándole al
fondo de los ojos le preguntó:
–¿Quiere usted que la acompañe esta noche?
–No.
–¿Por qué?
–Porque el señor Laroche-Mathieu, que es vecino mío, me deja en casa siempre
que ceno aquí.
–¿Cuando nos veremos?
–Venga usted mañana a almorzar conmigo.
Y sin decir más, se separaron.
Duroy no tardó en marcharse, pues aquella reunión le iba resultando aburrida. Al
bajar la escalera alcanzó a Norbert de Varenne, que también se marchaba. El viejo poeta
se le colgó del brazo. Como no tenía que temer ninguna rivalidad de él en el periódico,
pues sus trabajos eran esencialmente distintos, manifestaba al joven una benevolencia
de abuelo.
–Qué, ¿quiere usted acompañarme todo el camino? – le dijo.
Duroy respondió:
–Con mucho gusto, querido maestro.
Y echaron a andar, despacito, bulevar de Malesherbes abajo.
París estaba desierto aquella noche, una noche fría, una de esas noches que se
dirían más vastas que las demás y en que las estrellas están más altas y el aire parece
llevar en su helado aliento algo que viene de más lejos que los mismos astros.
En los primeros momentos ninguno de los dos hombres habló palabra. Al fin,
Duroy, por decir algo, observó:
–Ese Laroche-Mathieu parece muy inteligente y muy culto.
El viejo poeta repuso:
–¿Usted cree?
El joven, desconcertado, vacilaba:
–Sí. Desde luego, pasa por ser uno de los hombres más capacitados de la Cámara.
–Es posible. En tierra de ciegos, el tuerto es rey. Toda esa gente, ¿sabe usted? es
de una mediocridad que asusta, porque tiene el espíritu emparedado entre el dinero y la
política. Son ignorantes con los que no se puede hablar de nada, de nada de lo que
nosotros amamos. Su inteligencia está en el fondo de la ciénaga o, más bien, del albañal,
como el Sena en Asnières. ¡Ay! ¡Es tan difícil hallar un hombre que encierre el espacio
en su pensamiento, que nos dé la sensación de ese ancho aliento con que se respira a
orillas del mar! Yo he conocido a algunos, pero todos han muerto.
Norbert de Varenne hablaba con voz clara, pero contenida, que hubiera resonado
en el silencio de la noche si la hubiese dado suelta. Parecía sobreexcitado y triste, con
esa tristeza que cae a veces sobre las almas y las hace vibrar, como la tierra bajo la
helada.
–¡Qué importa, después de todo– continuó–, un poco más o un poco menos de
genio, puesto que todo ha de concluir!
Dicho esto, calló. Duroy, que aquella noche se sentía alegre, dijo, sonriendo:
–Hoy todo lo ve usted negro, querido maestro.
El poeta respondió:
–Lo veo siempre, hijo mío, y usted lo verá como yo dentro de algunos años. La
vida es una pendiente: mientras se sube, mirando a la cima, se siente uno feliz. Pero
cuando se llega a lo alto, se ven de una ojeada el descenso y el fin, que es la muerte. Se
va despacio cuando se asciende, pero muy de prisa cuando se baja. A la edad de usted se
está siempre contento. ¡Espera uno tantas cosas que, desde luego, nunca llegan! A la
mía no se espera ya nada..., más que la muerte.
Duroy se echó a reír, y dijo:
–¡Diantre! Oyéndole a usted siento frío en el espinazo.
Norbert de Varenne añadió:
–Hoy no me comprende usted. Más adelante se acordará de lo que ahora le digo.
Llega un día, y para muchos no suele tardar, en que se acaban las risas, porque detrás de
cuanto se mira sólo se ve la muerte. ¡Oh! Ni siquiera puede usted comprender esta
palabra: la muerte. A sus años no significa nada. A los míos, es terrible. Sí, se la
comprende de una vez, no se sabe bien por qué ni a propósito de qué, y, entonces, todo
cambia de aspecto en la vida. Yo la siento desde hace quince años irme mordiendo,
como si llevara dentro de mí un animal roedor. La he ido sintiendo poco a poco, mes
por mes, hora por hora, irme socavando, como a una cosa que se derrumba. Me ha
desfigurado tan completamente que no me reconozco. En mí no queda nada mío, nada
del hombre animoso, sano y fuerte que era yo a los treinta años. La he visto teñir de
blanco mis cabellos negros, ¡y con qué experta y maligna lentitud! Me ha robado mi
piel tersa, mis músculos, mis dientes, para no dejarme más que una alma desesperada,
que también me arrebatará pronto.
»Sí; la miserable me ha pulverizado, ha ido realizando paulatinamente,
terriblemente, segundo por segundo, la lenta destrucción de mi ser. Y ahora me siento
morir en todo lo que hago. Cada paso que doy, cada movimiento que hago, cada
palpitación y cada aliento apresuran su odiosa tarea. Respirar, dormir, beber, comer,
trabajar, soñar, cuanto hacemos, en fin, es morir. ¡Vivir es morir!
»¡Oh! también usted llegará a saber esto. Si reflexiona un poco, aunque no sea
más que un cuarto de hora, lo verá bien claro.
»¿Qué espera usted? ¿El amor? ¡Bah! Unos cuantos besos y luego la impotencia.
» Entonces, ¿el dinero? ¿Para qué? ¿Para pagar a las mujeres? ¡Bonita felicidad!
¿Para comer mucho, ponerse gordo y pasarse en un grito noches enteras, mordido por la
gota?
»Entonces, todavía, ¿la gloria? ¿Para qué sirve eso si no nos llega en forma de
amor?
»Entonces, en fin... Entonces, ¡la muerte, siempre la muerte, como fin y
acabamiento de todo!
»Yo, ahora, la veo tan cerca que frecuentemente siento deseos de extender los
brazos para rechazarla. La descubro por doquiera. Las bestezuelas aplastadas en la
carretera, las hojas que caen, la cana que aparece en la barba de un amigo me destrozan
el corazón y me dicen ¡Hela aquí!
»Me estropea cuanto hago, cuanto veo, cuanto como, cuanto bebo, cuanto amo;
los claros de luna y las puestas de sol, el mar inmenso y los hermosos ríos, las brisas de
las tardes de estío, tan dulces de respirar...
Andaba despacio, un poco fatigado, soñando en voz alta, despierto, casi olvidado
de que alguien le escuchaba.
–Jamás un ser revive –continuó–, jamás... Se conservan los moldes de las estatuas,
los modelos de los objetos que se fabrican en serie; pero mi cuerpo, mi rostro, mis
deseos, mis ideas, no resurgirán jamás. Y, sin embargo, nacerán millones, miles de
millones de seres que en el espacio de unos centímetros cuadrados, tendrán nariz, ojos,
frente, mejillas y boca como yo..., y también un alma como yo, sin que jamás yo
renazca, sin que jamás, siquiera, algo que pueda reconocerse como mío reaparezca en
esas criaturas innumerables y diferentes, indefinidamente diferentes, aunque parecidas.
»¿A qué asirse? ¿A quién dirigir nuestros gritos de angustia? ¿En qué podemos
creer? Lo único cierto es la muerte.
Se detuvo, cogió a Duroy por las solapas del gabán y con voz lenta dijo:
– Piense usted en todo esto joven; piense en ello durante días, meses y años, y verá
la existencia de otro modo. Intente desligarse de cuanto le aprisiona, realice el
sobrehumano esfuerzo de salir vivo de su cuerpo, de sus intereses, de su pensamiento,
de la Humanidad entera para contemplarlo todo, y comprenderá usted qué poca
importancia tienen las polémicas entre románticos y naturalistas y la discusión de los
presupuestos.
Reanudó la marcha con paso más rápido, y prosiguió:
–Pero también sentirá la espantosa desolación de los desesperados. Se debatirá
usted furiosamente en la incertidumbre donde se ahogará. Gritará usted a los cuatro
vientos: «¡Socorro!», y nadie le contestará; tenderá usted los brazos, llamará para ser
socorrido, amado, consolado, salvado y nadie acudirá.
»¿Por qué sufrimos así? Es que, sin duda, habíamos nacido para vivir más según
las leyes de la materia y menos según las del espíritu. Pero, a fuerza de pensar se ha
establecido una desproporción entre nuestra inteligencia, engrandecida, y las
condiciones inmutables de nuestra vida.
»Fíjese usted en las gentes vulgares: a menos que las abrumen grandes desastres,
están siempre satisfechas, sin sufrir la común desdicha... Tampoco los animales la
sienten.
Se detuvo otra vez, reflexionó durante algunos segundos y, con aire cansado y
resignado, dijo:
–Pero yo no soy un ser completamente perdido. No tengo padre, ni madre, ni
hermano, ni hermana, ni mujer, ni hijos..., ni Dios.
Al cabo de un instante de silencio, añadió:
–No tengo más que la rima.
Y alzando la cabeza hacia e firmamento, donde lucía la pálida faz de la luna llena,
declamó:
Busco la solución de este problema oscuro en un cielo vacío, do brilla un astro
puro.
Llegaron al puente de la Concordia, lo cruzaron y siguieron a lo largo del palacio
Borbón. Norbert de Varenne siguió halando:
-Cásese, amigo mío: no sabe usted lo que es vivir solo, a mi edad; la soledad me
hace hoy horriblemente egoísta. Al verme solo en mi casa, junto al fuego, me parece
que también estoy sólo en la tierra, espantosamente solo, pero rodeado de vagos
peligros, de cosas desconocidas y terribles, y la reclusión que me separa de mi vecino, a
quien no conozco, me aleja de él tanto como de las estrellas que se ven desde mi
ventana. Me invade una especie de fiebre, fiebre de dolor y de miedo, y el silencio de
las paredes me aterra. ¡Es tan profundo y tan triste el silencio en la alcoba del solitario!”
Es un silencio que no rodea únicamente el cuerpo, sino también el alma. Y cuando un
mueble cruje, el corazón nos brinca en el pecho, porque cualquier ruido nos sobresalta
en tan sombría mansión.
Calló, otra vez. Luego añadió:
–En fin, cuando uno es viejo le gustaría tener hijos.
Habían llegado hacia la mitad de la calle de Borgoña. El poeta se detuvo ante una
casa alta, estrechó la mano de Duroy y le dijo:
–Joven, olvide estas pelmacerías de viejo y viva con arreglo a su edad. ¡Adiós!
Y desapareció en el portal.
Duroy siguió su camino con el corazón en un puño. Le parecía que le acababan de
mostrar un agujero lleno de osamentas, un agujero inevitable, en el que, un día u otro,
habría inevitablemente de caer.
«Demonio– pensó –, no debe ser muy divertido el trato de este hombre. No sería
yo quién se asomase al balcón para ver el desfile de sus ideas.»
Mas al apartarse para dejar paso a una mujer perfumada, que bajaba de un coche y
entraba en su casa, aspiró ávidamente el aroma de verbena de que estaba cargado el aire.
Una oleada de esperanza y de alegría oreó su corazón y sus pulmones, y el recuerdo de
la señora de Marelle, a quien vería al día siguiente, le invadió de pies a cabeza.
Todo le sonreía. La vida lo acogía con ternura. ¡Qué grato era ver realizadas sus
esperanzas!
Se durmió embriagado por estos pensamientos y se levantó temprano para dar un
paseo a pie por la avenida del Bosque de Bolonia, antes de acudir a la cita.
Durante la noche había cambiado el viento, y la temperatura era más suave. Lucía
un sol de abril y el ambiente era tibio. Todos los habituales concurrentes al Bosque
habían acudido aquella mañana, al reclamo de un hermoso y puro cielo.
Duroy caminaba lentamente, aspirando el aire, ligero y sabroso como una fruta de
primavera; pero cruzó el Arco de la Estrella y siguió la gran avenida, por el lado
opuesto al destinado a los jinetes, hombres y mujeres que desfilaban al trote o al galope
de sus caballos. Eran los ricos de este mundo, pero George ahora los veía sin envidiarles
apenas. A casi todos los conocía de nombre, estaba al tanto de la cuantía de sus fortunas
y la historia de sus vida, pues las funciones de su cargo habían hecho de él una especie
de almanaque de las celebridades y los escándalos parisienses.
Las amazonas pasaban, esbeltas y esculturales dentro de sus trajes oscuros, con
eso no sé qué de altivo e inabordable que suelen tener las mujeres a caballo. George se
entretenía en recitar a media voz, como se recita la letanía en la iglesia, los nombres,
títulos y circunstancias de los amantes que habían tenido y de los que se les atribuían. A
veces, en lugar de decir:
Baron de Hanquelet.
Principe de la Tour-Enguerrand,
murmuraba:
Gente de Lesbos:
Luisa Marquetin, de la Opera.
Este juego le divertía mucho, como si, bajo las más severas apariencias, hubiese
comprobado la eterna y profunda infamia humana, y esto le hubiese regocijado,
excitado, consolado.
Luego dijo en voz alta:
–Montón de hipócritas –y su mirada buscó a los jinetes de quienes se contaban las
cosas más graves.
Vio a muchos tachados de tramposos en el juego, y a quienes los círculos y
casinos procuraban los principales recursos, los únicos recursos, recursos sospechosos, a
todas luces.
Otros, muy célebres, vivían (y esto era sabido de todo) de las rentas de sus
mujeres; otros (según se afirmaba), de las rentas de sus queridas; otros, habían pagado
sus deudas (honrosa acción) sin que jamás se hubiese podido averiguar de dónde les
había venido el dinero, misterio profundo. Vio a financieros cuyas inmensas fortunas
tenían por origen un robo, y, que eran recibidos en todas partes, aun en las casas más
nobles; a hombres tan respetados, que los buenos burgueses se descubrían a su paso,
pero cuyos desvergonzados manejos en las grandes empresas nacionales no eran un
misterio para nadie que conociese a fondo la sociedad.
Duroy, sin dejar de reírse para sus adentros, se decía: «¡Os conozco, hatajo de
granujas, cuadrilla de bandidos!»
En esto, un precioso coche abierto cruzó, al trote largo de un tronco de caballos
blancos, cuyas crines y colas se agitaban con la carrera... Lo guiaba una mujer menuda,
joven y rubia, cortesana muy conocida. Detrás, dos lacayos iban a la zaga. Duroy se
detuvo con ganas de saludar y aplaudir a aquella advenediza del amor, que exhibía
audazmente en aquel paso y a aquella hora, entre los aristócratas hipócritas, el atrevido
lujo que ganara en el lecho. Acaso el joven sentía vagamente que entre ambos había
algo de común, un lazo natural, que los dos eran de la misma raza, de la misma
condición y que el triunfo de uno y otro exigiría osados procedimientos del mismo
orden.
Duroy regresó despacio, con el corazón lleno de júbilo, y llegó antes de la hora
convenida a casa de su antigua amante.
Esta le recibió ofreciéndole los labios, como si nada hubiese ocurrido entre ellos, y
hasta olvidó por unos instantes la sana prudencia que en su casa oponía a las caricias de
George. Luego le dijo, besándole las rizadas guías del bigote:
–No sabes cuánto me aburro, querido. ¡Yo que esperaba una buena luna de miel!
Pero mi marido ha pedido seis semanas de licencia. Mas yo no me resigno a estar seis
semanas sin verte, sobre todo después de aquello; he aquí cómo he arreglado las cosas:
el lunes vendrás a comer con nosotros. Ya le he hablado de tí y os presentaré.
Duroy vacilaba, un poco perplejo. Nunca se había visto todavía frente a un hombre
cuya mujer poseyese. Temía que cualquier cosa le traicionase; un instante de
azoramiento, una mirada, cualquier cosa.
–No –balbuceó–; prefiero no conocer a tu marido.
Clotilde insistió, muy asombrada, en pie ante él moviendo mucho los ingenuos
ojos:
–Pero ¿por qué? ¿Qué tiene eso de particular? Todos los días ocurre. No creí que
fueras tan bobo.
George se sintió ofendido y contestó:
–Pues bien, sea; vendré a comer el lunes.
Ella añadió:
–Para que la cosa parezca más natural, invitaré también a los Forestier. Y eso que
no me gusta traer gente a casa.
Hasta el lunes apenas pensó George en aquella entrevista. Pero cuando subía la
escalera de la señora de Marelle, se sintió presa de una extraña turbación, no porque le
repugnara estrechara la mano de aquel marido, beber su vino y comer su pan, sino
porque tenía miedo de algo que no podía definir.
Le hicieron pasar al salón, donde esperó, como siempre. Al fin, se abrió la puerta
de la habitación y entró un señor alto, de barba blanca, condecorado, serio, correcto, que
se le acercó con exquisita cortesía:
–Mi mujer me ha hablado muy a menudo de usted, caballero. Tengo verdadero
placer en conocerle.
Duroy avanzó, tratando de dar a su fisonomía una expresión cordial, y estrechó
con exagerada efusión la mano que le tendía el dueño de la casa. Luego que se hubo
sentado, no encontró nada que decir.
El señor de Marelle, echando un leño al fuego, le preguntó:
–¿Hace mucho tiempo que se dedica usted al periodismo?
–Cinco meses, nada más –respondió Duroy.
–¡Ah! Va usted de prisa.
–Sí. Muy de prisa.
Y se puso a hablar a salga lo que saliere, sin fijarse en lo que decía, acudiendo a
las vulgaridades corrientes entre personas que no se conocen. Poco a poco, se iba
tranquilizando, y empezaba a encontrar divertida su situación. Mientras contemplaba el
rostro severo y respetable del señor de Marelle, la risa le retozaba en los labios, y
pensaba: «Te estoy poniendo los cuernos, abuelo; te los estoy poniendo.» Y se sentía
penetrado de una satisfacción íntima, malsana; una alegría de ladrón que ha triunfado en
su empresa de dejar tras sí sospecha alguna; una alegría truhanesca y deliciosa. Hubiera
querido ser amigo de aquel hombre, ganar su confianza, hacerle contar las cosas
secretas de su vida.
La señora de Marelle entró sin avisar, y abarcando a los dos con una mirada
risueña e impenetrable, se dirigió a Duroy, que delante del marido no se atrevió a
besarle la mano, como siempre hacía.
Ella, por su parte, estaba serena y jovial, como mujer acostumbrada a todo, y que
en su nativo y franco libertinaje encontraba aquello muy natural. Entró Laurine y, más
juiciosa que de costumbre, pues la presencia de su padre la cohibía, se fue hacia George
y le presentó la frente. Su madre le dijo:
–¿Cómo es eso? ¿Hoy no le llamas Bel Ami?
La niña enrojeció, como si acabara de cometer una grave indiscreción, de revelar
algo que no debía decirse y descubrir un secreto íntimo, y un poco culpable, de su
corazón.
Cuando llegaron los Forestier, el aspecto de Charles asustó a todos. En una
semana había adelgazado aún más; estaba espantosamente pálido, y no dejaba de toser.
Añadió que el jueves siguiente se marcharía a Cannes, por formal prescripción
facultativa.
El matrimonio se fue temprano. Duroy dijo, moviendo la cabeza:
–Mal asunto. No creo que este hombre llegue a viejo.
La señora de Marelle exclamó:
–¡Oh! Es cosa perdida. Y eso que ha tenido la suerte de encontrar una mujer como
la suya.
Duroy preguntó:
–¿Le quiere mucho?
–Quiero decir que ella lo hace todo y está en todo. Conoce a todo el mundo,
aunque parezca que no ve a nadie. Consigue lo que quiere. ¡Oh, sí! Es lista, hábil e
intrigante. Un verdadero tesoro, en fin, para un hombre que quiere hacer carrera.
George repuso:
–Se volverá a casar en seguida, seguramente. ¿No lo cree usted también?
La señora de Marelle respondió:
–Sí. Y no me asombraría que ya tuviese los ojos puestos en alguien... en un
diputado, por ejemplo..., a menos que..., que él no quiera... porque... porque...acaso
habría grandes obstáculos... morales... En fin, yo no sé nada.
El señor de Marelle refunfuño, con calma, tras la que se adivinaba cierta irritación:
–Tú siempre has de dejar sospechar una porción de cosas que... Ya sabes que eso
no me gusta. No nos mezclemos en los asuntos de los demás. Nuestra propia conciencia
debe bastarnos. Es una regla que debería seguir todo el mundo.
Duroy se marchó con el corazón turbado y la imaginación llena de vagos
proyectos.
El día siguiente hizo una visita a los Forestier. Los encontró haciendo el equipaje.
Charles, tumbado en el sofá, exageraba la fatiga de su respiración.
–Ya hace un mes que debería haberme marchado –dijo.
Luego hizo a su amigo una serie de recomendaciones relativas al periódico,
aunque ya todo estuviera arreglado convenido con el señor Walter.
Al despedirse, George estrechó efusivamente la mano de su camarada.
–¡Ea! –le dijo–. Hasta pronto, muchacho.
Pero cuando la señora Forestier le acompañaba hasta la puerta, él le dijo
vivamente:
–¿No ha olvidado usted nuestro pacto? Somos amigos y aliados, ¿no es eso? Si me
necesita usted, sea para lo que fuere, no vacile un momento. Un telegrama o una carta
bastarán.
Ella murmuró:
–Gracias, lo tendré en cuenta.
Y sus ojos le decían también «Gracias», con expresión más dulce y profunda.
Cuando Duroy bajaba la escalera se cruzó con el señor De Vaudrec, que la subía
lentamente y a quien ya había visto otra vez en aquella casa. El conde parecía triste.
¿Sería acaso por aquel viaje?
Queriendo portarse como hombre de mundo, el periodista se apresuró a saludar al
aristócrata. Este le devolvió el saludo con cortesía, pero con cierta altivez.
El matrimonio Forestier partió el jueves siguiente.